Por Ariel Glaria
Un bohio cubano. Ilustration: ecured.cu
HAVANA TIMES — Nada dice tanto sobre lo que fuimos, somos o queremos alcanzar, que nuestra arquitectura.
El primer factor constructivo aplicado por los españoles en Cuba fue la modificación del bohío aborigen, adaptado a su mueblería y hábitos de vida. Poco después, materiales más resistentes, así como las técnicas para su empleo, permitieron el desarrollo de lo que hoy conocemos como arquitectura colonial.
Las altas temperaturas, la luz del sol, propiciaron algunos de los elementos más originales de esta etapa. El uso masivo en Cuba, a inicios del siglo xx, del cemento, y con este, el hormigón armado, dieron nacimiento a un eclecticismo que valoramos hoy, aunque nos deprima su estado de conservación, cuya herencia a pesar de esto se mantiene viva en la sofisticada herrería, la existencia de extensos y frescos corredores o portales en espacios públicos, así como elegantes paseos sombreados por árboles e iluminados.
No es, sin embargo, hasta la década del 50 del siglo xx que se desarrolla, en la Isla, una verdadera arquitectura moderna, propia y puesta en función de lograr un mejor ambiente urbano, encontrando algunas de sus más originales soluciones en el pasado arquitectónico colonial y adaptándolas a las nuevas técnicas y conceptos de la moderna internacional.
El edificio Bacardí en La Habana Vieja.
No pretendo idealizar etapa alguna, solo resaltar lo que en ellas me admira y sorprenden. La calidad con que fueron ejecutadas aquellas obras, lo meticuloso de sus acabados, así como el adecuado uso del espacio urbano donde nacieron y su integración al paisaje, son conceptos que en las últimas décadas se han ignorado.
Olvidando la herencia creadora y constructiva de lo mejor de nuestro patrimonio edificado se construyeron los feos edificios MICRO, cuyos paneles prefabricados se extendieron por cada rincón del país, conformando un elemento anacrónico en el paisaje rural y como encajados a capricho en el urbano, dando la impresión, además, que de ellos es imposible salir.
Son solo la parte visible del iceberg. Su masiva construcción, lo sé, fue la solución a una necesidad, pero ¿no pudo hacerse algo mejor?
Edificios de Alamar en Habana del Este. Foto: cubadebate.cu
Nadie acaso lo vio. Su construcción a lo largo del país no solo frustró la capacidad creativa de obreros, técnicos y arquitectos, sino además generó las bases de una ineficiencia mayor; abrió las puertas a métodos burocráticos de simplificación, impuestos a través de una demagogia colectivista y despersonificada, pródiga en la construcción de monumentos, estatuas y plazas para actos políticos.
La falta de imaginación en los diseños, la mala calidad constructiva, así como la poca importancia dada al acabado que debe seguir a cualquier obra terminada, sea casa o edificio, influyó en el entorno inmediato. Se generalizó y hoy podemos ver el resultado donde quiera.
Por otra parte, la estética visual que ofrecen estos conjuntos constructivos han penetrado el subconsciente colectivo de nuestra sociedad. Está en nuestro lenguaje hablado, el mal gusto y quizás hasta en la falta de valores que hoy nos asusta.