El gobernante cubano Miguel Díaz-Canel concedió una entrevista al diario mexicano La Jornada, publicada entre el 26 y el 27 de marzo, en la que volvió a presentar el embargo de Estados Unidos como eje central de la crisis que atraviesa la isla, al tiempo que defendió la continuidad del sistema político y económico cubano.
A lo largo de la conversación, Díaz-Canel insistió en argumentos ya habituales en el discurso oficial: el bloqueo como causa estructural del deterioro económico, la resistencia como prueba de legitimidad interna, la continuidad histórica como respaldo político y la crisis del capitalismo global como marco explicativo. La entrevista también admite apagones, escasez y contactos discretos con Washington, pero evita entrar en la responsabilidad acumulada del sistema, sus decisiones fallidas y el desgaste demográfico, económico y político del país
Pero, analicemos punto por punto cada uno.
- Bloqueo / embargo de Estados Unidos
El embargo existe y tiene efectos. Negarlo sería regalarle al discurso oficial una victoria fácil. Pero una cosa es reconocer que afecta y otra muy distinta aceptar que explica por sí solo la ruina interna del país.
Si el embargo fuera la explicación suficiente, habría que suponer que el Estado cubano no ha tenido margen de maniobra durante seis décadas. Y eso es falso. Cuba ha funcionado bajo un sistema de control casi total sobre producción, precios, distribución, propiedad, importaciones y decisiones estratégicas. Ha sido, precisamente, un modelo con muy poca interferencia política interna y enorme capacidad para imponer rumbo desde arriba. Ha sido un país que recibió todo el apoyo de un bloque socialista, y de otros países también, pero que no pudo gestionar el conflicto interno con sus habitantes a los que reprimió, coartó, encarceló, por cosas tan inocuas como escuchar música extranjera.
El punto débil de Díaz-Canel está ahí: apela a una presión externa que existe para diluir la responsabilidad interna acumulada y el desgaste profundo que un sistema opresivo y totalitario ha producido en la sociedad cubana. Ese descontento no nació de un día para otro ni responde solo a la escasez actual. Se fue acumulando durante décadas, en familias marcadas por fusilamientos, prisiones políticas, expedientes laborales, represión contra quienes fueron considerados “desviados ideológicos” o simplemente sospechosos. También en quienes vieron cómo el Estado les confiscaba una bodega, unas tierras o un pequeño negocio levantado con años de trabajo, siempre en nombre de una igualdad que nunca llegó a existir. Porque el obrero siguió siendo obrero; solo cambió el beneficiario de su esfuerzo: dejó de enriquecer a un dueño privado para sostener a una élite política y a su entorno.
Ese cansancio y hartazgo acumulado, errores por los que la dirección del país jamás ha pedido perdón, ha sido, a no dudarlo, el desencadenante de todo.
Los datos productivos ayudan a desmontar esa coartada. Cuba importa entre el 60% y el 80% de los alimentos que consume, y su histórica industria azucarera pasó de producir cerca de 8 millones de toneladas en los años ochenta a niveles por debajo del millón en años recientes, mientras agricultura, turismo, acero y azúcar volvieron a quedar por debajo de lo previsto en 2024. No hay sanción estadounidense que obligue al Estado cubano a mantener un sistema agrícola desincentivado, una estructura de acopio ineficiente y una economía donde el productor tiene menos margen que el burócrata. El embargo puede agravar la escasez; pero no explica por qué un país con tierra fértil, tradición agrícola y control total del aparato económico no logra producir lo básico.
- “80% de los cubanos nació bajo el bloqueo”
Ese dato, aun si se acepta en términos cronológicos, no prueba lo que Díaz-Canel quiere que pruebe. Haber nacido dentro de un sistema no significa haberlo elegido, mucho menos haberlo refrendado libremente. Corea del Norte también puede decir que generaciones enteras nacieron bajo su modelo, y eso no convierte ese modelo en legítimo ni popular. Lo único que demuestra la frase es duración. Y la duración, por sí sola, no es legitimidad.
El problema se vuelve más evidente cuando se mira la estructura institucional cubana. La Constitución de 2019 consagra al Partido Comunista como “fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado”, y el presidente no es escogido mediante una competencia abierta entre proyectos de país, sino elegido por la Asamblea Nacional entre sus diputados. Es escogido entre 605 personas, la mayoría militantes del Partido Comunista de Cuba, único Partido legal permitido; no pocos de ellos funcionarios y ministros del Estado; otros tantos militares que responden a un aparato militar. Gente que, lo hemos visto, levantan en masa las manos cuando algo se somete a “votación”.
Es decir: las generaciones nacidas en los setenta, ochenta, noventa o dos mil no han tenido un mecanismo real para decidir si quieren mantener el sistema o reemplazarlo por otro. Vivir bajo un modelo no equivale a consentirlo. Díaz-Canel convierte un dato biográfico en una ficción de respaldo.
