Esta ciberclaria oficialista y exreportera del Granma no solo confiesa sentirse engañada tras confirmarse diálogo entre La Habana y Washington, sino que incluso tuvo un cortocircuito cerebral al ver al nieto de Raúl Castro ayer, en la conferencia de prensa ofrecida por Díaz-Canel.
La política cubana ha vivido siempre entre la épica del discurso público y el pragmatismo de los pasillos cerrados. Durante décadas, el guion oficial dictaba que con el “imperialismo” no había nada que hablar, que Cuba era un eterno Baraguá y que cualquier intento de acercamiento era una traición a la memoria de los “padres fundadores”. Sin embargo, el reciente reconocimiento de Miguel Díaz-Canel sobre la existencia de diálogos directos con la administración estadounidense ha provocado un cortocircuito en las bases más rancias del oficialismo. El síntoma más visible de este trauma ideológico ha quedado registrado en un intercambio de Facebook entre el periodista oficialista Francisco Rodríguez Cruz, conocido como “Paquito el de Cuba”, y la exreportera de Granma, y actual ciberclaria oficialista, Ana Ivis Galán García.
El cinismo como escudo: El post de Paquito
Francisco Rodríguez Cruz ha sabido navegar las aguas del oficialismo con una mezcla de activismo institucional y un cinismo que a menudo roza lo grotesco. Ha sabido incluso, siendo militante del Partido Comunista de Cuba, PCC, escapar de una sanción al serle descubierto su afición por pedirle recargas al “enemigo” radicado en el extranjero.
En su reciente publicación, Paquito intenta posar de “insider”, de hombre informado que guardaba el secreto de Estado mientras el resto del país vivía en la incertidumbre.
“¿Vieron por qué no podía decirles? A mí me toca negociar el uso del condón…”, escribió en un fondo amarillo, usando una metáfora sexual que en el contexto cubano actual resulta casi una burla cruel.

La mención al condón no es gratuita. En una isla donde la escasez de insumos médicos básicos es absoluta, bromear con métodos de barrera es recordarles a los cubanos que ni siquiera para el placer o la salud sexual el Estado garantiza lo mínimo. Pero hay una lectura más ácida en su chiste: la idea de que “si se hubiese usado un condón, ciertas anomalías “políticas” se habrían evitado”. Paquito juega a ser el bufón de la corte que, entre chistes de doble sentido, intenta normalizar lo que para muchos defensores del régimen es una derrota ideológica: el hecho de que La Habana se haya sentado a la mesa con el “enemigo” que tanto juraron combatir.
La anatomía de una “Ciberclaria”: El caso de Ana Ivis Galán
Es en los comentarios, sin embargo, donde la trama se vuelve reveladora.
Ahí, entre muchos, apareció Ana Ivis Galán García, una figura que en los pasillos del diario Granma y la Agencia Cubana de Noticias (ACN) es recordada más por su limitada capacidad de redacción que por su agudeza periodística, estalló en una confesión de vulnerabilidad.
Galán, actualmente, representa perfectamente el concepto de ciberclaria: ese usuario, real o ficticio, que dedica sus horas a patrullar las redes sociales para defender los dogmas del Partido Comunista de Cuba, a menudo recurriendo a consignas vacías para compensar una evidente falta de rigor intelectual; o intentando explicar la actualidad como si viviésemos aún en los años 70´ del pasado siglo. O de los 80´.
Ana Ivis, quien tras una gris carrera periodística ahora se dedica a gestionar una escuela de manejo privada junto a su esposo, ha sido una de las voces más estridentes en la defensa del “legado de Fidel”. Su decepción, ahora, no nace de un súbito amor por la democracia, sino del sentimiento de traición que experimenta el soldado que descubre que sus generales estaban negociando con el bando contrario mientras él seguía en la trinchera disparando.
“Me siento engañada. No se confió en nosotros”, escribió, evidenciando que el aparato de propaganda olvidó enviarles el nuevo manual de instrucciones antes de hacer pública la noticia.
Una oración más adelante, el comentario de Galán García escaló hacia un terreno peligroso para un oficialista: el cuestionamiento del nepotismo y las designaciones a dedo; muy típico del sistema totalitarista que ella durante décadas ha defendido y que, a pesar de las evidencias, esas que le comen y le queman los ojos, ella insiste en defender como lo ideal, correcto y perfecto. Cuando tienes pocas luces y pocas neuronas, suelen pasar esas cosas; y Ana Ivis es el ejemplo perfecto.
Al preguntar “cómo de repente este muchacho es parte del Buró Político” y quién lo designó, si “el abuelo o la dirección del país”, la experiodista apunta directamente a Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido como “El Cangrejo”, pero sin atreverse a mencionarlo por su nombre; ni siquiera por las filias.

