Medios, por favor, no entrevisten más a esta gentuza

Durante años, buena parte de la prensa internacional ha sentado frente a las cámaras a figuras como Carlos Fernández de Cossío, Bruno Rodríguez Parrilla o Johana Tablada como si fueran intérpretes legítimos de la realidad cubana. La más “solidaria” con la isla, por ejemplo, acá en España, ha entrevistado en los últimos meses a figuras como Marxlenin Pérez Valdés o Gabriela Fernández, a quienes ha presentado como “jóvenes cubanos que vienen a hablar de la realidad en la isla”.

Hoy la propuesta es otra, y es concreta: dejar de tratar a toda esta gente como voces representativas de un país que no los ha elegido. Porque para entender lo que pasa en Cuba ya no basta con entrevistarlos: es contraproducente. Comparecen como “funcionarios”, cuando en realidad son piezas de un sistema que no permite competencia política, que designa a sus dirigentes desde dentro y que se sostiene sobre una legitimidad heredada, no renovada. Son tristes personajes, monigotes de un sistema que, cuando se les pregunta por la crisis en Cuba, te responden que en Washington también la hay. Gente que, cuando se les habla de pobreza en Cuba, te mencionan a los homeless en Chicago y te dicen que los pobres en Cuba tienen soberanía. Se les mencionan los presos políticos y hablan de presos en las cárceles de EE.UU.

Entrevistar a estos voceros es validar un poder que pudo, hábilmente, apropiarse de un país entero. Un poder que se exhibe como representante de “once millones” sin haber sido elegido en condiciones libres y democráticas.

Cuba no es un misterio geopolítico incomprensible. Es un régimen cerrado, con partido único, sin alternancia, sin prensa independiente legal y con una historia documentada de represión al disenso. Puede que no encaje en la caricatura clásica de dictadura latinoamericana de uniforme y junta militar, pero funciona como un sistema total de control político. Seguir tratándolo con paños tibios, con lenguaje aséptico o con una deferencia que no se concede a otros gobiernos no aclara nada. Lo enturbia.

La propuesta es simple: si se les entrevista, dejar de presentarlos como “la voz de Cuba”. Porque no lo son. Son la voz del poder en Cuba. Y eso, a estas alturas, ya debería marcar toda la diferencia.

Marxlenin Pérez Valdés

Hay un punto en el que ciertas entrevistas dejan de ser periodismo y se convierten en servicio público involuntario para el aparato que dicen cubrir. Uno ve a Marxlenin Pérez Valdés en laSexta defendiendo y diciendo que “en Cuba no hay represión”, pese a la existencia de un sistema de partido único y a la cifra de más de mil presos políticos documentada por organizaciones de derechos humanos y recogida también por la propia pieza de laSexta, y entiende que el problema no es ya solo lo que dice, sino el marco en que se le deja decirlo. Estamos hablando de un país que la organización Freedom House describe como un Estado de partido único que prohíbe el pluralismo político y reprime la disidencia. Prisoners Defenders, otra organización, cifró en 1.214 los presos políticos al cierre de febrero de 2026. Con ese cuadro delante, salir en televisión a discutir si la palabra “represión” le “pega” o no a la revolución no es análisis: es propaganda con mejor dicción. Y si una vocera como Marxlenin dice que no hay tal, yo traigo una propuesta al periodista que la entreviste: decirle “estás hablando mierda. Yo no soy ningún estúpido(a), así que párate y vete”. Así hay que empezar a tratarlos.

Marxlenin no es una voz “controvertida” a la que hay que escuchar por pluralismo. Ni siquiera es una lumbrera económica o filosófica. Marxlenin no comparece como una cubana cualquiera; mucho menos es una observadora incómoda o crítica del poder. Es una representante funcional del relato del poder, y presentarla solo como “filósofa y comunicadora” es un craso error. Está casada con un nieto de Fidel Castro, además, así que merece, si se le va a describir, ser presentada con todos sus “títulos”.

Buena parte de la prensa extranjera sigue cayendo en una trampa vieja: invitar a un cuadro o a una intelectual orgánica del régimen a “explicar Cuba” como si hablara en nombre del país, cuando en realidad habla en nombre de un Estado que monopoliza la representación, la prensa y la palabra pública.

Ahora mismo, reducir la crisis cubana a Trump frente al Gobierno cubano borra al pueblo cubano, borra a los reprimidos y borra a quienes denuncian desde dentro que la implosión del modelo viene de mucho antes del último endurecimiento externo. En la isla hay una crisis “terminal” e “irreversible” en el plano económico, político y social. El deterioro no solo se le debe atribuir al bloqueo, sino también a políticas internas ineficientes y favorables a una minoría. Cuando Ud. tiene una funcionaria de Salud Pública que, como médico, fue capaz de pasarle caldo de pollo en vena a una paciente y matarla; o tiene un viceministro como Roberto Morales Ojeda, que durante todos sus estudios universitarios jamás obtuvo 4 puntos en un examen de una asignatura, ya Ud. sabe que el bloqueo no es el único responsable del problema en Cuba.