- Resistencia como legitimidad
Aquí el truco verbal es todavía más claro. Díaz-Canel presenta la resistencia del pueblo como prueba de apoyo al sistema, cuando en realidad la resistencia en Cuba describe, sobre todo, la capacidad de la población para sobrevivir a la escasez. Resistir no es respaldar. Es adaptarse. Es hacer colas, moverse por canales informales, vivir con apagones, resolver transporte por vías irregulares y sostenerse con dinero enviado desde fuera. La resistencia cubana de hoy no es épica institucional; es economía de supervivencia.
Ese argumento se cae aún más cuando se cruza con la salida masiva del país. Más de un millón de cubanos ha emigrado desde 2021, en la mayor ola migratoria desde 1959. Si la resistencia demostrara legitimidad o apoyo, no habría semejante drenaje demográfico. Y si ese sistema fuera percibido como funcional por una mayoría social sólida, no dependería tanto de remesas ni de la salida como válvula de escape. Lo que Díaz-Canel llama “resistencia” es, en muchos casos, la forma en que la sociedad soporta el daño producido por el propio sistema.
- Estados Unidos no ha logrado “doblegar” a Cuba
La frase tiene eficacia política, pero su lógica es tramposa. Cambia el objeto de evaluación. La pregunta no es si Washington ha conseguido imponer el desenlace que desea, sino si el poder cubano, después de más de seis décadas de control casi absoluto, ha conseguido sacar adelante al país. Y ahí la respuesta es mucho menos heroica. El propio gobierno proyectó apenas 1% de crecimiento para 2025 tras un año muy malo, con exportaciones por debajo de lo previsto, importaciones recortadas y una crisis energética severa. Una inflación oficial de 30% en 2023 tras 38% en 2022.
Es perfectamente posible que Estados Unidos no haya “doblegado” al régimen en sentido geopolítico y, al mismo tiempo, que el régimen no haya sido capaz de construir un país funcional en sentido material. Una cosa no refuta la otra. El cubano que vive apagones, inflación, escasez y éxodo familiar no mide el éxito en función de si la Casa Blanca logró o no cambiar el sistema, sino en función de si su vida mejora. Y ese examen interno es devastador. Lo que hace Díaz-Canel al hablar así es mover el foco del balance de gestión hacia el conflicto exterior. Es una maniobra discursiva eficaz. No una explicación seria del desastre acumulado.
- Crisis del capitalismo global
Este punto opera como desvío ideológico, al llevar la discusión a un plano abstracto para no responder por la realidad cubana. Aunque el capitalismo mundial tenga crisis, cíclicas, las que de sobra conocemos, eso no explica por qué en Cuba faltan huevos, medicinas, corriente y combustible en niveles tan extremos. No hace falta discutirle a Díaz-Canel un seminario entero de teoría política. Basta con bajar la discusión a la vida diaria: gente resolviendo comida por Telegram, alumbrándose con linternas, cocinando con leña y viviendo en un sistema de transporte cada vez más inestable. Ahí es donde su gran marco ideológico se queda sin sustancia.
Además, la historia comparada tampoco lo favorece. El socialismo de partido único que Cuba sigue defendiendo se derrumbó en la Unión Soviética y en el bloque de Europa del Este, y no fue restaurado después. Las sociedades que vivieron ese modelo no solo no regresaron a él, sino que ni siquiera lo quieren de vuelta. En muchos países, los partidos comunistas han quedado relegados, fuera del poder e incluso vetados al igual que el partido nazi.
Las excepciones que suelen invocarse, como China o Vietnam, no son equivalentes al caso cubano: son economías abiertas a inversión extranjera, producción exportadora y mercado en una escala que Cuba nunca quiso asumir de verdad. Si Díaz-Canel quiere hablar de sistemas, la pregunta relevante no es si el capitalismo tiene crisis, sino por qué el modelo que él defiende produjo en Cuba una combinación tan persistente de estancamiento económico, control político y dependencia externa.
- Situación económica interna
Díaz-Canel reconoce apagones, escasez y problemas productivos, pero intenta blindar la explicación reduciéndolo casi todo a sanciones, bloqueo o caída de suministros. Esa coartada única no alcanza. La economía cubana no está solo desabastecida; está mal organizada, mal incentivada y mal reformada. La “Tarea Ordenamiento”, que iba a corregir distorsiones estructurales, terminó asociada a una fuerte aceleración inflacionaria y a un deterioro profundo del poder adquisitivo.
Fue una decisión tomada en el peor momento posible y el resultado fue el peor de los mundos: salarios nominalmente mayores, pero con menos capacidad real de compra.
Y mientras el discurso siguió defendiendo la centralidad estatal, la realidad tomó otro camino. En 2025, por primera vez en décadas, el sector privado pasó a representar más ventas minoristas por valor que el Estado. Ese dato no describe una simple anécdota económica. Describe una derrota práctica del modelo. El poder cubano sigue presentando la actividad privada como espacio tolerado, limitado o incluso sospechoso, cuando en la práctica se ha convertido en un amortiguador central del colapso. Por eso, cuando Díaz-Canel atribuye la crisis interna casi exclusivamente a factores externos, borra dos cosas: el fracaso de sus propias reformas y el hecho de que la supervivencia cotidiana del país depende cada vez más de espacios que el sistema combatió durante años, al que llamó “vicio de la burguesía más rancia” y “pensamiento retrógrado y deshumanizador”.
