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Los cubanos del Pan con Bistec: el privilegio de los que vendieron su alma sin saberlo

Mientras algunos emigrantes negocian su regreso a Cuba con maleta de dólares, periodistas como José Luis Tan Estrada sobreviven en el exilio bajo amenazas de muerte por el simple hecho de decir la verdad.

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Collage que contrasta el exilio cómodo del cubano que regresa a la isla
Dos realidades del exilio cubano: los que negocian su regreso y los que fueron desterrados por decir la verdad.

Hay una categoría de emigrante cubano que todos conocemos, aunque pocos se atreven a nombrar con claridad. Son los que tienen el cuerpo aquí, pero el espíritu varado en La Habana. Los que cruzaron el mar o la frontera, no para ser libres, sino para ser útiles. Los que cambiaron la libreta de abastecimiento por el menú de un restaurante en Miami, pero conservaron intacta la misma lógica de supervivencia que el castrismo les instaló desde la cuna.

Los llamamos los cubanos del Pan con Bistec.

Y mientras ellos negocian su comodidad, publican sus videos hablando del “país de las oportunidades” como si eso no fuera exactamente el mensaje que el régimen necesita que el mundo escuche, mientras planean regresar a la isla a vivir como reyes con dólares ganados en el exilio, otros cubanos están pagando un precio que estos nunca entenderán.

El precio real del periodismo libre

José Luis Tan Estrada no está planeando un viaje de regreso a Cuba para presumir una casa nueva. José Luis Tan Estrada está en México, recibiendo amenazas de muerte. Su único crimen: ser un periodista libre que se niega a callar la realidad de lo que ocurre en la isla.

No tiene el privilegio de negociar con el régimen. No tiene la opción de “portarse bien” para que le dejen entrar. Fue desterrado. Arrancado de su tierra, de su familia, de todo lo que construyó, y lanzado al exilio no por voluntad propia, sino porque el castrismo no tolera la verdad.

Y hoy, desde México, ese periodista sigue trabajando bajo amenaza. Porque para él no hay vuelta atrás. Porque su pasaporte no es una herramienta de negociación. Es una condena.

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Dos exilios que no se parecen en nada

Que nadie confunda los dos exilios.

Uno es el exilio del que se fue a buscar lo que Cuba no le daba, pero que en el fondo sigue siendo funcional al sistema. El que manda remesas sin cuestionar a quién benefician. El que regresa de visita y posa para las fotos. El que, consciente o no, le hace el trabajo sucio a la propaganda castrista cada vez que dice: “me fui por dinero, no por política.”

El otro es el exilio de los que no eligieron irse. El de los que fueron empujados fuera precisamente porque se negaron a doblar la cerviz. El de los activistas, los periodistas, los opositores que hoy viven en condiciones precarias en terceros países, sin documentos en regla, sin red de apoyo, sin el capital acumulado de años de trabajo en el exterior. Varados. Perseguidos. Amenazados incluso fuera de Cuba, porque el brazo largo de la represión castrista no respeta fronteras.

El privilegio que nadie nombra

Hablar del “pan con bistec” no es un insulto. Es un diagnóstico.

Es señalar que existe un privilegio silencioso en el emigrante cubano que puede ir y venir, que puede negociar su presencia en la isla, que puede vivir en dos mundos sin comprometerse con ninguno. Un privilegio construido sobre la misma arquitectura de control que el régimen lleva décadas perfeccionando.

Mientras José Luis Tan Estrada recibe amenazas de muerte en México por el simple hecho de hacer periodismo, los cubanos del Pan con Bistec debaten en redes qué marca de maleta comprar para el próximo viaje a La Habana.

Eso no es libertad. Es una jaula más amplia. Y la cadena, aunque no se vea, sigue ahí.

Una última pregunta

¿Cuánto vale el bistec si se paga con silencio?
¿Cuánto vale la comodidad si su precio es ignorar que, mientras tú negocias tu regreso, hay cubanos que arriesgaron todo y hoy no tienen ni adónde volver?

Ernesto García

Periodista y editor con más de 25 años de experiencia. Me gradué en la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba, y desde entonces dediqué mi vida a contar historias, a informar y a defender el periodismo libre. En 2016 tuve que dejar Cuba. La censura y la persecución a los periodistas me obligaron a tomar esa decisión. Llegué a Miami y aquí encontré la libertad que necesitaba para seguir haciendo lo que más amo: periodismo sin ataduras. Hoy soy Director General de Cubanos por el Mundo, una plataforma que nació para conectar, visibilizar y acompañar a todos los cubanos que, como yo, construimos nuestra vida fuera de la isla sin perder nuestras raíces. Porque ser cubano no termina donde termina Cuba.

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