Cuando Marxlenin habla de los apagones, de cocinar con carbón, de la basura acumulada, de la comida que se echa a perder, está describiendo sufrimiento real. Lo indecente viene después: presentar ese sufrimiento como una pura emanación externa, como si el sistema que ella defiende no hubiera administrado durante años una economía que dejó de producir, un Estado que priorizó sectores políticamente rentables sobre servicios básicos y un modelo que se volvió especialmente cruel con los de abajo. Marxlenin no reconoce ni habla sobre el viraje antipopular del sistema, la reducción del papel social del Estado, el deterioro sostenido de salud, educación y agricultura y la Tarea Ordenamiento de 2021 como golpe final a una sociedad ya exhausta.

El Estado ha reducido la inversión en programas sociales y la desigualdad se ha vuelto más visible en medio de la crisis, pero Marxlenin no habla de eso. Ella usa en su discurso problemas verdaderos para blindar una mentira mayor. No se necesita negar el efecto del embargo o del bloqueo para señalar que el régimen cubano ha hecho de él una coartada total para justificarse internacionalmente y para no hacer cambios internos que siempre presenta como agenda enemiga.

La joven Amelia Calzadilla lo explicaba magistralmente hace unos días en Bilbao, España. Cuando ella explotó en una directa en Facebook y se volvió noticia internacional, no era una activista política; era tan solo una madre desesperada que no tenía cómo alimentar a sus tres hijos y que quería una respuesta del ministro de Energía y Minas. Quería saber por qué, si no estaba viajando nadie a la isla debido a la pandemia y la situación se deterioraba cada día más, el Estado seguía construyendo hoteles. ¿Qué sucedió? Que enseguida le fabricaron lo que les fabrican a todos: que dijo lo que dijo porque alguien le había pagado desde afuera. El sistema la fabricó como “mercenaria” y, a la postre, esa madre incómoda se convirtió en una “enemiga”, una “disidente” a la que le fueron cerrando todas las vías democráticas posibles de obtener un empleo e ingresos dignos, y terminó yéndose del país.

Cuando a Marxlenin le preguntan por la vida cotidiana, por niños que no pueden hacer tareas, por familias que cocinan con carbón y por amas de casa desbordadas, y ella descarga sus municiones contra Washington, nunca como acusación contra La Habana, desplaza el centro moral de la conversación.

En sus palabras ante laSexta, la ciudadanía cubana aparece como víctima útil, pero no como sujeto político. No aparece el derecho de esa gente a protestar, ni a organizarse, ni a exigir cuentas a sus gobernantes. No aparecen las madres de presos, no aparece el disenso, no aparecen las condenas por publicar en redes, no aparece el miedo. En la versión del poder, el pueblo cubano existe para sufrir y resistir; nunca para decidir.

La apelación de Marxlenin a la “tranquilidad social” merece capítulo aparte. Decir que una de las grandes fortalezas del proyecto cubano es haber logrado tranquilidad social en un país donde la protesta se castiga, donde la vigilancia política es constante y donde el costo del desacuerdo puede ser una condena penal o la regulación migratoria no es una descripción; es una obscenidad semántica. Mucho más si una leve mirada a las redes sociales nos habla, fuera de ese discurso oficial que ella defiende, del auge de los feminicidios, asaltos, robos y asesinatos.

No existe tranquilidad social en Cuba. No hablemos ya de los delitos en general. ¿Qué tranquilidad puede existir en la vida de los cubanos que se levantan sin saber qué van a comer? ¿Qué tranquilidad existe en todos esos que no saben cuándo les volverán a poner el servicio eléctrico, o en aquellos que tienen que ir al banco y no tienen la certeza de que podrán sacar el dinero, o de si el cajero automático tiene billetes o está funcionando? ¿O en ir a trabajar y no saber si pasará la guagua?

Carlos Fernández de Cossío

Con Fernández de Cossío el problema es el mismo, pero hagamos una salvedad importante. Si Marxlenin es la liturgia ideológica, Cossío es la administración elegante de la mentira. Entre él, Johana Tablada y Bruno Rodríguez Parrilla se disputan a diario quién es el más mentiroso dentro de la Cancillería cubana; y, a diferencia de sus predecesores, como Alarcón de Quesada, gracias a la cara dura que tiene y a la sangre de horchata que le corre por las venas, comparece mejor, modula más, usa el registro del negociador razonable, responde con frases calibradas para el público extranjero que quiere escuchar estas dos cosas a la vez: que Cuba no se rinde y que Cuba es pragmática.