- Energía y petróleo
Aquí el desmontaje exige cronología, porque el problema energético cubano no es una mala racha: es una secuencia de decisiones equivocadas.
Primero, Cuba apostó por el proyecto nuclear de Juraguá, completamente dependiente de la Unión Soviética para tecnología, financiamiento y combustible (el uranio). Cuando la URSS se derrumbó, ese plan quedó inconcluso. Después, en vez de diversificar con seriedad la matriz energética, la isla se volvió dependiente del petróleo venezolano. Durante años, el subsidio de Caracas permitió sostener el sistema sin necesidad de modernizarlo de raíz. Cuando ese flujo se debilitó, Cuba se quedó con plantas envejecidas, poco mantenimiento y muy pocas alternativas. Eso no es un castigo metafísico del embargo: es una cadena de dependencia mal calculada.
A eso se añade otro elemento que el discurso oficial ha emitido convenientemente: durante décadas existieron posibilidades de apostar antes y más seriamente por energía eólica y solar, pero muchas no prosperaron por razones ideológicas o por la desconfianza del sistema hacia esquemas de cooperación con empresarios capitalistas y “burgueses”; gente no afín ni ideológica ni políticamente. Es decir: gente que no controlaba ni podría controlar.
Más tarde, sin embargo, el país sí aceptó capital extranjero en turismo y otras esferas. Siempre extranjeros. Nunca cubanos radicados en el extranjero. Ni uno solo norteamericano. La mayoría europeos; y dentro de estos, españoles e italianos.Es decir, la barrera no era técnica: era política.
La llamada “revolución energética” de los 2000, basada en grupos electrógenos, tampoco resolvió el problema de fondo. De hecho, solo aumentó la dependencia del combustible importado, a pesar de que los mejores expertos y conocedores del tema desaconsejaron a Fidel Castro tomar ese rumbo.
El líder no solo no los oyó, sino que los destituyó por contradecirlo. La Asamblea Nacional no existió para respaldarlos. El PCC tampoco. Mucho menos la justicia. ¿El resultado? Lo estamos padeciendo en la actualidad. En marzo de 2026 la red eléctrica colapsó dos veces en una semana —la pasada semana— y el país lleva ya acumulado en todo el mes marzo tres grandes apagones nacionales. Ese no es el retrato de una crisis puntual, sino de una infraestructura agotada por malas decisiones prolongadas.
- Relaciones con Estados Unidos
¿Doble moral? ¿Doble capa en el discurso? ¿Quién dirige los destinos de una nación? ¿El pueblo? ¿Su máximo líder? ¿La Cancillería? ¿O un líder “en la sombra” y jubilado? En la entrevista, Díaz-Canel admite conversaciones discretas con Washington. Poco después, AP informó que incluso Raúl Castro está involucrado en esos contactos, en medio de una crisis de combustible, apagones y presión estadounidense. Es decir: mientras el discurso interno necesita seguir administrando a Estados Unidos como enemigo histórico absoluto, la práctica política obliga a negociar con ese mismo actor porque la supervivencia del sistema depende de gestionar la relación real, no solo la relación retórica.
Eso revela algo importante: el conflicto con Washington no solo se padece; también se usa. Funciona hacia dentro como recurso de cohesión, disciplina y justificación. Pero hacia fuera, y sobre todo cuando la crisis aprieta, el propio poder cubano sabe que necesita abrir canales. Si Estados Unidos fuera únicamente el agresor total e incomparable, no existirían esos contactos discretos ni esa apelación constante a mediadores. Lo que desmonta esta contradicción no es una acusación moral, sino una evidencia política: la narrativa de plaza sitiada no describe toda la realidad; la administra. El enemigo es real, pero también es funcional al aparato.
Dentro de este punto conviene hacer una acotación que conlleva varias preguntas que exponen una jerarquía política y es esta: el Estado cubano acepta sentarse con el adversario externo al que culpa de asfixiar al país, pero no abre un diálogo real, plural y vinculante con los ciudadanos a los que gobierna, con la sociedad civil independiente ni con una diáspora de la que depende materialmente. Es decir, sí hay espacio para negociar con Washington cuando la supervivencia del sistema lo exige, pero no lo hay para someter ese mismo sistema a una validación libre frente a su propio país.
Ese contraste permite formular la pregunta en términos mucho más incisivos: si Estados Unidos es, según el relato oficial, el enemigo que aprieta la soga y los asfixia con el bloqueo, ¿cómo se explica que el gobierno considere legítimo y necesario dialogar con ese enemigo, pero no con los cubanos que dentro de la isla piden trabajar, producir, asociarse, disentir o participar sin tutela? ¿En qué acápite del embargo se le prohíbe al régimen cubano dialogar con su diáspora?
La respuesta más verosímil no es diplomática, sino política: Washington representa un riesgo externo, pero también un interlocutor útil, negociable y reconocible dentro de la lógica del poder; en cambio, un diálogo real con la ciudadanía cubana implicaría aceptar algo mucho más peligroso para el sistema, que es la existencia de sujetos autónomos con derecho a cuestionar su monopolio. Hablar con Estados Unidos no pone en duda la arquitectura interna del régimen; hablar de verdad con la sociedad cubana sí.
