Diario de Cuba.-De los filmes cubanos exhibidos durante el 37mo Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, el más alejado en el tiempo de nuestro presente es Cuba libre, tercer largometraje de Jorge Luis Sánchez (El Benny, Irremediablemente juntos). A la vez, quizás es el que más nos obliga a pensar en nuestra realidad actual.
Cuba libre, que tras participar en el Festival de Cine se exhibe desde el 17 de diciembre en el cine Yara, se ubica al final de la “guerra necesaria”, cuando el Ejército Libertador tenía prácticamente ganada la contienda contra España, y Estados Unidos interviene para “ayudar” a los mambises. Sabemos qué vino luego y en qué se convirtió la ayuda. La “Cuba libre” a que aspiraban quienes lucharon por la independencia quedó reducida a un trago con el mismo nombre.
Le escuché decir a un profesor de guión una vez que si al final de una película de lo que hablaban los espectadores era de la fotografía, la edición y la música, la historia era “una mierda”. Palabras textuales. Por eso, para hacerle justicia a Cuba libre, hablaré justamente de la historia que nos cuenta el filme.
A pesar de tratarse de un episodio conocido y repetido hasta la saciedad, en la escuela y fuera de esta, para recordarnos que los Estados Unidos fueron, han sido y siempre ¿serán? nuestros enemigos, Jorge Luis Sánchez logra atrapar la atención del público, involucrarnos, hacernos vivir aquella frustración nacional como no puede hacerlo ninguna clase de historia ni discurso político.
Esta no es una película épica, llena de hazañas heroicas por parte de los mambises. Aunque en la historia ellos fueron los protagonistas, en Cuba libre lo son los adolescentes Samuel (Christian Sánchez) y Simón (Alejandro Guerrero). Es a través de su mirada, de sus vivencias y la forma en que son manipulados y quedan enredados por la historia, que vemos el conflicto. Pero ojo, no se trata de un par de niños inocentes, o en todo caso lo son, además de mezquinos en ocasiones, capaces de robar, mentir y adular, según la conveniencia del momento. Hablamos de personajes muy humanos, llenos de matices, y justamente sus interpretaciones están entre las cosas que hacen este filme digno de ver.
Ya que hablamos de actuaciones, basta mencionar a un par de los actores que completan el elenco: Isabel Santos (la maestra) y Manuel Porto (el cura), para imaginar la calidad del trabajo actoral en el filme. No se puede obviar al sueco Jo Adrian Haavind, quien interpreta al coronel norteamericano. No fue posible contar con un actor de ese país debido a las regulaciones del embargo.
Y aunque de lo que se debe hablar al final de un filme, al menos en primera instancia, según aquel profesor de guión, es de la historia que nos cuenta, sería injusto dejar de mencionar la fotografía de Rafael Solís y la reconstrucción de la época, que en Cuba libre juegan un importante papel.
Desgraciadamente, algunos momentos resultan innecesariamente didácticos, como la escena en que un oficial norteamericano sirve vino a sus coterráneos y habla de las virtudes del pueblo cubano. Algunas escenas de grupos, tanto de los que regresan de la guerra, como de los hambreados que imploran comida, se ven forzadas y poco creíbles.
Sin embargo, nada de esto impide que el filme llegue a donde el realizador se proponía: al cerebro del espectador. En una entrevista concedida a Reynaldo Lastre, Jorge Luis Sánchez planteó que “la finalidad de una película no son los festivales, sino el cerebro del espectador”. Esta es una película que hace pensar no solo en el pasado, sino en el presente.
Cuando Jorge Luis Sánchez escribió su guión, en 1998, no podía imaginar que Cuba libre se estrenaría un año después de que Cuba y Estados Unidos reestablecieran relaciones diplomáticas, en medio de las negociaciones que tienen lugar entre ambos países.
Como entonces, el pueblo cubano corre el riesgo de quedar como simple espectador mientras los poderosos negocian entre ellos. Ahora no hay ningún poder español; es la elite política que ha gobernado el país por décadas, ilegalizando y reprimiendo cualquier intento de oposición pacífica, la que negocia con el gobierno norteamericano, y se empeña en dejar fuera de la ecuación cuestiones elementales de derechos de los ciudadanos cubanos.
Es inevitable pensar en el presente del país cuando ves en el filme cómo desde entonces el “bloqueo norteamericano” empezó a ser un conveniente pretexto para la escasez y alza de precios; lo rápido que algunos cubanos otrora fieles a España, se avinieron a la ocupación norteamericana, siempre que esta respetara sus intereses; cómo hasta los más intransigentes terminan por ceder y aplaudir la colocación de la Estatua de la Libertad en un pedestal.