No son médicos pero pretenden serlo, no usan medicinas, todo lo curan con el agua, así son estos cubanos, su fe en el vital líquido es tan grande que la usan para calmar dolores y casi cualquier enfermedad.
Un reportaje de Univisión relata lo visto en la Sierra del Infierno en Pinar del Río, donde varias familias de estos cubanos “acuáticos” viven al margen de la revolución, como olvidados, pero a ellos no parece importarles.
Se cuenta la historia de Juanito, un cubano de 82 años que sufre dolores en los riñones y que al parecer, el agua se los calma.
“Él yace en una cama sin sábanas y le pide a su esposa, Victoria, que lo ayude a incorporarse. Victoria levanta una palangana llena de agua y se la coloca en las piernas. Juanito mete sus dos manos en el agua, cierra los ojos y balbucea algo que no se entiende, como un rezo. Luego carga sus manos con agua y se la echa encima, en la cabeza, en la espalda, en casi todo el cuerpo. Coge el trapo y se lo pasa mojado por la zona de los riñones, donde más dolor tiene, y vuelve a acostarse”.
Juanito nación en 1935 en los Cayos de San Felipe, desde que nació fue un niño enfermizo. Sus padres vendieron prácticamente lo poco que tenían para que los médicos vieran a Juanito pero este nunca se curó de sus males.
Los galenos le habían dicho a los padres de Juanita que sólo le quedaban unos pocos días de vida ya que sus pulmones no terminaron de formarse en el embarazo, pero todo cambió el 8 de enero de 1936, cuando comenzó la la historia de Antoñica Izquierdo y los acuáticos en los Cayos San Felipe.
La historia
Ese día la señora Antoñica, madre de siete, cayó en un hoyo de desesperación e impotencia cuando a su hijo menor de dos años comenzaron a atacarlo fiebres altísimas.
La familia no tenía dinero para acudir a la consulta de un doctor. Antoñica le imploró a Dios que la ayudara y horas después le dijo a su marido:
“La virgen María me ha hablado, me ha dicho cómo salvar a nuestro hijo”.
Antoñica desnudó al niño y se lo llevó a un arroyo cercano. Lo bañó en el agua y pidiéndole a la Virgen y de regreso a la casa, las fiebres del niño desaparecieron.

La historia, contada desde el misticismo, recoge que luego la señora Izquierdo tendría otra aparición en casa y diría ante su altar.
“La Virgen María me ha designado protectora de los infelices de la tierra, para ayudarlos y curarlos sin interés alguno, sin cobrarles ni siquiera un centavo, sin medicinas, y solo con agua”.
Eso terminó ocurriendo entre 1936 y 1939: los peregrinos comenzaron a acudir en masa a los Cayos San Felipe, a la casa de Antoñica Izquierdo, la mujer que curaba con agua.
Un par de semanas antes de caer en cama, Juanito trabajaba en el campo, descalzo, con un sombrero ancho de guano y con un pantalón y camisa verdeolivo de miliciano.
“Yo estuve a punto de morir cuando era un niño y Antoñica me curó, los médicos no me dieron esperanza de vida y mírame aquí hoy 80 años después”, decía Juanito
En 1937, los padres de Juanito acudieron a la casa de la señora Izquierdo, donde día y noche había una larga fila de personas esperando para curarse con agua.
“Mis padres me dijeron que ella me miró fijo y les dijo: no le den más medicina a este niño, báñenlo durante nueve días en agua de manantial”, cuenta.
Los padres de Juanito habían hecho una promesa: si la curandera salvaba al niño con agua, ellos no pondrían los pies nunca más en una consulta médica.

Después de los baños, Juanito se curó y se volvió una persona saludable. Su padre murió a los 92, su madre a los 93, después de 60 años en los que solo el agua fue su medicina. Se convirtieron así, en una de las primeras familias acuáticas que existió.
A finales de la década del treinta del siglo pasado, Antoñica fue desalojada de su hogar y enjuiciada por la muerte de hombre que apareció en estado de putrefacción junto a un arroyo.
“Prefiero que me digan asesina, antes que digan que Dios no cura y que no hace milagros a través de mi persona”, dijo Antoñica en el juicio oral
La curandera quedó absuelta y regresó a su casa de guano y ayudó a quienes acudieron ante ella. Pero su figura se volvió motivo de encono entre políticos y representantes de la sociedad civil.
Por esta razón, Antoñica pidió a sus fieles que quemaran sus cédulas de identidad, que abandonaran cualquier filiación política o social, que echaran a la basura las medicinas y nunca más acudieran a un hospital, que los niños no fueran a las escuelas a estudiar y los adultos no acudieran a los centros laborales.
Así, a partir de ese momento, ella pasaría a ser su guía y protectora espiritual, amén de velar por la salud de todos ellos con los poderes curativos del agua.
Pero la zona de los Cayos San Felipe donde vivía Antoñica y donde empezaron a asentarse los primeros acuáticos pertenecía a un senador, que los expulsó de sus tierras. Muchos acuáticos murieron enfrentando a las fuerzas del senador, otros pudieron emigrar.
Antoñica fue apresada y enviada a Mazorra, un centro de atención psiquiátrica en La Habana del que más nunca pudo salir y donde murió en 1945.
Al margen de la revolución
Pasaron los años y en 1959 Fidel Castro y los barbudos tomaron el poder. Los acuáticos siguieron sin querer saber absolutamente nada de los políticos y sus instituciones.
La Sierra del Infierno y los acuáticos se volvieron, junto a la base militar norteamericana asentada en la provincia de Guantánamo, uno de los dos únicos territorios dentro de los límites de la isla que la revolución cubana no pudo allanar.

Setenta y dos años después de la muerte de Antoñica Izquierdo, las familias acuáticas no acuden a consultas médicas ni a hospitales porque se curan con agua en sus casas. Siguen desligados de todo lo institucional relacionado con el Estado cubano: no portan carnet de identidad ni pertenecen a ninguna organización y la mayoría de los niños no van a la escuela.
Ni la revolución cubana con sus programas educativos y sociales ha logrado sacar del aislamiento a los que han decidido ser acuáticos.
Después de emigrar de los Cayos San Felipe y asentarse en la Sierra del Infierno, la comunidad de acuáticos llegó a ser de 27 familias. Hoy, quedan ocho casas que pertenecen a dos familias. En el pueblo de Viñales también hay acuáticos, pero estos decidieron abandonar la vida en la montaña y mantener la creencia en el llano.
Otros se alejaron mucho más de la Sierra del Infierno e instauraron una nueva comunidad en la provincia de Artemisa, en la zona rural del municipio de San Cristóbal, que llegó a ser la de mayor población con 1,000 acuáticos. Hoy quedan 70 familias y son alrededor de 200 personas.
Redacción Cubanos por el Mundo