La reciente carta del partido Podemos en defensa del régimen cubano vuelve a poner sobre la mesa un viejo problema de la izquierda europea: hablar de Cuba sin escuchar a los cubanos. Hablar por ellos, pero nunca con ellos. Defender una abstracción ideológica mientras se ignora la realidad cotidiana de una isla que lleva más de seis décadas sin derechos políticos, sin libertad de expresión y sin posibilidad real de decidir su futuro.
Los firmantes de la carta aseguran actuar en nombre del “pueblo digno de Cuba”. Pero, ¿a qué pueblo se refieren? Desde luego, no al que hace colas interminables para conseguir comida. No al que vive con apagones diarios. No al que ve cómo sus hijos emigran o acaban en prisión por protestar. Tampoco al que comenta —cuando aún puede hacerlo— en las redes oficiales del propio régimen, donde la desaprobación es tan masiva que ni siquiera la censura logra ocultarla.
Resulta llamativo que quienes jamás han vivido un día bajo una dictadura se presenten como expertos conocedores de la realidad cubana. Que repitan, casi palabra por palabra, el discurso del poder sin cuestionarlo. Que hablen de “soberanía” mientras millones de cubanos no pueden elegir a sus gobernantes, crear partidos, fundar medios independientes o manifestarse sin miedo. Para Podemos, la verdad parece existir solo en una dirección: la que emana del Estado cubano.
Cuba no está bloqueada: el mito del embargo que la izquierda europea sigue repitiendo
El embargo estadounidense sí existe; pero conviene llamar a las cosas por su nombre y explicar qué es y qué no es. No es un “bloqueo” total, como insiste el régimen cubano y repite Podemos. El embargo no impide al “Gobierno” de Cuba comprar alimentos, medicinas ni productos de primera necesidad, ni siquiera a Estados Unidos. De hecho, cada día zarpan barcos desde puertos estadounidenses hacia Cuba. Basta una pregunta sencilla para desmontar el relato oficial: ¿de dónde proviene el único y escaso pollo que se consume en la isla? De Estados Unidos. Cuba también puede comprar a China, México, Colombia o Rusia, países aliados políticos del régimen. El problema es otro: nadie les da crédito porque el castrismo, no paga. La asfixia no es externa, es el resultado de un sistema que arruinó su economía, destruyó la confianza internacional y prefiere sostener un relato ideológico antes que asumir su responsabilidad.
Hablar de “bloqueo” sin mencionar a los presos políticos, a la censura, el destierro o al exilio forzado o a la represión del 11 de julio es contar solo la mitad de la historia. Y contar solo la mitad de la historia, cuando se trata de millones de vidas, es una forma de complicidad.
La izquierda que dice defender a los pueblos debería empezar por escuchar a las personas reales, no a los gobiernos que dicen representarlas. Hoy eso no requiere viajes oficiales ni intermediarios ideológicos: basta con leer. Basta con mirar los comentarios que el régimen no logra borrar. Basta con prestar atención a la diáspora cubana, formada en gran parte por quienes un día creyeron y luego despertaron.
Cuba no necesita que desde Europa se le proteja a su gobierno. Necesita que se respete el derecho de los cubanos a decidir sin miedo. Defender a Cuba no es defender a una élite enquistada en el poder. Es defender la libertad, la pluralidad y la dignidad de su gente.
Y esa defensa empieza, como mínimo, por dejar de hablar en su nombre sin haberlos escuchado nunca.