Fernández de Cossío y Marxlenin parten de una mutilación deliberada del problema cubano. No niegan todos los hechos; seleccionan los hechos que les convienen y amputan la mitad restante. Sí, la presión estadounidense existe y en 2026 se ha recrudecido de forma visible con el corte de suministros energéticos, la amenaza de aranceles a terceros y una crisis de combustible que Reuters, AP y otros medios han documentado con claridad. Sí, eso agrava los apagones, el transporte, los hospitales y la vida diaria. Pero de ahí no se desprende que todo lo demás desaparezca por arte de magia: no desaparecen décadas de centralización, no desaparece el fracaso productivo, no desaparece el derrumbe agrícola, no desaparece la ruina de la infraestructura, no desaparece la incapacidad del Estado para reformarse sin conservar intacto el monopolio político. La propia cobertura internacional más seria viene señalando las dos cosas a la vez: sanciones y deterioro estructural previo.

La entrevista del “descosío” en NBC es más reveladora que la de un militante cualquiera como lo es Marxlenin, porque ahí se ve con claridad cómo un funcionario de raza, entrenado, puede pasar ocho minutos sin contestar de verdad una pregunta central y aun así parecer sereno. Cuando Kristen Welker le pregunta por elecciones libres, prensa libre, pluralismo político o presos políticos, Cossío no argumenta en defensa del modelo; desplaza el foco, responde con Estados Unidos, habla de presos comunes, recurre a comparaciones impropias o simplemente se refugia en la soberanía. La soberanía, en su boca, funciona como cortina.

Ese truco merece ser nombrado con todas sus letras, porque demasiadas entrevistas lo dejan pasar como si fuera diplomacia y no evasión. Que Cuba sea un país soberano no responde a la pregunta de si encarcela a disidentes. Que Estados Unidos tenga una población carcelaria enorme no responde a la pregunta de si en Cuba se reprime la oposición política. Que Washington no negociaría su sistema constitucional con otra potencia no responde a la pregunta de si el sistema cubano permite competencia política real. Cossío convierte cada interpelación concreta en un juego de espejos. Cuando le preguntan por la falta de pluralismo, habla del bipartidismo estadounidense; cuando le preguntan por presos políticos, habla de presos en Estados Unidos; cuando le preguntan por el colapso interno, vuelve al bloqueo; cuando le preguntan por la responsabilidad del Gobierno, dice que esas afirmaciones no pueden sostenerse, aunque la evidencia internacional sobre falta de libertades, persecución y partido único sea abrumadora.

La mentira más útil de Cossío es el método con el que la ejecuta. Su estrategia consiste en reducir toda crítica a Cuba a una expresión del poder estadounidense. Así, cualquier cuestionamiento moral queda absorbido por la geopolítica. Si se habla de miseria, responde embargo. Si se habla de presos, responde soberanía. Si se habla de reformas, responde no injerencia. Si se habla de derechos, responde doble rasero. El resultado es muy conveniente para el régimen: la discusión nunca llega a la estructura de dominación interna. Esa estructura queda siempre fuera de campo, como si no existiera. Pero existe. Está en la Constitución de partido único. Está en la ausencia de prensa libre. Está en la criminalización del desacuerdo. Está en el hecho de que la discusión sobre la isla se sigue llevando a cabo, demasiadas veces, entre funcionarios y activistas extranjeros, mientras el ciudadano cubano sigue compareciendo solo como decorado del drama.

Hay, además, un problema de credibilidad personal que los medios no deberían ignorar cuando deciden sentar a Cossío frente a una cámara como si fuera simplemente una fuente más. En 2019 dijo a AP que no había tropas cubanas en Venezuela y que Cuba no participaba en operaciones militares ni de seguridad allí. Y ya sabemos qué pasó el 5 de enero de 2026. No solo había, sino que había muchos y les mataron a 32 de ellos.

En febrero de 2026, antes de la admisión ya abierta de contactos con Washington, dijo a Reuters y AP que no había “mesa de diálogo” con Estados Unidos; semanas después, con el proceso ya blanqueado públicamente, pasó a hablar de negociaciones, de compensaciones, de temas mutuos y de fórmulas posibles sin que el periodismo internacional lo sentara primero sobre esas contradicciones y le dijera: “Compadre, primero que todo… ¡qué clase de mentiroso es Ud.! O es que… ¿es ignorante?”

Sí, un periodista que se respete, de estos que quieren conocer sobre Cuba, puede aceptar que un diplomático matice. Lo que no le puede tolerar a ese diplomático es que haga como que fingir, matizar y desmentirse sean la misma cosa.

Muestra de su descaro más excelso la tuvo Carlos Fernández de Cossío en su entrevista con Drop Site, al hablar de que Cuba está dispuesta a compensar a las autoridades de EE.UU. por las propiedades embargadas en la isla después de 1959. Lo dicho por este Pinocho diplomático no debe leerse como prueba de solvencia del régimen cubano, sino como una mera maniobra política y de relaciones públicas.

La propuesta suena razonable en abstracto —Cuba estaría dispuesta a discutir un “lump sum” para cerrar las reclamaciones de propiedades nacionalizadas—, pero el problema empieza en cuanto uno mira el historial real de pagos del Estado cubano.

