Reportan robo en un comedor para niños en Santiago de Cuba

En Santiago de Cuba, donde el castrismo lleva décadas sin garantizar alimentación digna a su propia población, un grupo de ladrones irrumpió en el comedor comunitario de la parroquia San José Obrero y se llevó los utensilios con que una anciana cocinaba el arroz de cada jornada para los niños del barrio, una escena que resume en un solo golpe todo el colapso moral y social que la dictadura construyó en 67 años de desidia.

El sacerdote Leandro NaunHung, párroco de la comunidad, lo denunció públicamente en sus redes sociales, con el testimonio directo de la señora que elabora los alimentos, una mujer de edad avanzada que explicó cómo ocurrió todo.

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Foto: Captura de Facebook

“Lo dejé detrás en la casa pero nunca en la vida se habían metido, porque pensábamos que estaba bien cerrado, pero saltaron la cerca”, relató, mientras el sacerdote escuchaba y le preguntaba si aquello podía considerarse un sabotaje deliberado al comedor, y la mujer respondió sin dudar: “Así mismo, Padre.”

Lo que se llevaron y lo que dejaron atrás

Los ladrones saltaron la cerca de la propiedad en horas en que nadie vigilaba y se marcharon con dos palanganas, un recipiente grande destinado al almacenamiento de agua potable y el caldero en el que se preparaba el arroz para los pequeños del barrio, un bien tan escaso en Santiago de Cuba como cualquier otro insumo básico que la dictadura lleva años sin poder garantizar a su población.

Pese al golpe, NaunHung no perdió la compostura y buscó sostener el ánimo con la misma determinación con que enfrenta cada carencia: “Vamos a conseguir otro caldero, no es fácil”, dijo.

Un sacerdote que hace lo que el régimen no hace

El padre NaunHung opera desde las comunidades rurales de Santiago de Cuba, territorios donde la ausencia del aparato estatal no es una abstracción sino una realidad que se mide en hambre, en falta de servicios y en la soledad de quienes esperan una respuesta que nunca llega.

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Captura de Facebook:

El comedor comunitario que los represores del régimen no construyeron, el sacerdote lo levantó con donaciones de antiguos feligreses que viven en el extranjero y con el trabajo voluntario de personas tan humildes como la anciana que cada día enciende el fogón, y esa red de solidaridad informal es exactamente lo que los sicarios del castrismo nunca pudieron ni quisieron construir porque un pueblo alimentado es un pueblo que pierde el miedo y la dependencia.

Santiago de Cuba, provincia en llamas que el régimen no apaga

El robo al comedor infantil no ocurre en el vacío, sino en el contexto de una crisis de seguridad pública que los propios datos de los observadores independientes hacen imposible negar, aunque la dictadura insista en sus discursos oficiales en que la criminalidad tiende a reducirse, una afirmación que ningún habitante de Santiago de Cuba puede sostener con la realidad que vive cada jornada.

En todo 2025 el Observatorio Cubano de Auditoría Ciudadana documentó 2.833 delitos verificados en la isla, un incremento del 115% respecto a 2024, con los robos como la categoría más extendida: 1.536 casos registrados a lo largo del año, y Santiago de Cuba entre las cuatro provincias con mayor número de incidentes, con 323 delitos contabilizados.

Los analistas advierten que esas cifras representan una fracción del total real, porque el miedo y la desconfianza desincentivan la mayoría de las denuncias antes de que lleguen a ningún registro.

En Santiago de Cuba, se padece en carne propia todo el desastre provocado por el régimen, mientras estos celebran reuniones sobre estrategias de enfrentamiento al delito que no cambian absolutamente nada para la anciana que perdió su caldero, ni para los niños que esperan que alguien lo reponga.

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El contraste resulta tan marcado como inocultable: un régimen represor frente a la oposición, completamente ausente frente al crimen, con la ciudadanía de Santiago de Cuba atrapada en una doble inseguridad, la del delincuente que salta la cerca y la del aparato represivo que decide a quién proteger y a quién ignorar. Lo que le robaron al comedor del padre NaunHung no fue solo un caldero, fue una jornada de comida para niños que la dictadura lleva décadas sin alimentar.

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