Cuba: deporte sin palacios | Amaury M. Valdivia Fernández

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Ateneo Deportivo Aurelio Janet de Matanzas

Hace algunas semanas, el parque Latinoamericano volvió a ser noticia. Una reconstrucción parcial de sus techos y graderías, además de en redes eléctricas e hidráulicas, se anunciaron como la respuesta al deterioro de varias décadas sin mantenimientos a gran escala.

El “Latino”, como se le conoce en el argot popular, refleja en sí todas las luces y sombras de un movimiento deportivo otrora pujante, pero que sufre como pocos las carencias económicas que vive el mayor archipiélago del Caribe.

Hoy por hoy, las mayores dificultades del Coloso del Cerro se concentran en su techado, que de acuerdo con un reportaje del diario Granma, ha recibido “nulas operaciones de mantenimiento desde la construcción del recinto”. Las respuestas apuntan a una inversión que concluirá en 2015, aunque según reconocieron directivos, el costo de los recursos que se necesitan rebasa lo que en principio se había planificado.

Si tales vientos soplan sobre la principal instalación deportiva del país, poco menos queda esperar para el resto de los centros de competencia ubicados a lo largo y ancho de la Isla. Con un millón y medio de viviendas menos de las que necesita, y gran parte de su infraestructura en regular o mal estado, el gobierno cubano tiene numerosas prioridades por cubrir, antes de pensar en sus escenarios para el músculo.

No siempre fue así. De hecho, casi la totalidad de esas edificaciones fueron construidas tras el triunfo de la Revolución, el primero de enero de 1959. Un impulso inicial, durante las décadas de 1960 y 1970, dotó con estadios de béisbol a la mayoría de las capitales provinciales. El decenio siguiente sería el de las Escuelas de Iniciación Deportiva (EIDE) y las salas techadas, que comenzaron a funcionar en muchas de las urbes con igual jerarquía territorial e incluso en alguna que otra población de importancia.

Una tercera oleada de inversiones debería beneficiar –previsiblemente– a deportes como el atletismo, el fútbol y la natación, pero se vio interrumpida por el comienzo del Período Especial.

La caída del Campo Socialista tuvo insondables repercusiones en la sociedad cubana, que todavía siente parte de sus efectos negativos.

Para el ámbito que nos ocupa, la desaparición del “Socialismo Real” representó un golpe terrible. Los parques provinciales de béisbol han sido los que mejor lo han asumido, pues sus techos de hormigón armado y mayor calidad al ser construidos los pusieron en buenas condiciones para enfrentar tan larga temporada de carencias.

Mucho menos afortunadas han sido las “salas polivalentes”, que en varios casos presentan situaciones críticas. Entre todas, el “récord” lo posee el ateneo Aurelio Janet, otrora sede de los Guerreros de Matanzas, uno de los equipos más importantes de la Liga Superior de Baloncesto (LSB).

En mayo de 2009 se desplomó por completo el techo de esa instalación, milagrosamente sin provocar víctimas. Más de un lustro después su caso sigue en el archivo de pendientes, pues ni el gobierno local ni el Instituto Cubano de Deportes (INDER) cuentan con el financiamiento necesario para reconstruirlo.

Realidades no tan dramáticas pero de casi tan compleja solución se pueden encontrar en cualquiera de sus homólogas erigidas en el resto de la geografía nacional. Así lo confirmaba una serie de trabajos sobre el tema, publicados por el rotativo Trabajadores en mayo de este año.

El panorama va desde regiones como Las Tunas, Sancti Spíritus o Pinar del Río, que cuentan con edificaciones en aceptables estados constructivos; hasta otras como Mayabeque, Granma y Santiago de Cuba, cuyas salas techadas se encuentran en una situación crítica, principalmente por el deterioro de cubiertas y tabloncillos.

A tal problemática no escapa siquiera la ciudad de La Habana, cuyos dos escenarios más importantes: el Coliseo de la Ciudad Deportiva y la Sala Ramón Fonst han tenido su parte de protagonismo en estos asuntos. El primero cobró notoriedad hace par de años, cuando Cuba debió jugar en República Dominicana sus partidos como local correspondientes a la Liga Mundial de Voleibol. La falta de climatización y otras condiciones exigidas por los organizadores del evento fueron las razones por las que los antillanos no pudieron seguir de primera mano los resultados de su selección.

Por su parte, la “Fonst” vive un prolongado proceso constructivo, luego de transitar por un no menos extenso período de deterioro. Al menos un millón y medio de pesos, entre “cubanos” y los llamados “convertibles”, han costado los trabajos en cerca de dos años de ejecución para los cuales no se avizora un futuro claro.

Muchos más comprometidos se presentan los panoramas de otras disciplinas como el fútbol, que en Cuba no dispone de ninguna cancha de primer nivel y solo en noviembre venidero conseguirá estrenar su primera grama sintética. También se enfrentan a un marcado deterioro prácticamente todas las instalaciones construidas para la cita continental de 1991.

Quien transite hoy por el este de la capital encontrará a su paso las moles del Estadio Panamericano, el Complejo de Piscinas Baraguá y el velódromo Reinaldo Paseiro, entre otras muy dañadas por el paso del tiempo y la cercanía del mar.

La lista es extensa y crece de año en año, ante los reducidos programas de inversión con que cuenta el INDER y el mal uso de los pocos recursos disponibles, sobre todo por el robo y la falta de mano de obra calificada. A tal punto ha llegado el problema que en ocasiones la propia LSB y otros certámenes nacionales han tenido que ser organizados gimnasios y otros espacios que no cumplen con todos los requisitos exigidos (en Cienfuegos el baloncesto ve acción sobre la superficie de cemento de la Sala Guernica, por ejemplo).

El fenómeno es solo la punta del iceberg en una problemática mucho mayor que, a estas alturas demandaría millones de dólares tan solo para recuperar lo que un día se tuvo. Un reto aun mayor sería llevar algunos de esos centros a los estándares internacionales en cuanto a confort, iluminación y terrenos de juego. Las cuentas del país, en estos momentos, hacen de lo primero un objetivo en extremo difícil mientras lo segundo roza los márgenes poco menos que de la utopía.

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