Lo más curioso e incómodo es que el Estado cubano necesita cada vez más el dinero, las redes y hasta la eventual inversión de los emigrados, pero sigue sin reconocerlos como un actor político legítimo con derecho a influir libremente en el rumbo del país. El régimen busca abrir, asegura, casi todos los sectores a los cubanos residentes en el exterior, pero es un gesto que solo confirma la necesidad económica, pues esa apertura instrumental no equivale a diálogo político. La diáspora sirve para remesar, invertir o aliviar la escasez; no para decidir, deliberar o disputar el modelo. Ahí está el corazón de la contradicción: se acepta el capital del emigrado, pero no su ciudadanía política plena.
Dicho de otra manera: hay espacio para negociar con Washington, cuando la supervivencia del sistema lo exige, pero no lo hay para someter ese mismo sistema a una validación libre frente a su propio país. Es una suerte de “diálogo” que desnuda sus prioridades. Está dispuesto a hablar con el actor al que presenta como agresor histórico porque de esa interlocución puede salir alivio, tiempo o margen de maniobra. Pero no está dispuesto a abrir una conversación equivalente con su propio pueblo, porque esa conversación no giraría solo sobre combustible, sanciones o alivios, sino sobre representación, pluralismo, derechos, represión, elecciones, propiedad, asociación y poder. El diálogo con Washington puede administrarse; el diálogo con la nación cubana obligaría a someter a prueba al partido, al sistema, a la Asamblea y al propio Díaz-Canel. Y eso es exactamente lo que el régimen evita.
Lo más interesante en este punto es que, repetimos, el embargo / bloqueo no le impide a Cuba dialogar de tú a tú, sin jerarquías, verdaderamente, con sus ciudadanos emigrados.
- Defensa del sistema socialista
Díaz-Canel no está defendiendo solo una gestión coyuntural. Está defendiendo un sistema que ha tenido control extraordinario sobre la vida nacional y cuyos resultados están a la vista. Cuando dice que el modelo sigue siendo válido y solo necesita ajustes, intenta presentar el fracaso como problema de administración, no de estructura. Pero la Cuba reciente lo contradice. Si el sistema funcionara como proclama, no dependería de remesas de aquel que llamó “gusano”, “traidor”, “vendepatria” y “escoria”, para sostener hogares, ni del sector privado para amortiguar el desabastecimiento, ni del turismo y de la captación desesperada de divisas para evitar un colapso aún mayor.
En marzo de 2026 el propio gobierno admitió que estaba interesado en atraer inversión de cubanos en el exterior, especialmente hacia la agricultura, en un país del que ha emigrado más de un millón de personas desde 2021.
Eso significa que la supervivencia del modelo ya no descansa solo en su economía planificada, sino en dinero, capital y redes generadas fuera de ella. El sistema sigue condenando en abstracto al mercado y a la desigualdad, pero en la práctica se sostiene con mecanismos que desmienten su autosuficiencia. No es solo incoherencia doctrinal. Es la prueba de que el modelo no genera suficiente riqueza, suficientes incentivos ni suficiente bienestar. Y cuando Díaz-Canel lo defiende sin reconocer errores estructurales del partido, de Fidel y de las grandes apuestas fallidas del sistema, no está ofreciendo una salida: está defendiendo el andamiaje que produjo la crisis.
- Narrativa histórica de la Revolución
Este es el núcleo más importante, porque no es un punto aislado: es el basamento simbólico de todos los demás. Díaz-Canel recurre constantemente a la continuidad revolucionaria, a la soberanía y a la resistencia como si esa secuencia bastara para representar al país real de 2026.
Sin embargo, la legitimidad de origen se ha convertido ya en una legitimidad fósil. La Cuba actual ya no coincide ni demográfica ni biográficamente con la sociedad que vivió el triunfo de 1959. El Anuario Demográfico 2024 de la ONEI registra 9.748.007 habitantes al cierre de ese año, 25,7% de envejecimiento poblacional, solo 71.358 nacimientos y 67.315 matrimonios. Es un país que envejece, se contrae y pospone proyectos de vida.
Al mismo tiempo, la Constitución de 2019 preserva el monopolio político del Partido Comunista. Eso significa que la continuidad histórica no ha sido refrendada por generaciones sucesivas en un marco plural, sino conservada dentro de un sistema sin competencia auténtica.
No hace falta negar que la Revolución tuvo apoyo popular amplio en sus primeros años. Lo tuvo. Lo que no puede hacerse es convertir ese apoyo en una licencia perpetua transmisible por herencia política. Más aún cuando el país ha perdido más de un millón de personas en los últimos cinco años, y cuando buena parte de los hogares depende de una diáspora gigantesca que durante décadas fue tratada como enemiga, sospechosa o marginal. En ese contexto, seguir hablando como si la continuidad del sistema fuera la continuidad natural de la nación ya no describe nada: encubre que el país real está partido entre una isla envejecida y una diáspora enorme, entre ciudadanos que nunca votaron entre modelos y jóvenes que, cuando pueden elegir, muchas veces eligen irse.