La propia Comisión de Reclamaciones del Departamento de Justicia de Estados Unidos certificó 5.913 reclamaciones por un principal de unos 1,9 mil millones de dólares; con intereses, distintas estimaciones ya sitúan el monto en torno a 8 o 9 mil millones. Esa cifra, por sí sola, no demuestra imposibilidad absoluta, pero sí obliga a hacer la pregunta básica que Drop Site dejó apenas insinuada: ¿con qué dinero, desde qué estructura financiera y con qué credibilidad de pago piensa La Habana sostener una promesa así?

La respuesta corta es incómoda para el relato de Cossío: Cuba lleva años reestructurando, aplazando o convirtiendo deudas porque no puede cumplir regularmente ni siquiera con compromisos ya renegociados.

La agencia Reuters, por ejemplo, reportó en 2023 que el acuerdo de 2015 con el Club de París perdonó 8,5 mil millones de los 11,1 mil millones que Cuba había dejado de pagar desde su default de 1986, pero aun con ese alivio la isla volvió a incumplir pagos; Reuters estimó entonces más de 500 millones de dólares impagos frente a esos acreedores. En enero de 2025, el propio Club de París anunció otra modificación de los términos para darle a Cuba “mejores condiciones” ante su “compleja situación económica y financiera”.

A eso se suma que el problema no termina en el Club de París. Reuters informó en 2022 que Rusia aplazó hasta 2027 pagos vinculados a préstamos por 2,3 mil millones de dólares concedidos entre 2006 y 2019. Ese mismo año, Reuters reportó que China acordó reestructurar deuda cubana y ampliar créditos, y añadió un dato demoledor: analistas y diplomáticos atribuían la caída del comercio y la inversión china, en parte, al hecho de que Cuba no había podido cumplir ni siquiera pagos ya reestructurados.

En 2026, El País informó, además, de al menos 300 millones de euros adeudados a empresas españolas, con decenas de firmas afectadas, algunas ya en insolvencia, y recordó que España activó en 2025 un programa de conversión de deuda con Cuba de hasta 375 millones de euros para transformarla en proyectos, no porque Cuba estuviera pagando holgadamente, sino precisamente porque la deuda había que reciclarla políticamente. Una cosa es renegociar, otra pagar; Cuba ha hecho mucho más de la primera que de la segunda.

Por eso suena hueca la apelación de Cossío a los precedentes históricos. Sí, Cuba firmó acuerdos de compensación con otros países en los años sesenta, setenta y ochenta, y ya en 2015-2016 el asunto de las reclamaciones estadounidenses entró formalmente en la agenda bilateral con Washington. Fueron conversaciones que ocurrieron durante el deshielo de Obama. Hubo una primera reunión en diciembre de 2015 y una segunda ronda “sustantiva” en julio de 2016.

Es decir, la idea de negociar compensaciones con Estados Unidos no apareció ahora de la nada. Ya existía cuando la economía cubana estaba en una situación menos devastada que la actual, cuando no pesaban los apagones nacionales de 2026, cuando el desplome del ingreso en divisas no había alcanzado el nivel actual y cuando todavía no se había encadenado esta sucesión de reestructuraciones con acreedores externos. Si entonces no hubo acuerdo, si entonces no pagaron, cuesta tomar en serio que el momento idóneo para pagar haya llegado justamente ahora, cuando la solvencia cubana es peor y la desconfianza de los acreedores es mayor.

Hay, además, un detalle técnico que suele enterrarse debajo del titular, pues la mayoría de los cubanos ni siquiera saben qué significa. Lump sum no significa que Cuba vaya a pagar íntegro, en efectivo y rápido. La literatura especializada sobre estos casos dice más bien lo contrario: los acuerdos globales de compensación suelen cerrarse por debajo del valor total reclamado y muchas veces sin reconocer todo el interés acumulado.

Un informe de Brookings sobre este mismo asunto recordaba que, desde la Segunda Guerra Mundial, el mecanismo preferido en este tipo de disputas ha sido precisamente negociar un monto global rebajado, y que la regla histórica ha sido la compensación parcial del principal, a menudo sin intereses. En otras palabras, cuando Cossío dice “estamos dispuestos a discutir compensación”, lo que realmente está diciendo no es “Cuba puede pagar lo que debe”, sino “Cuba quiere sentarse a negociar una quita política dentro de un paquete más amplio”. Eso es una posición negociadora; no es una prueba de capacidad financiera.

El contraste con la situación real del país vuelve todavía más endeble la oferta. Un análisis de la revista cubana independiente elTOQUE, apoyado en los trabajos de Richard Feinberg, admite que la mayoría numérica de las reclamaciones pertenece a individuos con montos relativamente pequeños, mientras el peso grande está concentrado en reclamaciones corporativas. El trabajo subraya también que incluso los escenarios más “viables” descansan en supuestos que hoy no están dados: levantamiento del embargo, crecimiento posterior, acceso a crédito internacional y, sobre todo, credibilidad del pagador.

