Desde que Matthew arrasó el oriente cubano todo el mundo centró su atención en los desastres que dejó a su paso.
Cientos de organizaciones y miles de personas se abocaron para ayudar a los afectados incluso retando al régimen represor que les impedía la llegada a la zona del desastre.
Sin embargo una comunidad en particular estaba más que dispuesta a ayudar a los damnificados sin querer ningún tipo de atención por parte de los medios de comunicación, los cristianos.
Ellos llegaron ofreciendo música, ropa y comida a quienes más lo necesitan. Recurrieron a la gente más humilde en Santiago de Cuba para las donaciones.
Ellos se concentraron mayormente en Cruce de Toas, un caserío remoto de la región de Baracoa, donde el huracán Matthew hizo crecer el río más caudaloso de Cuba a niveles nunca antes vistos.
El agua arrasó con todo a su paso, pero este grupo de jóvenes católicos se empeñó en devolver la esperanza a los campesinos de la zona metiendo el hombro en la reconstrucción de sus hogares, compartiendo su hogaza de pan y dedicándole todo un fin de semana a vivir con ellos penas y alegrías.
el gobierna cubano dispuso de tres embarcaciones para que los misioneros pudieran movilizarse ya que el puente sobre el Río Toas quedó destruido incomunicando gran parte de esa zona.