En conjunto, la entrevista de Díaz-Canel es una reiteración de otras cosas dichas con anterioridad. Repite un marco conocido y desplaza la discusión cada vez que asoman preguntas serias como estas:
- ¿Por qué un sistema que ha controlado todas las palancas del país durante más de seis décadas no ha logrado construir una economía capaz de sostener a su propia población?
- ¿Por qué sigue defendiendo decisiones estratégicas que produjeron dependencia, apagones, emigración y envejecimiento.
- ¿Por qué habla de respaldo popular sin permitir que ese respaldo pueda medirse en condiciones libres?
O como diría alguien a quien recuerdo siempre y que apenas tenía un 4to grado de escolaridad: “Si esto está tan bueno como esta gente dice, ¿por qué la gente se va del país?”
El embargo puede formar parte de la respuesta. Pero no puede ser toda la respuesta. Y mientras el poder cubano siga usando el conflicto externo para ocultar sus propios errores de estructura, de partido y de dirección, el discurso seguirá funcionando más como coartada que como explicación.
Detrás de estos diez puntos y esa épica de resistencia frente al enemigo y “victorias después de 67 años gracias al pueblo que apoya a la Revolución”, cuando Díaz-Canel habla de “respaldo popular”, no presenta un dato comprobable, sino que presenta una narrativa.
En cualquier sistema político donde ese apoyo existe de verdad, hay mecanismos para medirlo: elecciones competitivas, referendos abiertos, alternancia real. En Cuba no existe nada de eso. No hay competencia entre proyectos políticos, no hay posibilidad de votar por otro modelo, no hay una vía institucional para decir “esto no lo queremos porque no nos funciona”. Si el sistema cuenta con el apoyo mayoritario que él afirma, ¿por qué no someterlo a una consulta vinculante donde los ciudadanos puedan decidir entre mantener el modelo actual o abrir el sistema a otras opciones políticas y económicas?
No lo hacen, porque sencillamente los obliga a pasar del discurso a la prueba. Porque expondría la diferencia entre continuidad y legitimidad. Porque dejaría bien claro que el problema en Cuba no es técnico, es político. No se trata de falta de recursos para organizar una consulta; se trata de que un plebiscito real introduciría un riesgo que el sistema no está dispuesto a asumir: perder. Porque si la única forma de sostener el “apoyo” es no someterlo a verificación abierta, entonces ese apoyo deja de ser una realidad medible y pasa a ser un elemento del discurso.
Un poder que afirma representar al pueblo, pero no permite que ese pueblo lo confirme en condiciones libres, en realidad no está defendiendo su legitimidad: está administrando su continuidad. En el caso cubano, está administrando un desastre heredado durante seis décadas.
Lo que no dijo ni explicó Díaz-Canel
Hay varios puntos en la entrevista de Miguel Díaz-Canel con La Jornada que tanto el mandatario como el medio dejaron fuera de la conversación y son problemas que hoy condicionan cualquier discusión seria sobre el futuro de la isla. Son fenómenos estructurales que no se mencionaron; preguntas que no se hicieron y por ende, no se contestaron; contesta y decisiones futuras que tampoco se explicaron.
Son aspectos donde el discurso oficial se queda más desnudo, que se salen del terreno del embargo, de la soberanía o la resistencia y que entran en una zona mucho más incómoda: la del país real, envejecido, vaciado, endeudado, con una economía que no despega, una sociedad bajo vigilancia y una legitimidad política cada vez más dependiente del pasado.
- El envejecimiento de la población cubana
Díaz-Canel no dice una palabra sobre uno de los procesos más determinantes de la Cuba actual y que sin dudas definirá en poquísimo tiempo el destino del régimen: el envejecimiento acelerado de su población. Un país donde aumenta la proporción de jubilados y disminuye la de jóvenes en edad laboral tiene menos capacidad para producir, innovar, sostener servicios públicos y financiar sus propios sistemas de protección social. En otras palabras: Cuba no solo está en crisis; está entrando en esa crisis con cada vez menos gente para sostenerla.
Ese envejecimiento se cruza además con otra realidad que la entrevista tampoco aborda: quienes todavía trabajan tienen cada vez más incentivos para irse del sector estatal o del país.
En el año 2025 el sector privado en la isla superó por primera vez al estatal en ventas minoristas por valor, reflejo de un desplazamiento real del dinamismo económico hacia actividades no estatales. Medios que citan cifras oficiales cubanas sitúan en alrededor de 1,6 millones las personas empleadas en el sector privado o no estatal dentro de una fuerza laboral cercana a los 4 millones. Eso quiere decir que el Estado no solo enfrenta un problema demográfico; enfrenta también un problema de atracción laboral. Los salarios, las condiciones y las perspectivas del aparato estatal empujan a muchos cubanos hacia espacios donde se gana más, se decide más y se depende menos del salario oficial. Díaz-Canel habla del sistema como si siguiera organizando de manera central la vida económica del país; la realidad es que cada vez más cubanos, cuando pueden, se apartan de ese centro.
