Maite Alonso Companioni tiene 42 años y vive atrapada en una cama con escaras abiertas que no cicatrizan. Su caso llegó a la redacción de Cubanos por el Mundo a través de un audio y video devastador que ella misma grabó desde Cuba, consciente de las consecuencias que podría tener hablar. Su historia no es un caso aislado: es el rostro más crudo del colapso del sistema de salud cubano.
Una operación de fémur que se convirtió en condena
Todo comenzó cuando Maite sufrió un accidente y fue sometida a una operación de fémur en el Hospital Fructuoso Rodríguez de La Habana. Según su propio testimonio, la recuperación avanzaba bien y había llegado a estar en condiciones de caminar. Sin embargo, lo que debía ser un proceso de rehabilitación se convirtió en el inicio de una pesadilla médica sin fin.
“Había avanzado bastante y estaba hasta para caminar. Ahí empezó todo donde me dejaron pudrir porque al salón no se podía entrar porque las piezas del aire las estaban esperando”, relató Maite en el audio enviado a esta redacción.
Durante un mes completo, permaneció en una sala sin climatización, sin material de cura y sin atención adecuada. En ese período desarrolló escaras de gran tamaño en su cuerpo. “No había material de cura, no había nada. Todo lo tenía que conseguir yo por mis propios medios y pidiendo ayuda”, afirmó.

14 apósitos para siete días: el “tratamiento” que le da el Estado cubano
Meses después, Maite Alonso Companioni sigue sin sanar. Las escaras permanecen abiertas y los recursos que el sistema de salud cubano le proporciona son, en el mejor de los casos, insuficientes.
Recibe únicamente 14 apósitos por semana para tratar heridas que requieren cambios de apósito varias veces al día. No tiene control de esfínteres —secuela directa de una lesión que nunca fue rehabilitada correctamente— y los pañales tampoco llegan a sus manos pese a que existen módulos de distribución.
“No tengo control de finte, me hago caca y me hago pipí. Vienen módulos de dar cosas y a mí no me lo dan. De dar sábana, de dar toalla, de dar todas esas cosas. Eso por mis manos no pasa. Ni los culeros tampoco”, denunció con una crudeza que no necesita traducción.
El medicamento baclofeno, necesario para su tratamiento neurológico, tampoco está disponible. Y cuando preguntó por una trabajadora social que pudiera gestionarle recursos, la respuesta fue que no existe ninguna asignada a su caso.
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Cuatro meses en terapia intensiva y una vejiga que nadie rehabilitó
El testimonio de Maite también expone una cadena de negligencias médicas acumuladas. Después de permanecer cuatro meses en terapia intensiva, fue trasladada y dada de alta sin que nadie le informara que necesitaba rehabilitación vesical. Esa omisión le costó la pérdida permanente del control de esfínteres.
“Nunca se me dijo que había que rehabilitarme la vejiga. Todo ha sido negligencia médica”, señaló. “Me dijeron que lo único que tenía era que alimentarme porque estaba desnutrida. Al final me botaron prácticamente de las mejires”.
Según su relato, salió del hospital con solo 5 de hemoglobina y con antibióticos insuficientes. “Por poco me muero”, dijo.
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La Seguridad del Estado apareció con batas blancas para silenciarla
Cuando Maite decidió hacer una transmisión en vivo para visibilizar su situación, la respuesta del Estado cubano no fue médica sino represiva. Agentes de la Seguridad del Estado se presentaron en el hospital disfrazados con batas blancas para presionarla a eliminar la transmisión.
“Después que hice la directa, me cayó todo el mundo arriba, todo el mundo con bata blanca puesta y todo el mundo eran de la Seguridad del Estado. Todos. No le importaba que yo tenía cinco de hemoglobina y que yo estaba podrida. Eso no le importó”, relató.
Pese a las amenazas, Maite decidió seguir hablando. Sus palabras finales resumen meses de agotamiento, dolor y abandono total:
“Estoy cansada. No me importa que lo sepa el mundo entero. No me importa que me vengan a buscar presa. No me importa ya nada. Ya no puedo más.”
El colapso de la salud cubana: éxodo médico, exportación de doctores y hospitales en ruinas
El caso de Maite Alonso Companioni no puede entenderse fuera de su contexto: el sistema de salud cubano está en colapso estructural, y la responsabilidad recae directamente sobre las políticas del gobierno cubano.
Cuba exporta médicos como mercancía. El régimen envía decenas de miles de profesionales de la salud a misiones en Venezuela, Brasil, Angola, Qatar y otros países, a cambio de divisas que ingresan directamente al Estado, no a los médicos. Según datos de organizaciones internacionales de derechos humanos, esta práctica ha vaciado los hospitales cubanos de personal calificado precisamente cuando más se necesita.
A esto se suma el éxodo masivo de médicos cubanos que, hartos de salarios miserables que no superan los 50 dólares mensuales, han abandonado la isla en los últimos años aprovechando la política de parole humanitario de Estados Unidos y otras vías migratorias. Solo entre 2022 y 2024, miles de profesionales de la salud emigraron, dejando hospitales sin especialistas, sin anestesiólogos y sin personal de enfermería suficiente.
El resultado es un sistema hospitalario en ruinas. Salas sin climatización, como la que dejó a Maite con escaras durante un mes. Quirófanos paralizados por falta de materiales básicos. Pacientes que deben comprar en el mercado negro sus propios guantes, gasas y antibióticos. Hospitales donde las piezas del aire acondicionado “están esperando” mientras los enfermos se pudren en sus camas.
La escasez crónica de medicamentos es otra consecuencia directa del modelo económico cubano y del abandono del sector salud por parte del gobierno. Cuba no produce suficientes insumos médicos ni tiene divisas para importarlos, en parte porque los recursos del Estado se destinan al mantenimiento del aparato represivo y a sostener alianzas geopolíticas antes que a garantizar el derecho a la salud de su propia población.
Lo que le ocurre a Maite Alonso Companioni en el Hospital Fructuoso Rodríguez de La Habana no es una excepción. Es la norma. Y todas las historias que llegan a la redacción de Cubanos por el Mundo lo confirman: mientras el gobierno cubano exporta médicos y recibe aplausos internacionales por su “sistema de salud”, sus propios ciudadanos se mueren sin apósitos, sin pañales y sin que nadie responda.
¿Qué puede hacer la comunidad cubana en el exterior?
Desde Cubanos por el Mundo instamos a quienes puedan aportar información adicional sobre este caso o casos similares a escribir a nuestra redacción: info@cubanosporelmundo.com