En diciembre de 1964, Ernesto “Che” Guevara se sentó frente a las cámaras de la CBS en Nueva York para una entrevista en el programa Face the Nation. Con la calma de quien cree tener la historia de su lado, Guevara dejó una frase que resume la postura revolucionaria de aquel momento: Cuba no quería nada de Estados Unidos. Solo pedía que se olvidara de ella. Sin condiciones. Sin negociaciones. Sin concesiones. La Revolución se bastaba a sí misma.
Sesenta y dos años después, el mismo régimen que engendró aquella arrogancia ideológica le manda señales a la administración de Donald Trump. “Estamos dialogando“, dicen los funcionarios de La Habana. Y añaden, con el mismo tono solemne de siempre, que el sistema político cubano no está sobre la mesa. Que eso no se negocia.
La contradicción es tan flagrante que casi resulta cómica, si no fuera porque detrás de ella hay once millones de personas atrapadas en el fracaso de ese sistema que nadie puede cuestionar.
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La hipocresía del castrismo: De “olvídennos” a “necesitamos dólares”
Cuando Guevara habló ante la CBS, Cuba acababa de perder el mercado azucarero estadounidense y estaba en plena reorientación hacia el bloque soviético. Guevara lo decía con orgullo: si se vendía azúcar a Estados Unidos, sería el gobierno cubano quien lo haría, no los compradores americanos que “dominaban” la producción. La soberanía como escudo. La ideología como coartada.
Entonces llegó 1991. La Unión Soviética se desintegró y con ella los miles de millones de dólares en subsidios que mantenían vivo al experimento castrista. El régimen, de repente huérfano, tuvo que reinventarse. Y lo hizo con la destreza narrativa que siempre lo ha caracterizado: encontró un culpable. El “bloqueo” — término que el propio gobierno cubano prefiere al más preciso “embargo” — se convirtió en la explicación universal para cada apagón, cada escasez, cada fracaso económico.
Los mismos que en 1964 dijeron “olvídense de nosotros” comenzaron a construir toda su narrativa de supervivencia alrededor de la obsesión con Estados Unidos. El mismo país al que le pedían que mirara hacia otro lado se convirtió en el protagonista absoluto de cada discurso, cada acto de repudio, cada consigna pintada en una pared.
Y hoy, el colmo: Cuba usa el dólar americano como moneda de facto. Los cubanos en la isla dependen de las remesas enviadas desde Miami, Tampa, Nueva Jersey. El régimen pide acceso al crédito internacional, apertura comercial, fin de las sanciones. El mismo régimen que juró no aceptar condición alguna de Washington lleva décadas mendigando su benevolencia económica.
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El diálogo de siempre, con el mismo pueblo silenciado
Lo que más llama la atención del intercambio de 1964 no es la postura geopolítica de Guevara, sino un momento casi al final de la entrevista. Cuando le preguntan qué porcentaje del pueblo cubano apoya la Revolución, Guevara esquiva la pregunta con una sonrisa y un chiste. “No tenemos elecciones”, dice, “pero la gran mayoría apoya a la Revolución.”
Esa frase podría ser pronunciada hoy, mañana, en cualquier rueda de prensa del gobierno cubano, sin cambiar una sola palabra. El apoyo popular como dogma, no como dato. Como afirmación que no necesita demostración porque cualquier intento de demostrarla está prohibido.
El pueblo cubano no tiene medios de comunicación independientes donde expresarse. No tiene redes sociales sin censura — las plataformas se cortan sistemáticamente cada vez que hay una protesta. No tiene partidos de oposición legales. No tiene elecciones libres ni competitivas. No tiene el derecho básico de elegir a quienes lo gobiernan.
Ese mismo pueblo, al que el régimen proclama representar en cada foro internacional, salió masivamente a las calles el 11 de julio de 2021 gritando “libertad” y “patria y vida”. Ese mismo pueblo huye en números sin precedente histórico: más de medio millón de cubanos emigraron solo en 2022 y 2023, la diáspora más acelerada que haya vivido la isla en toda su historia. Ese mismo pueblo hace colas de horas para conseguir pan, vive con apagones de dieciséis horas diarias y sobrevive gracias al dinero que le mandan los “traidores” que se fueron.
La retórica como sistema de gobierno
Lo que revela la entrevista de Guevara, vista desde hoy, es que el régimen castrista nunca ha necesitado que sus posiciones sean coherentes. Solo necesita que suenen a dignidad. En 1964, la dignidad era rechazar cualquier diálogo con el imperialismo. En 2026, la dignidad es dialogar con ese mismo imperialismo pero aclarando que “el sistema no se toca”.
El resultado práctico es idéntico en ambos casos: el pueblo cubano sigue sin poder votar, sin poder hablar, sin poder decidir. La única diferencia es que ahora tampoco puede comer.
Cuando el régimen de La Habana anuncia que está en conversaciones con la administración Trump, no está anunciando un cambio. Está repitiendo el guión de siempre con actores distintos. Pedirán alivio económico. Ofrecerán gestos mínimos. Hablarán de soberanía. Negarán cualquier concesión política. Y el pueblo cubano, ese que supuestamente los apoya de manera abrumadora, seguirá sin ser consultado.
Guevara dijo en 1964 que las revoluciones no se exportan, que nacen de las condiciones opresivas que los gobiernos ejercen sobre sus pueblos. Tenía razón, aunque no en el sentido que pretendía. Porque si algo ha demostrado estos sesenta y dos años es que el régimen cubano ha sido, él mismo, la condición opresiva más sostenida y cruel que ha conocido la isla en toda su historia.
El diálogo con Trump no cambiará eso. Nunca ningún diálogo lo ha cambiado. Porque lo que no está sobre la mesa — el sistema, la libertad, los derechos del pueblo cubano — es precisamente lo único que importa.