- El éxodo migratorio
Tampoco explica Díaz-Canel cómo piensa gobernar un país que se vacía a ritmo histórico. Reuters describió en 2024 la “estampida migratoria” cubana como una ola récord que supera las grandes salidas anteriores de la isla. Diversas estimaciones, incluidas las que circulan en organismos y análisis internacionales, sitúan en más de un millón las salidas desde 2021. La propia dimensión del fenómeno ya impide tratarlo como un episodio lateral. No es una fuga pequeña, no es un accidente temporal, ni una oscilación coyuntural: es una reconfiguración demográfica del país en tiempo real.
Pero lo más grave no es solo cuántos se van, sino quiénes se van. No emigra en masa la generación histórica de 1959. Emigra la población en edad laboral, reproductiva y productiva. Se van técnicos, médicos, programadores, jóvenes profesionales, obreros calificados y personas que todavía podrían sostener familias, producir riqueza y pagar impuestos dentro de Cuba.
Esa sangría tiene efectos inmediatos sobre cualquier posibilidad de recuperación. El país pierde justamente a quienes deberían empujar la economía hacia delante. Y mientras eso ocurre, el discurso oficial sigue hablando como si el problema central fuera la agresividad del exterior, cuando una parte decisiva del problema es que la gente ya no ve dentro de Cuba un horizonte de vida que valga la pena defender.
- La integración de la emigración cubana en los procesos económicos
La entrevista tampoco entra en una contradicción que el propio gobierno ya no puede esconder: Cuba necesita cada vez más a la emigración, pero sigue sin ofrecer un marco claro, estable y confiable para integrarla de verdad en la economía nacional.
Reuters informó en marzo de 2026 que el gobierno cubano estaba abriendo casi todos los sectores a los cubanos residentes en el exterior y buscaba atraer su inversión, especialmente en medio de una crisis que obliga a captar capital donde sea posible. Ese giro es políticamente significativo porque rompe con décadas de sospecha oficial hacia el exilio y la diáspora. El problema es que llega tarde y llega mal: cuando el país ya está exhausto, cuando la confianza está rota y cuando las reglas del juego siguen dependiendo de un aparato que no ofrece seguridad jurídica sólida.
La cuestión de fondo no es si el Estado dice ahora que quiere ese capital. La pregunta es qué garantías puede ofrecer para atraerlo. ¿Cómo se invierte en un país sin tribunales independientes, con controles administrativos asfixiantes, con antecedentes de impagos y con una estructura política que mira al inversor no alineado más como un riesgo ideológico que como un socio económico?
La emigración cubana no es solo una fuente de remesas; es también un reservorio de conocimiento, redes, ahorro y experiencia. Pero para convertir eso en desarrollo hacen falta reglas previsibles, libertad económica real y un marco político menos hostil al actor autónomo. Nada de eso fue abordado por Díaz-Canel. Y mientras no se diga o se aclare, la pretendida incorporación de la diáspora seguirá pareciéndose más a una admisión desesperada que a una estrategia coherente.
- Cómo transformar la economía sin cambiar el sistema político
Este es quizá el gran vacío estructural de la entrevista: Díaz-Canel habla de dificultades económicas, pero no explica cómo piensa transformar la economía sin alterar la arquitectura política que la ahoga. Porque el problema cubano ya no puede describirse seriamente como una mera falta de recursos. También es un problema de incentivos, de estructura de propiedad, de autonomía empresarial, de seguridad jurídica y de capacidad de decisión. Desde el noviembre de 2025, el propio gobierno cubano admitió que estudiaba medidas para atraer inversión extranjera permitiendo contratar directamente, pagar en dólares y operar con menos rigidez. Es decir: incluso el propio aparato reconoce que la estructura actual no funciona.
Pero aquí aparece la contradicción central. Si la economía necesita apertura, previsibilidad y margen de decisión, ¿cómo se logra eso dentro de un sistema que preserva el monopolio político del Partido Comunista y la supremacía del control estatal? El mercado no florece por decreto cuando el poder sigue viendo la autonomía social como una amenaza. El Estado cubano quiere captar dólares, inversión, remesas y emprendimiento, pero sin aceptar las consecuencias políticas de una sociedad más autónoma. Quiere modernizar la economía sin compartir poder, atraer capital sin ceder control, mejorar el consumo sin liberar de verdad la producción. Ese equilibrio no ha funcionado hasta ahora y Díaz-Canel no explica por qué funcionaría de pronto.
- Cómo piensa gestionar la delincuencia y los delitos asociados al deterioro económico
La entrevista tampoco dice nada sobre una consecuencia clásica del deterioro económico prolongado: el aumento de la inseguridad y de los delitos contra la propiedad. Las protestas siguen estallando por apagones, escasez y deterioro de las condiciones de vida. Existe un aumento notable de robos, asaltos y hechos violentos en 2025. Y aunque las cifras sobre criminalidad en Cuba no son transparentes ni completas, incluso los recuentos no oficiales muestran una tendencia que sería insensato ignorar: cuando se hunde el poder adquisitivo, se amplía el mercado informal y se debilita la expectativa de futuro, también se erosiona el control social ordinario.