El nieto de Raúl Castro, jefe de su escolta personal y figura omnipresente en el círculo íntimo del poder, es el nombre que circula en los mentideros políticos como el emisario clave en las conversaciones con figuras de la política estadounidense, incluido el senador Marco Rubio. Ella lo ve ahí sentado, se pregunta por qué está ahí pero, su intelecto no le da para entender que “El Cangrejo” está ahí, porque el sistema que ella defiende es una dictadura totalitarista; tal vez no como ella pueda entender el término DICTADURA, pero es un sistema que premia a los hijos y a los adalides del sistema como Paquito, precisamente. Que “evolucionó” de ser un cuestionador del poder como lo era en el año 2016, a ser un lamebotas de Díaz-Canel y Lis Cuesta, más revolucionario que nadie, y agradecido eterno por habérsele dado el puesto de Vicepresidente de la Unión de Periodistas de Cuba.
Pero volvamos a Ana Ibis, que es el ejemplo perfecto del periodista cubano oficialista; ese que a diario te engaña cuando escribe en un diario o cuando reporta para la televisión.
Para una ciberclaria que ha repetido hasta el cansancio que en Cuba manda el “pueblo”, descubrir que el destino del país se decide en conversaciones secretas lideradas por el nieto del antiguo dictador, que ni siquiera ostenta un cargo oficial, y de quien solo se conoce que protege a Raúl cuando viaja (haciendo el ridículo incluso, como lo hizo en Francia); y que es un fan bailador del Reguetón y el Reparto, es un golpe de realidad difícil de procesar. El uso del refrán “el olmo no da peras, pero tampoco tontos” expresado por Galán, es el grito de quien se siente utilizado como carne de cañón digital mientras la verdadera política —la de los intereses económicos y la supervivencia del clan— ocurre no solo a sus espaldas, sino también sin importarle para nada lo que ella y millones de cubanos piensen, crean o quieran.
¡Ese es el sistema que Ana Ivis Galán defiende! Y como es el que le gusta, pues que se chupe el caramelito, con su palito incluido.

Lo gracioso —y doloroso, si se quiere, y si uno se pone en las botas de los demás— es que recientemente, mientras Trump y Rubio se desgañitaban afirmando que sí, que se estaba conversando, la retórica oficialista recurrió al fantasma del “Zanjonero”. Durante décadas, todo aquel que sugiriera diálogo, reforma o apertura era tildado de traidor, de alguien que buscaba una paz sin independencia.
Cuando a inicios del 2000´ se recogieron diez mil firmas para transformar la Constitución en Cuba, el sistema totalitario perfeccionó su técnica de asfixia contra la voluntad popular. Aquella iniciativa ciudadana, conocida como el Proyecto Varela y liderada por Oswaldo Payá Sardiñas, buscaba ampararse en la propia legalidad vigente para exigir libertades básicas y amnistía.
Sin embargo, en lugar de procesar el reclamo legítimo de miles de cubanos, Fidel Castro respondió con un contragolpe autoritario que declaró el socialismo como “irrevocable”, enterrando por decreto cualquier esperanza de reforma desde la base. Esa es la misma escuela de simulación en la que se mueven hoy personajes como Ana Ivis Galán; un escenario hecho a la medida para que mediadores dóciles, entre favores y privilegios, mantengan la fachada de una apertura que nunca llega a concretarse.
Durante los últimos meses se vendió la idea de que Cuba, a diferencia de Venezuela o de los antiguos países del bloque del Este, jamás cedería en sus principios ante Washington. Ana Ivis Galán y otros como ella compraron esa mercancía dañada. Creyeron que el “socialismo o muerte” era una política de Estado y no una simple herramienta de control social.
Ahora, cuando Díaz-Canel admite que el diálogo es real y necesario para la supervivencia de la casta en el poder —no para beneficio del pueblo y esta es una diferencia sustancial que tiene que acabar de entenderse, sobre todo Galán—, los defensores del modelo, como ella, quedan desubicados. Se dan cuenta de que el sistema totalitario al que sirven no premia la lealtad ni la inteligencia, sino la obediencia ciega. En un sistema donde el secretismo es la norma, las “clarias” como Ana Ivis Galán son siempre las últimas en enterarse de que el guion ha cambiado. Su función es defender la pared blanca cuando el partido dice que es blanca, y defenderla negra al segundo siguiente sin hacer preguntas, como Jorge Legañoa. La queja de Ana Ivis es la falla en el sistema: el momento en que el peón intenta entender el juego del ajedrecista.
La decepción confesada por Ana Ivis Galán García es la crónica de una muerte anunciada. Los regímenes totalitarios no tienen amigos, solo intereses. Cuando el “enemigo” se vuelve un interlocutor necesario para evitar el colapso total, las figuras como Galán y Jorge Perugorría —que a diferencia de Ana Ivis es tronco de vividor— que han basado su identidad digital en el odio al imperialismo, se vuelven desechables o, peor aún, ridículas. Mientras Paquito intenta disfrazar la claudicación con bromas sobre condones y sexo, los defensores más rígidos se quedan con la brocha en la mano y la escalera retirada.
La verdadera tragedia de la ciberclaria no es que le mientan —eso lo hacen a diario—, sino darse cuenta de que para la cúpula que defienden, sus sentimientos, sus sacrificios mediocres en redes sociales y su lealtad absoluta valen menos que una concesión menor en una mesa de negociaciones en Washington.
Al final, el sistema les ha demostrado que, en efecto, “el olmo no da peras”, y que ellos, a pesar de sus esfuerzos por parecer intelectuales, han sido los tontos útiles de una trama que nunca los incluyó en el reparto principal.