Lanzamientos de botellas de vidrio contra viviendas y transeúntes en el reparto Portuondo de Santiago de Cuba evidencian una escalada de la delincuencia en Cuba ante la mirada indiferente de los órganos represivos del régimen.
La información fue difundida por el periodista Yosmany Mayeta Labrada en redes sociales, quien recopiló testimonios directos de las víctimas sobre la impunidad que impera en esta zona oriental del país, exponiendo la falta de protección ciudadana que caracteriza a la gestión de los sicarios.

Ataques nocturnos: El peligro acecha en Santiago de Cuba
Los ataques con proyectiles de cristal se han intensificado durante al menos dos madrugadas consecutivas, generando un escenario de fragmentos cortantes en las aceras por donde transitan familias completas, sumado a que los vecinos identifican a un chófer de ómnibus local como el presunto responsable de originar estos lanzamientos desde su propiedad, utilizando supuestamente a menores de edad para ejecutar los actos vandálicos.
“Eso no es problema de ellos”, expresó un oficial de la policía ante los reclamos desesperados de la comunidad de Portuondo.

Debido a esta respuesta negligente por parte de los esbirros, los habitantes de la calle E se encuentran en un estado de vulnerabilidad absoluta, confirmando que la delincuencia en Cuba cuenta con la complicidad por omisión de un sistema más enfocado en vigilar disidentes que en detener a criminales comunes.
Impunidad y complicidad: La respuesta de los esbirros del régimen ante la delincuencia en Cuba
Asimismo, la situación de inseguridad se agrava porque las autoridades han señalado erróneamente a ciudadanos inocentes, mientras el verdadero culpable continúa operando sin restricciones bajo el amparo del silencio, demostrando que la delincuencia en Cuba es una herramienta de desestabilización social permitida por la tiranía castrista.
En ese sentido, la crisis de violencia no es un hecho aislado de Santiago de Cuba, ya que, hace un par de meses, se conoció que en el poblado de Maniabón, en Las Tunas, bandas criminales imponían su “ley” mediante extorsiones y asaltos a viviendas, otro ejemplo más de que la delincuencia en Cuba se ha extendido por todo el territorio nacional sin encontrar resistencia por parte del aparato estatal.
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Por ello, los ciudadanos de la mayor de las Antillas y otras provincias exigen patrullajes reales que nunca llegan, comprendiendo que la delincuencia en Cuba florece precisamente porque la dictadura prefiere gastar sus recursos en combustible para patrullas de la Seguridad del Estado, dejando a los barrios a merced de los delincuentes.
Considerando que la criminalidad ha mutado hacia formas más violentas de control territorial, los vecinos de Portuondo temen que el próximo impacto de una botella resulte en una tragedia irreparable, especialmente cuando los oficiales encargados de mantener el orden público se burlan del miedo de la población.
A estas alturas, para nadie ya es un secreto que en cada rincón de la isla comunista, los verdaderos delincuentes tienen toda la libertad del mundo para cometer cuanta atrocidad se les pase por la cabeza. De ser detenidos (lo que sería algo similar a un milagro), en el peor de los casos para ellos, terminan pasando unos días en las celdas para luego retornar a las calles como si nada hubiera ocurrido. Más grave aún, recurriendo en los mismos delitos.
Mientras tanto, esos que reclaman por el fin de la pesadilla, son tratados como los peores criminales del mundo, padeciendo condiciones infrahumanas en las mazmorras castristas sin haber cometido ningún delito.
En pocas palabras, la delincuencia en Cuba es bien vista por los sicarios del poder, mientras que el hecho de pensar diferente sí representa, según ellos, un “delito grave”.