Lo importante aquí no es solo el aumento de los delitos, sino la ausencia de una respuesta pública creíble que vaya más allá del control policial. A eso se suma una reacción social cada vez más inclinada al castigo ejemplar —la cadena perpetua o la pena de muerte como piden cientos de miles de cubanos— como única salida. No es raro ver cómo muchos cubanos piden “un Bukele” para Cuba, como si la importación de mano dura resolviera por sí sola un problema mucho más profundo. Esa deriva habla de un debate empobrecido, donde faltan herramientas, información y cultura cívica para entender la complejidad de lo que está ocurriendo.
Díaz-Canel habla como si el principal dilema fuera económico-productivo, pero un país que vive años de escasez, apagones, desabastecimiento y migración masiva no enfrenta solo una crisis de ingresos: enfrenta también una recomposición del tejido social. Aparecen más robos, más violencia cotidiana, más ilegalidad asociada a la supervivencia. Si el gobierno no explica cómo piensa gestionar eso más allá de la represión, el “castigo ejemplarizante” o del silencio estadístico, entonces está dejando fuera una parte esencial del problema nacional. Porque la inseguridad no es una anécdota lateral del colapso: es una de sus expresiones más visibles. Un país que no es seguro no atrae el inversionista extranjero.
- Cómo piensa gestionar la participación democrática sin reprimir derechos
Díaz-Canel tampoco entra en la cuestión política central: cómo piensa permitir la participación real de la ciudadanía sin desmontar el esquema represivo que el propio sistema usa para contener el disenso.
La Constitución de 2019 mantiene al Partido Comunista como fuerza dirigente superior, y Human Rights Watch y Amnistía Internacional coinciden en que el gobierno cubano sigue reprimiendo y castigando la crítica pública, con detenciones arbitrarias, vigilancia, restricciones a activistas, periodistas y opositores, y presión persistente sobre quienes participaron en las protestas de julio de 2021. En enero de 2025 se anunciaron liberaciones de detenidos tras negociaciones con el Vaticano y Estados Unidos, pero muchas ONG sostienen que cientos de presos vinculados a las protestas siguen encarcelados o sometidos a vigilancia posterior.
Ese dato vuelve hueco cualquier discurso sobre legitimidad popular. No se puede hablar seriamente de participación democrática cuando la crítica se penaliza, el pluralismo político no existe y la sociedad civil independiente es tratada como amenaza. La caída del socialismo real en Europa del Este no fue solo un evento geopolítico: fue también la expresión de una crisis de legitimidad de sistemas que reprimían libertades mientras reclamaban representación histórica.
Díaz-Canel evita ese espejo porque lo compromete directamente. Si el modelo que defiende necesita vigilar, castigar y exiliar para conservarse, entonces su problema no es solo económico. Es político y moral. Y mientras no explique cómo piensa abrir espacios reales de participación sin acudir a la represión, su discurso sobre respaldo popular seguirá siendo puramente declarativo.
- Cómo piensa gestionar que cada vez son menos los que defienden el modelo nacido en 1959
Otra omisión decisiva es la erosión de la base humana y simbólica que durante décadas sostuvo la épica revolucionaria. La generación que combatió o vivió intensamente el proceso de 1959 está muerta, envejecida o claramente minoritaria. La Cuba actual, según la ONEI, es una sociedad envejecida, contraída y con una natalidad históricamente baja. A eso se suma la salida masiva de jóvenes en los últimos años. Es decir: el país al que Díaz-Canel le habla ya no es el que responde automáticamente a la iconografía de la Sierra ni al miedo reverencial al enemigo histórico.
Su propia frase sobre los nacidos bajo el bloqueo se le vuelve en contra. Muchos de esos nacidos bajo el bloqueo ya no están dentro de Cuba o viven conectados a familiares que salieron y que les muestran otra experiencia posible del mundo. Otros no se identifican con la lógica sacrificial del Estado y quieren, antes que nada, una vida normal, movilidad, derechos, luz eléctrica y salario útil.
Díaz-Canel no explica cómo piensa gobernar un país donde la base afectiva del relato revolucionario se reduce mientras crece una ciudadanía que ya no se define por el mito fundacional, sino por el juicio práctico sobre su presente. Ese desgaste generacional es una de las amenazas más profundas para el sistema, precisamente porque no siempre se expresa en protesta abierta: a menudo se expresa en apatía, desafección, huida o simple desconexión emocional con el relato oficial.
- Cómo piensan adaptarse al mundo moderno e integrarse a sus estructuras
La entrevista tampoco explica cómo piensa el poder cubano integrarse al mundo contemporáneo sin revisar a fondo sus reflejos de control. Las medidas que pretenden impulsar ahora a la carrera y que disfrazan como “novedosas”, vistas en frío, reconocen algo bastante elemental: Cuba lleva años funcionando con un marco demasiado rígido para el mundo económico actual. Sin embargo, hay que entender un verdad: esas reformas fueron presentadas como ajuste técnico, no como revisión profunda de un modelo que durante décadas trató al capital externo y a la autonomía económica como amenazas ideológicas.