El mismo texto lo dice sin rodeos: el gran obstáculo no es solo cuánto habría que pagar, sino que el régimen cubano arrastra serios problemas de credibilidad con sus acreedores desde hace décadas. Esa es la parte que destruye el efecto propagandístico de la entrevista. Porque un Estado puede prometer pagos futuros; lo difícil es que alguien le crea cuando viene de incumplir con París, de renegociar con Rusia, de necesitar alivio chino y de acumular deudas comerciales con empresas españolas —y de otros países— que ya operaban en la isla bajo reglas mucho menos conflictivas que las de una gran reclamación bilateral con Washington.

También conviene poner esta “apertura” en el lugar político que le corresponde. El régimen cubano no ha descubierto de pronto una obligación moral con los expropiados estadounidenses, sino que necesita desesperadamente destrabar inversión, reducir litigios y vender una imagen de pragmatismo en medio de una crisis de liquidez extrema. Un país al que se le ha hundido así la capacidad de generación de divisas no lanza una propuesta de compensación porque le sobren recursos, sino porque necesita reordenar el mapa de riesgos para intentar atraer capital o abaratar el costo político de una eventual negociación más amplia. Leído así, el gesto de Cossío deja de parecer una salida jurídica madura y se parece más a una oferta de supervivencia.

En resumen, la pregunta correcta no es si existe una fórmula legal para pactar compensaciones. Claro que existe, y existe desde hace años. La pregunta seria es otra: por qué habría que creer hoy en la promesa de pago de un Estado que ha vivido reestructurando deudas, pidiendo aplazamientos, convirtiendo obligaciones en proyectos y acumulando impagos comerciales incluso con socios amigos. Cossío vende la disposición a negociar como si fuera casi equivalente a la capacidad de cumplir. No lo es. En el caso cubano, entre una cosa y la otra hay un abismo de caja, de reputación y de historial.

El dato más brutal que acompaña a todo esto de la compensación, visto párrafos encima, es este: el régimen que jamás quiso democratizar el país sí está dispuesto a hablar de compensación patrimonial, inversión extranjera y apertura de negocios si eso le ayuda a sobrevivir sin tocar el monopolio político.

Es decir: pueden aceptar una apertura económica, incluso vender el país a pedacitos, pero no aceptan una transformación democrática. Y lo que Cossío formula como realismo diplomático encaja demasiado bien con ese diagnóstico.

Johana Tablada

Tablada sostuvo hace cuestión de 30 días, que Cuba vive hoy prácticamente sin combustible por un “cerco petrolero” reciente impuesto desde Estados Unidos. Eso no es cierto en esos términos. Cuba lleva años con problemas estructurales de generación eléctrica, refinerías obsoletas, caída de producción nacional y dependencia de importaciones que no ha podido sostener. Las tensiones con el suministro existen, pero no arrancan “hace dos meses” ni explican por sí solas el colapso energético. Presentarlo así borra años de deterioro previo.

También afirma que el país mantiene niveles de desarrollo humano, mortalidad infantil y esperanza de vida que ahora solo estarían siendo “afectados” por esa presión externa. Sin embargo, los propios datos oficiales muestran un deterioro sostenido de servicios básicos, sistema de salud tensionado y aumento de la pobreza. No es una caída puntual por un evento reciente, es una degradación acumulada.

Dice además que no hay pánico en Cuba y que existe “apoyo mayoritario” al sistema. Esa afirmación choca directamente con la realidad demográfica: más de un millón de cubanos han emigrado en los últimos años, en lo que se considera la mayor salida desde 1959. Si el respaldo fuera el que describe, no se produciría un vaciamiento de esa magnitud, y menos concentrado en población joven.

En la misma línea, insiste en que la crisis es fundamentalmente resultado de medidas externas. Pero omite por completo factores internos: decisiones económicas, diseño del modelo, restricciones al sector privado, dualidad monetaria previa, caída de productividad. Reducir todo a “agresión” no es un análisis, es una simplificación interesada.

Finalmente, presentó la colaboración médica como un programa sin cuestionamientos, voluntario, altruista y beneficioso para todos. Esa es solo una parte del cuadro. Existen denuncias documentadas sobre condiciones laborales, retención de ingresos y control sobre el personal desplegado en el exterior. Ignorar ese debate y presentarlo como unanimidad es, otra vez, una versión incompleta.

No es que todo lo que dice sea falso. Es que selecciona una parte de la realidad y convierte esa parte en explicación total.

Dicho de otro modo: el gran sincericidio del régimen no lo hace Marxlenin cuando habla de heroísmo, Cossío cuando habla de negocios o Tablada cuando afirma que los médicos que van de misión lo hacen porque les gusta salvar vidas. Ahí se ve lo esencial. La discusión no es entre socialismo y bloqueo, como pretende la propaganda oficialista. La discusión real es entre conservación del poder y apertura controlada. El Gobierno cubano no está defendiendo a la población de una amenaza externa para luego devolverle soberanía interna; está intentando conseguir oxígeno externo para sostener su dominio sobre la población. Cossío puede hablar de cooperación en narcotráfico, migración y crimen organizado; puede presentarse como un interlocutor razonable; puede decir que Cuba no quiere vivir eternamente en hostilidad con Estados Unidos. Todo eso puede ser cierto en el plano diplomático. Lo que no cambia es que la democratización sigue fuera de la ecuación que él mismo traza, porque así se lo ha ordenado su amo que haga.

