Personalidades y ambientes tóxicos

(Diario de Cuba).- ¿Le ha sucedido a usted que después de recibir alguien en casa e irse, se desencadena una bronca entre la propia familia? ¿Ha trabajado usted en un lugar donde sin saber por qué, cuándo y cómo, los individuos viven en un eterno y desgastante conflicto?  ¿Ha tenido una pareja gracias a la cual usted termina fajado con su propia familia y sus amigos? Después de oír hablar a ciertas personas, ¿se siente enardecido, con ganas de golpear a alguien, sin saber por qué y para qué?

Hace algunos años se viene hablando de individuos cuya “virtud” es propiciar la guerra, el desentendimiento, la hostilidad en terrenos que, de no ser por ellos, vivirían en paz. A diferencia de los trastornos de la personalidad o psicópatas habituales, los “tóxicos” —de alguna manera también personalidades desarticuladas— son facilitadores y no actores directos del desastre. Suelen pasar inadvertidos al principio. Tal es su máscara: otros son los que causan los problemas y ellos son los salvadores.150810-donald-trump-debate-743a_ded2a0af932f2c2332757273ea911da2.nbcnews-fp-1200-800

Las “toxinas” casi siempre son inoculadas en territorios con alguna carencia o necesidad, individual o social. El ejemplo más socorrido es el de los pueblos con baja estima después de las guerras o las crisis económicas y sociales; o el de los amantes, quienes consideran que el amador casi les hace un favor con quererles. La toxina generalmente es un discurso liberador y grandilocuente, que enardece y agita, y como el delirio más disgregado, incita a la acción, a la ceguera con el puño en alto.

Los cubanos sabemos bien qué cosa es un personaje tóxico porque lo hemos sufrido en carne propia a través de la historia.  Hemos estado intoxicados hasta el punto de que no nos hemos querido ni nosotros mismos, convertido la delación del vecino, del hermano o del padre en una heroicidad. Por no decir que una virtud excelsa ha sido negar a Dios y hasta a familiares en el extranjero para ser políticamente confiables. Los hermanos latinoamericanos también han padecido de toxicidades parecidas. Todo pareciera indicar que son las instituciones y la autoestima social los tejidos donde el veneno se multiplica.

A pesar de instituciones democráticas centenarias, los norteamericanos podrían estar padeciendo por primera vez un “ambiente tóxico” en estas elecciones primarias, según John Kasich. El candidato republicano cree, al igual que muchos,  que el promotor del envenenamiento social ha sido Donald Trump. Las campañas presidenciales estadounidenses, desde la época en que nuestro José Martí las describiera magistralmente, son duras, como pugilato sin guantes ni cuerdas que las limiten. Pero las presentes pugnacidades, a nivel de piso, eran desconocidas en EEUU. Tal vez el único antecedente fue una lejana campaña demócrata en los convulsos 70.

La otra singularidad de esta carrera presidencial es que el “candidato tóxico” no representa, según varios correligionarios, los valores conservadores de su partido. En algún sentido, Trump está nominándose contra el republicanismo “clásico” siendo —según afirma él mismo— republicano. Esa es otra cualidad de las personalidades tóxicas: avanzan contra el tráfico e imponen su propio ritmo. Y los descubrimos demasiado tarde. No evitamos su toxicidad sino que la favorecemos comentando su discurso pues son altamente sugestivos; siempre llevan una cuota de razón, con un discurso simple, directo.  Y eso gusta, atrapa.

La única manera de descubrir que estamos bajo los efectos de un ambiente tóxico es registrando nuestras propias emociones y conductas. Si estamos dispuestos a seguir a ciertos hombres hasta la muerte, e incluso poner en peligro nuestra propia familia, tenemos los primeros síntomas. Ningún hombre, por muy valiente o sabio que parezca, merece una entrega incondicional más allá de la institución o los ideales que representa. Quien pide el corazón ajeno para “su causa” tiene la inequívoca pinta del intoxicador.

Pensemos que muchos buenos cubanos fueron parte de aquella masa que gritaba “¡Paredón!” en la sala de un cine o un juicio público. O, salvando la distancia y dignidad de muchos lectores, podrían existir una especie de “zombis morales” —muertos éticos— que se prestan hoy para golpear mujeres indefensas y gritar obscenidades delante de los niños. No hay diferencias sustanciales de locura moral con quienes asistían con morbosa curiosidad al linchamiento de un negro o a la decapitación en la guillotina de un “contrarrevolucionario” que hasta minutos antes era un líder revolucionario. Es solo un problema de tiempos y de dosis: menos control de la masa —dejarla hacer— y más toxicidad.

En el caso que nos ocupa, ha sido un simple codazo —disimulado y con alevosía— en pleno rostro a un afroamericano. Es una escena demoledora, que habla por sí sola. El autor, seguidor de Trump, émulo de cowboy, de coleta, chaleco y sombrero, tal vez sea buen ciudadano, paga sus impuestos y ama a su familia. Pero con el gesto en el mitin en Fayetteville (Carolina del Norte), es como si le hubiera golpeado la cara a todos los que amamos y respetamos a este país. Es una bandera roja; nos alerta de que las cosas no están bien. Ojalá sepamos tomar el desintoxicador adecuado a tiempo.

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