Me acabo de topar con un texto de Carlos Cabrera donde se habla de un suceso relacionado con Arleen Rodríguez Derivet. El texto está buenísimo, debo confesarlo. ¡Tal parece que lo escribí yo! Pero tiene unos detalles que no lo hacen del todo mío: se omiten nombres.
Quizá Carlos, ya vejete y retirado, pero todavía con la pluma afilada, ha actuado por prudencia, quizá por estilo. Tal vez fue que el médico, a quien visitó el lunes, le dijo: “No te metas en esas balaceras, Charlie”, pero como yo no voy al médico, no tengo ese problema. Si el asunto tiene nombre y apellido y yo me sé el cuento, pues zuánaba, pa’ allá va. Yo no soy precisamente el Oso Prudencio.
El post de Carlos no cayó en el vacío. Se nota en los comentarios. Lo que vino después fue lo que ya estaba ahí, esperando: la intriga. Lo que a mí me gusta.
Hay en el post de marras una fila larga de gente diciendo “eso yo lo vi”, “eso pasó así mismo”, “a mí me consta”, “eso no es nuevo”, cada cual sacando su recuerdo, su anécdota, su escena, sin ponerse de acuerdo con nadie.
Uno recuerda una cobertura en TeleSur durante una visita del Papa a México donde Arleen se encontraba presente, pero… ¿a qué viene eso? Vamos a la memoria compartida. Al cuento que circuló por esos días, cuando todo el mundo se quedó en modo guatefok, porque, contra, es duro que uno herede una casa en La Habana y de pronto venga una provinciana a querer hacerte un hijo macho.
El actor al que hace referencia Charlitín es el querido Iván Colás, a quien Arleen quiso colársela, formando su berrinche, tocando puertas aquí y puertas allá.
Yo fui uno de aquellos a los que Arleen, con esos ojos azules, bellos como el mar o el cielo, y esa diastema interincisal —o diastema medial, como prefiera Ud. llamarle— intentó convencer para sacar del juego, en el Juventú, al chino Évora.
Doy gracias a mi padre, que me enseñó que en la vida hay que ir con vergüenza y no serrucharle el mundo a nadie, por haber actuado como actué y no me sumé al corillo contra aquel “periodista capaz y buena persona”, cuando aquel que Carlos llama “genízaro”, que no era otro que el Acosador de Mujeres en Jefe en el Granma, Lázaro Barredo, se confabuló con ella para joder al Chino.
Ahora que menciono a Barredo pienso en algo: ¿qué hubiese sucedido si hubiese sido este, y no ella, quien hubiese metido la pata frente a Rafael Correa? ¿Lo defenderían contra viento y marea las huestes del mal llamado sexo débil? A mí realmente me asusta y me descoloca esa retahíla de comentarios de gente que no conoce a Arleen, que no ha compartido con ella ni un segundo en la vida, pero que, como son de izquierdas, la defienden a capa y espada. Por eso pienso en Barredo, artero y vil donde los haya; baboso y chantajista. ¿Lo defenderían igual? Sueño con el día en el que, post mortem, le hagan un #MeToo todas las que fueron sus víctimas.
Pero volvamos al cuento original: al día en que Arleen le quiso acabar la vida al Chino… Perdón si me desvié en la historia, pero, viendo que dime con quién andas y te diré quién eres —y con quién te ajuntas—, me salí de la trama principal.
Lo cierto es que “la pasividad del director”, Cheíto Vidal, bien puede definirse como otra cosa: Cheíto se encontró con un hijo macho y lo único que pudo hacer fue canalizar todo aquello, a sabiendas de que sucedería lo que a la postre sucedió en los tribunales: que el Juventú, Arleen y Barredo terminaran derrotados hasta en el Supremo, donde el Chino apeló, tras ser expulsado deshonrosamente del diario.
Es justo señalar que aquello no hubiese sucedido así, tan al jamonete, de no ser porque cuatro comerraspas apoyaron más por ideología, pertenencia a la UJC, PCC y miedos, que porque fuera verdad lo que del Chino se decía.
No solo Iván ha lamentado haber perdido años de su vida al lado de la hoy vilipendiada Arleen. También Roberto Verrier, ese que Carlos llama “economista pinareño con cargos en las asociaciones del ramo y promotor de eventos regionales sobre economía y globalización, ahora jubilado y devoto de Fidel”, en algún momento, tragos mediante, años después, se lamentaría de haber ofrendado su vida al lado de quien, al día de hoy, lo lleva a la una mi mula.
Díaz-Canel —ni que me interesara— debería aprender de su “hermana del alma” (Arleen) mucho. O, más bien, debería interiorizar en ese viejo refrán que dice “Cuando Tim tiene…”, porque si uno repasa la amistad y devoción que Arleen le tenía a Carlos Lage, a Felipe Pérez Roque y a Robertico Robaina, y repasa al día de hoy, logs de ETECSA mediante, descubre cómo ya ni los llama siquiera, a pesar de que hace muchos años les caía detrás como perra en celo. De hecho, ahora, los esquiva, a sabiendas de saber que esos tres jamás le darán lo que de ellos ella aspiraba.
Cuentan que cuentan que ella ha querido ser todo y, en ese afán, se ha mantenido siempre flotante, no como la tasa del Banco Nacional, sino más presente y activa. Ha movido fichas para estar aquí y acullá y su familia, que lo sabe, no se le esconde para decírselo.
Fue una, afirman, de las que más hilos movió para que Marina Menéndez no llegara donde de verdad podía, ni Aixa Hevia fuera lo que quería. De esa época de la Batalla de Ideas y comparecencias en la TV, solo se mantuvo fiel a Juanita Carrasco y a Bárbara Betancourt, consciente de que una, por vieja, y la otra, por obesa, nunca ocuparían el puesto que ella pretendiera.
Desde siempre ha sabido perfilar a los que más potencialidades poseen para determinados puestos. Se ha asociado a gente joven —ahí vemos a Abdielito, Leticia y la Marxlenin (entre otros)—, haciéndose la tutora, para ver si en un futuro, cuando ella haya pasado a mejor vida dentro del aparátum y ya no viaje con el Presidente debido a los achaques, la toquen con algún que otro regalito.