Tanto Marxlenin como Cossío, y también Tablada, necesitan ocultar los errores internos para que su discurso funcione. El modelo cubano lleva años degradándose de forma sostenida. La represión es consustancial al sistema. El deterioro de servicios, salarios y condiciones materiales lleva años también, pero la prioridad del Estado durante todos esos años ha sido seguir controlando antes que reformar; y repetir hasta el cansancio que la presión externa es la culpable, porque les sirve y les funciona para tapar el carácter interno de la catástrofe que ellos mismos han creado a lo largo y ancho del país. En ese mismo patrón encaja la promoción de cuadros como Walter Simón Noris, de quien compañeros de estudio recuerdan que era “lo más ñame de toda el aula, siempre fijándose en las pruebas (…) y hasta a veces los profesores le completaban los exámenes en privado cuando ya era dirigente de la FEEM”, y que, aun así, terminó colocado, con los años, en el cargo más alto del Partido en la provincia de Las Tunas… para durar apenas un año en el puesto.

En el plano moral —y esto es algo que deberían plantearse como importante los periodistas que entrevistan a esta gentuza— Marxlenin habla de solidaridad internacional y de una sola humanidad, pero no tiene una palabra para los presos políticos dentro de su propio país. De hecho, los niega. Ella habla de soberanía, pero no de ciudadanía. Habla de pueblo, pero no de personas concretas a las que el Estado golpea, regula, procesa y silencia. Habla de justicia social, pero no se detiene en la desigualdad feroz que hoy divide a quienes tienen acceso a divisas, remesas o negocios y quienes sobreviven en pesos desfondados. Gente como la no primera dama Lis Cuesta, que tiene a su hijo Manuel Anido “estudiando” en España; o el propio De Cossío, cuyo hijo estudió y ha hecho vida en Estados Unidos, el mismo país al que desde La Habana se responsabiliza de todos los males. No son estas pinceladas, anécdotas aisladas ni un desliz personal: es el reflejo de una élite que condena hacia afuera lo que normaliza puertas adentro, que administra la escasez para otros mientras garantiza salidas para los suyos.

Ambos piden al mundo que no mire solo a Washington, pero ellos mismos trabajan para que nadie mire demasiado hacia adentro. Cossío, por su parte, exige respeto a la autodeterminación de Cuba mientras representa a un aparato que niega a los cubanos el derecho elemental a organizar una oposición legal y competir por el poder.

La propuesta concreta: dejar de entrevistar a estos peleles y entrevistar a la sociedad civil cubana

Entonces, ¿hay que dejar de entrevistarlos? La tentación de responder que sí es comprensible. Hay algo obsceno en ver a portavoces del poder vendiéndose como intérpretes de un sufrimiento que contribuyen a administrar. Hay algo irritante en que tantos medios prefieran su español pulido, su inglés televisivo o su empaque diplomático antes que la voz de quien ha sido arrastrado por el suelo, detenido camino a una protesta o condenado por hablar. Pero quizá la respuesta más útil no sea prohibirles el micrófono, sino dejar de regalárselo. Entrevistarlos, si se les entrevista, con contexto. No como “voces sobre Cuba”, sino como lo que son: funcionarios y apologetas de un poder que lleva décadas hablando por una sociedad a la que no deja hablar libremente.

El problema, cuando se les entrevista —a sabiendas o no de que van a manipular, mentir y representar intereses concretos—, es que muchas veces se les enfoca como analistas, y lo que dicen termina funcionando como espejo de toda una sociedad, y no de lo que realmente representan. El periodismo extranjero falla cuando los invita; y, sobre todo, cuando les concede la dignidad del intérprete sin recordarles la responsabilidad de lo cómplices que son.

Cuando esta gente habla como si todavía administrara un mandato popular nacido en 1959, está usando una legitimidad fósil.

El dato básico es sencillo: quien tenía 18 años cuando entraron en La Habana las columnas rebeldes el 1 de enero de 1959 tendría hoy 85; quien tenía 25 tendría 92; quien tenía 30 tendría 97. En la Cuba real de hoy, la población oficial al cierre de 2024 era de 9.748.007 habitantes y 25,7 % tenía 60 años o más, mientras la edad mediana del país ya ronda los 44,5 años.

Eso quiere decir que la mayoría social del país nació muchísimo después del triunfo revolucionario y no participó ni de aquella guerra, ni de aquella euforia, ni de aquel pacto simbólico fundacional que el castrismo sigue invocando como si fuera un cheque en blanco transmisible por herencia. Un poder no puede seguir presentándose en 2026 como representante natural de una voluntad popular formada hace 67 años, entre otras cosas porque esa voluntad original, incluso suponiendo que hubiera sido homogénea, ya no coincide demográfica ni biográficamente con el país que hoy existe.

