Ignoro cómo se les llama en otras culturas, pero para los cubanos de aquende y allende los mares un “sapo” es el típico personaje que siempre aparece en un ambiente de jolgorio, optimismo o alegría con el único propósito de aguar la fiesta, poner la podrida, secar el picadillo, malear el picao, es decir, –llevando el término a su forma verbal–, para sapear.
En esta Isla, hedonista y risueña pese a las adversidades, ser un sapo es una de las muchas formas de ser un pesado, que entre nosotros constituye el peor de los defectos. Entiéndase la sutileza: se puede ser un pesado sin ser necesariamente un sapo, pero es irrefutable que absolutamente todos los sapos son unos pesados. Por eso el sapo puede granjearse en un segundo la antipatía de todos los presentes, en cualquier escenario y circunstancia. “No seas sapo” es entre nosotros una expresión de rotundo rechazo contra ese sujeto que sabotea el disfrute en cualquiera de sus manifestaciones.
Por eso resulta tanto más curioso y contradictorio que en Cuba el Sapo se haya sobredimensionado hasta erigirse en institución y política de Estado. De hecho, en los últimos 60 años el Poder ha estado en manos de un grupito de batracios verdes dedicados a anular por decreto y sistemáticamente cualquier atisbo de felicidad popular.
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Por Miriam Celaya