
Progreso Semanal.- SANCTI SPÍRITUS. Acostumbrada a vivir en la ciudad —para los campesinos del Escambray, el asfalto— se nota en mi rostro el deslumbramiento. Arturo González, uno de los arrieros más viejos de las lomas de Fomento, lo sabe al instante.
Al punto en que una vecina desenfadada, de esas que allá arriba se dan como las guásimas, me advierte: “Si tú lo que quieres es saber cómo vivimos, yo te aconsejo que la próxima vez no vengas en un carro directo sino por tus propios medios, cogiendo botella (auto stop) desde Trinidad. Ya cuando llegues aquí, te cuento”.
La suya, como la de Arturo, es una lógica aplastante: una cosa es recorrer un día los más de 20 kilómetros que separan la cabecera municipal de la comunidad de Condado, y otra muy diferente es quedarse a vivir donde, como dicen sus propios habitantes, el diablo dio las tres voces y nadie lo oyó.
“Aquí se está de maravillas, lo único malo es que las gestiones se nos complican porque todo queda lejos”, resume a su manera Violeta Puentes, una ama de casa que ha oído hablar del Plan Turquino, llega incluso a explicar que es un programa para la atención diferenciada de las comunidades montañosas y de difícil acceso, pero que no sabría decir a ciencia cierta cuánto la favorece.
Además de la cuota diferenciada (de abastecimientos racionados) que reciben por vivir en zonas del llamado Plan Turquino, los montañeses se benefician casi sin percatarse de una política socioeconómica que comenzó oficialmente el 2 de junio de 1987 y cuya pretensión ha sido desde entonces impulsar el desarrollo global de los macizos cubanos, para lo cual atiende varias esferas: desde el punto de vista económico, fomenta los cultivos, en particular el café, el cacao, así como la cría de ganado; para garantizar el cuidado del Medio Ambiente, prioriza la atención a las áreas protegidas y prohíbe el uso masivo de fertilizantes químicos; en lo social, se interesa tanto por las estructuras de salud, educación, la construcción de viviendas y su electrificación, como por la garantía de instituciones culturales y espacios recreativos para mejorar la calidad de vida de los habitantes del lomerío.
Así consta en los documentos rectores del programa, que apenas han sufrido modificaciones hasta hoy y cuya actualización más reciente data de 2014, por el Decreto 329 del Consejo de Ministros.
Así consta también en las actas de reuniones de la comisión del Plan Turquino en Sancti Spíritus, una instancia cuyos integrantes —aunque los montañeses en ocasiones no lo crean— se baten a brazo partido por la región, que abarca unos 1 130 kilómetros cuadrados, 64 asentamientos de cuatro municipios (Yaguajay, Fomento, Trinidad y Sancti Spíritus) y poco más de 27 000 habitantes.
Pero que conste en por cuantos y por tantos no garantiza que la prioridad pise efectivamente el surco. Bien lo saben los propios delegados del Poder Popular que, montaña arriba, pierden los pies detrás del médico que falta en el consultorio, de los productos liberados que no suben las empinadas cuestas desde cabecera municipal o de la pieza que falta al camión y dejó a media comunidad a la deriva en la parada.
Y eso que los guajiros no piden mucho. De ello da fe Eugenio Díaz, uno de los delegados del consejo popular de El Pedrero, en Fomento, que ha echado pie en tierra para solucionar demandas históricas de la zona, pero ni así ha conseguido un carro que permanezca de madrugada en Gavilanes, por si las moscas.
“Hace unos años tuvimos una ambulancia —cuenta—, pero con el reordenamiento de Salud se la llevaron y hoy dependemos de que vengan desde el pueblo a buscar los casos de urgencia; ese mismo transporte sirve al resto del municipio, por tanto, si cuando se necesita aquí está en otra comunidad, los enfermos de Gavilanes tienen que esperar o bajar al llano por sus medios”.
La reestructuración de la atención primaria de Salud, que implicó la suspensión del servicio en consultorios y el posterior reacomodo en policlínicos y hospitales rurales, por un lado; y el cierre de varias escuelas, que obliga a los niños a recorrer largas distancias para recibir las clases, por otro, son dos medidas con las que los montañeses no están precisamente conformes.
“Imagínese, no es lo mismo cruzarle la carretera a la niña para que vaya a la escuela, que subirla en la grupa del caballo y tirar cinco o seis kilómetros por el medio del monte —se lamenta Caridad Herrera—. Y de regreso, amarrarse a recoger café”.
Aunque difieren en cuanto a la topografía del terreno —lomas más o menos escabrosas—, en algo sí coinciden las comunidades espirituanas bajo la tutela del Plan Turquino: las demandas de la gente.
Mejoras en los caminos, que con los aguaceros de mayo se ponen intransitables; mayor estabilidad en las ofertas de la red minorista de comercio y gastronomía; flexibilización en la política tributaria para quienes se aventuran al trabajo por cuenta propia en aquellos lares, donde obviamente es menor la demanda; y un larguísimo etcétera de necesidades vienen engrosando la lista de planteamientos de los serranos que, poco a poco, las autoridades gubernamentales han tenido en cuenta.
Para no dejar a la buena de Dios la solución de los problemas —lo que los funcionarios llaman “darles seguimiento”—, el gobierno provincial viene implementando desde 2014 una estrategia de trabajo que, paralela al Plan Turquino, pretende reanimar las comunidades con el concurso de las empresas, las instituciones y los propios vecinos.
Más de 100 asentamientos rurales —no solo de la montaña— se han beneficiado hasta hoy con esta suerte de cruzada que llega eliminando zonas de bajo voltaje eléctrico, pintando paredes desconchadas, arreglando desagües tupidos, despabilando el letargo del campo con galas artísticas y que termina, invariablemente, con la opinión de un guajiro inconforme: “Vamos a ver ahora cuándo nos toca la segunda vuelta”.
Semejante expresión de escepticismo se entiende, porque no basta con trazar desde el llano las políticas de desarrollo del lomerío y ajustar presupuestos.
El tratamiento diferenciado hacia estas zonas, también en materia social, no puede quedar en la letra muerta de un decreto, o se corre el riesgo de que los lugareños bajen despavoridos de las serranías “como perro que tumbó la lata”, por más acostumbrados que estén a montar a caballo sin aparejos, a disfrutar del aire filtrado por las ceibas, a salpicar las noches con cuentos de aparecidos y a romper monte a punta de machete.
Todos bajarían menos Alipio Méndez, un campesino de pocas palabras que en 1958 compartió su casa de Manaca Ranzola con las tropas del Che y que hace algún tiempo resumió como nadie el apego al terruño con un argumento tan ingenuo como irrebatible:
¿Y si ahora mismo le buscamos una casita en la ciudad?
“De eso nada; en estas lomas nací y de aquí solo me sacan con los pies por delante del cuerpo”.
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