Ni siquiera hace falta negar que la Revolución tuvo apoyo popular muy amplio en sus primeros años. Lo tuvo. Lo que no puede hacerse es convertir ese apoyo en una licencia perpetua.

El propio diseño institucional cubano demuestra que el sistema no descansa en una ratificación competitiva y periódica de alternativas políticas, sino en la preservación constitucional del monopolio. La Constitución de 2019 mantiene al Partido Comunista como “fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado”, declara irrevocable el socialismo y deja al presidente de la República elegido por la Asamblea Nacional, no por voto directo y competitivo de la ciudadanía entre opciones plurales. El argumento de que “el pueblo eligió” al sistema queda así reducido a una fórmula propagandística: en Cuba no existe un mecanismo abierto por el cual generaciones nacidas en los años setenta, ochenta, noventa o dos mil hayan podido escoger entre conservar ese modelo o sustituirlo por otro. Lo que hay es continuidad impuesta dentro de un marco de partido único.

Eso vuelve todavía más gastado el recurso retórico que repiten Díaz-Canel, De Cossío y toda la nomenclatura cuando hablan de “no volver atrás” o de “no regresar a la Cuba de antes”.

¿Atrás adónde, exactamente? La mayoría de los cubanos que hoy cargan con salarios pulverizados, apagones, escasez y emigración masiva no vivió la Cuba anterior a 1959. Tampoco necesita que nadie le cuente cómo funciona el mundo exterior como si siguiera atrapada en una cartilla ideológica de 1973.

Entre 2020 y 2024, más de un millón de cubanos emigraron según estimaciones recientes citadas por UNFPA, y el stock de emigrantes cubanos en el exterior llegó a 1.879.613 en 2024, según la base de datos de migración internacional de Naciones Unidas difundida por el Banco Mundial.

Ese dato no describe el total histórico de cubanos que han salido del país desde 1959, sino una fotografía demográfica puntual: personas nacidas en Cuba, vivas y residiendo fuera en ese momento. Por definición, deja fuera a quienes emigraron y murieron, no permite reconstruir la secuencia completa de salidas y retornos a lo largo de más de seis décadas, y depende de censos y registros nacionales con metodologías distintas, lo que introduce rezagos y vacíos, sobre todo en contextos de migración acelerada o irregular como el cubano reciente.

El contraste se vuelve evidente cuando se pone al lado de la última oleada. Fuentes como Reuters y documentos del propio UNFPA sitúan en más de un millón las salidas solo desde 2020, en lo que ya se describe como el mayor éxodo desde 1959. Esa sola cifra, concentrada en apenas cuatro años, evidencia hasta qué punto el indicador internacional no captura la magnitud completa del fenómeno ni permite hacer lecturas acumulativas simples.

En paralelo, convive una cifra mucho más repetida en el discurso político y mediático: la de unos tres millones de cubanos en el exterior, recogida por medios internacionales a partir de declaraciones del coronel Mario Méndez Mayedo, jefe de Identificación, Inmigración y Extranjería en Cuba. Ese número tampoco es directamente comparable con el de la ONU, porque no se limita a nacidos en Cuba censados fuera, sino que apunta a una comunidad ampliada que incluye descendientes nacidos en otros países y personas que se consideran parte de la diáspora.

Entre ambos extremos —la cifra técnica de 1,88 millones, condicionada por sus límites estadísticos, y la de tres millones respaldada desde el propio aparato migratorio cubano— se mueve una realidad que ninguno de los dos números logra abarcar por sí solo: un proceso migratorio sostenido desde 1959, con distintas oleadas a lo largo del tiempo, y acelerado de forma abrupta en los últimos años hasta desbordar las herramientas tradicionales de medición.

Esa red familiar transnacional no solo sostiene materialmente a una parte enorme de la isla: también ha demolido la fábula oficial sobre un capitalismo uniforme de hambre, crimen y explotación total con la que el castrismo educó durante décadas. En casi cada familia cubana hay hoy alguien que vive fuera, envía dinero y describe, desde la experiencia, cómo funcionan otras sociedades. Ese vínculo cotidiano desmonta el relato oficial de que el pueblo apoya la Revolución: miles de hogares dependen de remesas para sostener lo básico, y sin ese flujo externo difícilmente podrían siquiera sostener la vida, mucho menos cualquier adhesión política.

No se puede afirmar con precisión cuántos cubanos sobreviven gracias a las remesas que provienen del exterior, pero las mejores aproximaciones recientes apuntan a que al menos unos 2,3 millones de cubanos viven en hogares receptores de remesas, y que en 2025 ya el 37 % de los hogares del país recibía algún tipo de remesa.

Estas son apenas aproximaciones, pero bastante reveladoras. Son personas que comprenden perfectamente bien que no es la Revolución la que los apoya o sostiene, sino los emigrados; y eso confirma algo importante: la dependencia está muy extendida y afecta a una fracción grande del país. Son hogares donde las remesas funcionan como tabla de salvación material.

