Con todo el respeto que pueda parecer que te mereces, Alejandro Cuervo, déjame decirte, Entre tú y yo, que tu “entrevista” a Jorge Legañoa fue, TREMENDA MIERDA.
Vaya, entiendo que a ese mequetrefe, poca cosa útil podías sacarle, pero has quedado como un perro baboso y como un entrevistador mediocre.
La televisión cubana volvió a ofrecer este sábado uno de esos ejercicios de periodismo que difícilmente incomodan a nadie en el poder. El programa “Entre tú y yo”, conducido por el actor Alejandro Cuervo, tuvo como invitado al presidente de Prensa Latina, Jorge Legañoa, en una conversación larga, amable y cuidadosamente desprovista de preguntas que pudieran resultar incómodas.
La entrevista discurrió por terrenos seguros: recuerdos universitarios, reflexiones sobre la historia, anécdotas de juventud y elogios al trabajo comunicacional. Cuervo, con un tono cercano que por momentos parecía más de admiración que de interrogación, condujo el diálogo como si estuviera conversando con un invitado al que no conviene contradecir demasiado; , dejando fuera preguntas clave sobre su trayectoria y el papel del aparato mediático en Cuba.
El resultado fue una conversación donde abundaron las historias edificantes y escasearon las preguntas básicas que cualquier periodista mínimamente inquisitivo habría puesto sobre la mesa.

Por ejemplo: Legañoa recordó su paso por la Universidad de La Habana, donde estudió periodismo a principios de los años 2000. Habló de profesores memorables, de la Batalla de Ideas y de la llamada Revolución Energética. Sin embargo, Cuervo no consideró oportuno preguntar algo elemental: cómo un estudiante de Camagüey terminó estudiando en La Habana y no en la Universidad de Oriente, como era la práctica habitual en el sistema universitario cubano.
Tampoco apareció otra pregunta inevitable para cualquiera que conozca el ecosistema mediático de la Isla: cómo fue posible que Legañoa ascendiera tan rápido dentro del aparato comunicacional del Estado. En la entrevista se mencionaron su paso por Juventud Rebelde, su trabajo en medios digitales, su experiencia en Venezuela y su participación en coberturas diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos durante la administración Obama. Todo presentado como un recorrido natural, casi inevitable.
Pero ninguna pregunta sobre las críticas que durante años han circulado dentro del propio gremio periodístico. Ninguna referencia a los cuestionamientos sobre su formación académica, sus vínculos institucionales o las circunstancias que facilitaron su ascenso.
La conversación también incluyó reflexiones sobre la ética de la comunicación, el papel de los medios y la necesidad de educar a los públicos para interpretar la información en tiempos de redes sociales. Ideas interesantes, sin duda, aunque escuchadas en boca de uno de los cuadros más visibles del sistema comunicacional cubano producen inevitablemente una pregunta que tampoco apareció en el estudio: qué papel ha jugado él mismo en transformar la realidad informativa del país que describe.

Legañoa habló de sensibilidad social al recordar una experiencia universitaria cambiando bombillos en casas humildes durante la Revolución Energética. Fue un momento emotivo del relato. Pero tampoco ahí surgió otra pregunta que parecía inevitable: cómo se concilia esa sensibilidad con el tono muchas veces distante que caracteriza al aparato mediático oficial frente a la realidad cotidiana de los cubanos.
En cambio, la entrevista se mantuvo en un tono cordial hasta el final, cuando llegó el momento más revelador del programa: la despedida.
Porque además de flores y agradecimientos, el invitado se llevó una generosa colección de obsequios cortesía de los patrocinadores del espacio. Entre ellos, una sesión completamente gratis de mantenimiento corporal en un centro de bienestar, masajes incluidos; una invitación para asistir con su esposa a un desayuno especial; y otros detalles destinados —según explicó el propio anfitrión— a ayudarle a relajarse “en medio de tantos problemas”.
Y así terminó la entrevista: entre flores, masajes, desayunos y agradecimientos.
Una metáfora involuntaria del periodismo televisivo que todavía se practica en la Isla: muchas atenciones, muchas sonrisas… y ni una sola pregunta incómoda.