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Irma, Cuba y Miami

Huracán Irma sobre el norte de Cuba
Huracán Irma sobre el norte de Cuba / foto: Cortesía

Las autoridades y los expertos norteamericanos lo anunciaron con antelación: Irma era un monstruo. Un huracán que podría calificar entre los más intensos en los últimos cien años. Podemos imaginar el trabajo en el Centro Nacional de Huracanes, a un costado de la Universidad Internacional de la Florida en Miami. Gracias, precisamente, a ese excelente nivel de profesionalidad y de tecnología actual, los floridanos pudieron prepararse varios días antes del siniestro.

Sin embargo, el huracán Harvey ya había atacado el suroeste de Texas y la ciudad de Houston, en particular, y buena parte de las reservas de la agencia encargada de lidiar con los desastres naturales se había consumido. Para el miércoles 6 de septiembre en las bodegas de Miami-Dade, los cayos de la Florida y una buena parte del condado de Broward (al norte), apenas hubo agua embotellada, gasolina, generadores eléctricos, baterías, tablones de plywood o planchas de metal para cubrir puertas y ventanas.  Las colas para echar gasolina eran de varias cuadras; no pocos dormían fuera de las tiendas de materiales de construcción para alcanzar algún tablón de madera.

En ese maremágnum ciclonero los cubanos por nacimiento y porque hemos pasado buena parte de nuestras vidas en la Isla, sienten un extraño deja vu, o fenómeno del “ya visto”. “Esta cosa” ya la han vivido otras veces. La actitud de los caribeños ante los ciclones es muy peculiar. Quienes no lo son, poco entienden, incluyendo a los primeros cronistas de indias, quienes para su sorpresa veían a los nativos resistir el Juracán —dios del mal para los tainos— con entereza y cierta osadía. El humorista cubano Alvarez Guedes atrapó esa paradoja de enfrentamiento en uno de sus hilarantes relatos: lo primero que se comprueba ante la proximidad de un ciclón es si el tocadiscos funciona. Además de las tablas de madera, las baterías y el agua, garantizamos la cerveza y la carne para el asador.

Los ciclones son misterios que también acompañan a los cubanos. Nunca como ante un meteoro se pone a prueba esa personalidad temeraria y al mismo tiempo carente de profundidad, lo cual en ciertas circunstancias más que una debilidad puede ser una ventaja —con el perdón del maestro Jorge Maňach. Solemos aprender a lidiar con los peligros y sus ambientes resbaladizos desde la infancia gracias, en parte, a la poca predictibilidad del tiempo. El tiempo Caribe: la tempestad y la calma se trastocan y suceden en minutos; los cambios son casi siempre emocionales, pocas veces racionales.

En algunos lugares de Miami-Dade comenzó el racionamiento: solo veinte dólares de gasolina por carro, y no se permitía llenar otra cosa que no fuera el tanque del auto. En las siempre bien abastecidas tiendas Home Depot, “tocaban” seis planchas de plywood (para escasamente cubrir dos ventanas y una puerta pequeña) por persona. Y en una muy gringa farmacia Walgreens se pudo oír a una dependiente gritar a los clientes que iban a “sacar pilas a las dos de la tarde”.

Fue inevitable estar en la Isla otra vez. No importa si la cola era en Home Depot, o se esperaban las baterías que llegarían a las dos de la tarde. La cola era la misma. La gente y lo que se conversaba, también. Por un momento, Miami fue La Habana, Santiago, Matanzas o Pinar. Y aunque en la Isla no lo crean, y quienes quedaron allá no lo sepan, en vísperas de Irma muchos cubanos no dejaron de pensar en su patria. Tal vez recordaban todos los ciclones, las casas que los protegieron, los vecinos y los amigos, los cuentos y a todos sus abuelos.

Al final, Irma se alejó hacia la tranquila costa del oeste floridano. Varios millones de personas sobre el Atlántico salvaron propiedades y vidas. Desgraciadamente, los cayos de la Florida han sufrido el mayor impacto. Pasadas las horas más difíciles, el sur de la Florida se levanta cortando amarras, desenclavando puertas y ventanas, aprovechando para botar lo viejo y en desuso. En marcha está la recuperación. La Florida es un surtidor de esperanzas; las familias confían en que todo pudiera ser mejor, nuevo, con prisas, sin pausas.

El problema de Miami para los cubanos por nacimiento y porque han pasado buena parte de sus vidas en la Isla, es que están demasiado cerca del lugar de donde vinieron. Solo unos pocos kilómetros los separan de sus recuerdos más íntimos, incluso de esa rara mezcla de fácil entusiasmo y temeridad frente a un desastre de imprevisibles consecuencias. En alguna emisora local pudiera oírse que en Cuba el huracán Irma ha sido una podadora por toda la costa norte: ha cortado a ras del suelo lo poco que la gente tenía. Y también castrado aún más sus esperanzas.

Cualquier cubano en Miami podría ser un tipo contradictorio, un aguafiestas: estar triste mientras la ciudad donde vive regresa con rapidez a la normalidad. Los hijos y los nietos, nacidos aquí, no lo entenderán. Para ellos ha pasado lo peor.

Publicado originalmente en Diario de Cuba por Francisco Almagro Domínguez

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