Así y todo, con estas cifras que desnudan cualquier discurso, la propaganda oficial insiste en hablarle al país como si siguiera habitado por una masa políticamente tutelable, con memoria de la Sierra y miedo reverencial al enemigo histórico que, para colmo, reside fuera y manda remesas.

Sin embargo, la estructura social de la isla hace tiempo cambió. Cuba perdió más de 1,4 millones de habitantes entre 2020 y 2024, según la propia ONEI, y solo entre 2023 y 2024 el descenso fue de 307.961 personas, de las cuales 251.221 correspondieron al saldo migratorio negativo.

Esa sangría no la protagonizan los veteranos de 1959, sino la población en edad laboral, reproductiva y productiva. El país que queda dentro envejece y se vacía; el país que se va es el que trabaja, empuja, inventa, estudia, programa, emprende, compara, discute y no compra ya con la misma facilidad la épica estatal.

Cuando De Cossío, Tablada o Marxlenin recurren al viejo libreto del sacrificio soberano y del asedio permanente, hablan desde el museo ideológico del poder, no desde la experiencia concreta de una generación cubana que hoy aspira, antes que nada, a algo mucho más elemental: comer, moverse, tener electricidad, ahorrar, planificar la vida y sentir que el esfuerzo propio conduce a alguna parte. Hablan como si el país siguiera respondiendo a consignas, sin detenerse en las cifras que no dejan de crecer: las de quienes se van y las de quienes se mueren.

Tampoco parecen registrar otra realidad igual de visible en las cifras: el país está envejeciendo y nacen cada vez menos cubanos. En 2024 se reportaron alrededor de 71.000 nacimientos, la cifra más baja en décadas, y muy por debajo de años anteriores. A eso se suma una fecundidad en torno a 1,14 hijos por mujer, según la Encuesta Nacional de Fecundidad, muy lejos del nivel de reemplazo. En paralelo, la población total sigue cayendo y una proporción creciente supera los 60 años, mientras los que emigran son, en su mayoría, jóvenes en edad laboral.

Ese cuadro demográfico no es neutro: está atravesado por decisiones materiales. Los datos oficiales recogen una caída sostenida de matrimonios —67.315 en 2024 frente a más de 90.000 apenas dos años antes— y la persistencia de divorcios, en un contexto donde formar un hogar propio depende de condiciones cada vez más difíciles de sostener. La vivienda insuficiente, los bajos ingresos y la incertidumbre económica aparecen de forma reiterada como factores que condicionan la vida familiar.

No es que exista una estadística que diga que la mayoría se niega a tener hijos, pero sí hay evidencia clara de una tendencia: cada vez más cubanos postergan o reducen sus proyectos familiares. Tener hijos, sostener pareja o asumir dependientes se ha convertido en una decisión atravesada por el cálculo económico. En un país donde sobrevivir ya es complejo para una sola persona, la formación de una familia deja de ser un horizonte natural y pasa a ser, para muchos, una carga difícil de asumir.

Por todo lo anteriormente explicado, conviene no dejar pasar el truco verbal cuando individuos como estos presentan la continuidad del sistema como si fuera la continuidad de la nación. No lo es. La nación cubana de 2026 está repartida entre una isla envejecida y una diáspora gigantesca; entre jóvenes que crecieron con internet, con familiares fuera, con referentes comparativos y con acceso, aunque sea fragmentario, a otra información; entre ciudadanos que no participaron del mito original y a los que nadie les ha dado una vía libre, plural y real para refrendarlo o rechazarlo.

El régimen sigue invocando una legitimidad de origen; el problema es que un poder que no se somete a competencia auténtica acaba viviendo de rentas históricas cada vez más viejas y cada vez menos representativas.

En ese punto, entrevistar a sus portavoces como si hablaran en nombre del pueblo cubano ya no es solo un error de enfoque: es aceptar que una generación gobernante, y luego sus herederos políticos, sigan apropiándose del consentimiento de gente que nunca pudo otorgarlo en condiciones libres.

Existe, además, una última cosa que conviene decir sin suavizantes. El castrismo habla del pasado porque el presente lo condena. Si su legitimidad dependiera de la Cuba realmente existente, tendría que defender hospitales sin insumos, salarios sin valor, pensiones de miseria, campos improductivos, una natalidad hundida, un país que envejece a velocidad récord y una emigración que se lleva justamente a quienes deberían estar sosteniendo la vida económica y social del país.

No es casual, por ello, que, para atrincherarse, vuelvan una y otra vez a 1959 o a Batista. Lo hacen porque les resulta mucho más útil discutir con fantasmas que con el cubano de hoy. Ese cubano no está pidiendo reeditar la república prerrevolucionaria. Está pidiendo algo bastante más elemental: vivir en un país normal, con derechos, con opciones y con la posibilidad de cambiar a sus gobernantes sin que eso se considere traición a la Patria.

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