Adaptarse al mundo moderno no significa solo abrir una ventana para captar divisas. Significa aceptar estándares de transparencia, previsibilidad, conectividad, profesionalización institucional y confianza. Significa dejar de ver al empresario, al inversor, al periodista independiente o al activista como una figura sospechosa por definición. Significa admitir que las estructuras del siglo XXI no funcionan sobre obediencia política, sino sobre credibilidad, normas claras y margen de acción real. Nada de eso está en la entrevista. Y sin eso, Cuba seguirá intentando entrar al mundo moderno con una cultura política diseñada para mantenerlo a raya.
- Cómo piensan obtener créditos e inversión con deuda, poca fuerza laboral y descrédito
Díaz-Canel tampoco explica cómo piensa financiar una recuperación seria en un país con historial de impagos, aislamiento financiero y baja capacidad de atraer capital.
En el año 2023 Cuba había dejado de pagar más de 500 millones de dólares a acreedores del Club de París, y un estudio de la AFD citando al EIU proyectó la deuda pública cubana en 108,8% del PIB en 2024. Dos años después, agencias de prensa informaban que La Habana buscaba crear un clima “más ágil y transparente” para la inversión extranjera, precisamente porque las trabas regulatorias, el control estatal sobre el trabajo y la crisis habían asustado a muchos posibles inversores. Cuando un gobierno se ve obligado a prometer simplicidad, transparencia y contratación directa, está reconociendo indirectamente que antes ofrecía lo contrario.
Pero el problema no es solo jurídico o financiero. También es político y laboral. ¿Quién invierte a largo plazo en un país con apagones estructurales, emigración masiva, baja confianza institucional, incertidumbre geopolítica, altos índices de criminalidad y una sociedad que en buena medida no cree en el modelo que la gobierna? ¿Quién presta barato a un Estado con antecedentes de impago, sin acceso normal al FMI o al Banco Mundial y con una base productiva debilitada por la salida de su fuerza laboral? Estas no son preguntas hostiles; son preguntas elementales de riesgo. Y la entrevista no ofrece una sola respuesta concreta. Habla de soberanía, pero no explica solvencia. Habla de resistencia, pero no explica credibilidad. Y sin credibilidad, los créditos y la inversión llegan tarde, caros o no llegan.
- Cómo piensan gestionar el fracaso de la política de cuadros, la corrupción y la baja preparación de dirigentes y funcionarios
Otro silencio llamativo es el de la llamada política de cuadros, la corrupción y la calidad del liderazgo administrativo. La crisis cubana no es solo el resultado de una estructura fallida; también lo es de una cultura política donde la lealtad ideológica suele pesar más que la competencia técnica. Díaz-Canel habla como si el sistema necesitara ajustes, pero evita toda reflexión sobre la capacidad real de quienes lo gestionan. Y sin embargo, cualquier cubano sabe que uno de los grandes problemas del país es la combinación de burócratas poco preparados, rotación improvisada, obediencia mecánica y corrupción difusa. No hace falta una confesión oficial para reconocerlo: basta con observar la brecha crónica entre los planes anunciados y los resultados obtenidos, la precariedad de la ejecución estatal y la repetición de errores estratégicos.
La crisis de cuadros es inseparable del diseño político del sistema. En una estructura donde el pluralismo está anulado y la prensa no fiscaliza libremente, el costo de la incompetencia se diluye y el de la crítica se penaliza. Eso protege al aparato, no al país. El resultado es un Estado que a menudo corrige tarde, comunica mal y rara vez asume responsabilidades políticas profundas por errores acumulados. Díaz-Canel no explica cómo piensa romper ese ciclo. Y mientras no lo haga, seguir hablando del sistema como si fuera víctima exclusiva del contexto internacional implica ocultar que buena parte del deterioro viene de dentro: de cuadros mal seleccionados, errores reiterados y una cultura de poder que prefiere la obediencia político-ideológica al talento y capacidades demostradas
- Cómo piensan dialogar con su pueblo y escuchar el disenso y la sociedad civil
La entrevista tampoco responde a una pregunta elemental: ¿cómo piensa el gobierno cubano dialogar con su propia sociedad si sigue tratando el disenso como una anomalía que hay que neutralizar, donde activistas, periodistas, artistas y críticos enfrentan restricciones, vigilancia, castigo o exilio forzado? En ese contexto, hablar de escuchar al pueblo resulta vacío si no se precisa a qué pueblo se refiere el poder: al que aplaude en actos oficiales o también al que critica, documenta abusos, reclama derechos y pide cambios políticos que conducen al desarrollo.
Un diálogo serio con la sociedad civil no consiste en convocar a sectores alineados ni en permitir una participación decorativa. Requiere reconocer interlocutores autónomos, aceptar la crítica como parte de la vida pública y renunciar a la idea de que toda voz independiente es un brazo del enemigo. Nada de eso aparece en la entrevista. Y sin ese cambio, cualquier apelación a la unidad nacional queda reducida a una vieja fórmula disciplinaria: unidad significa obediencia y pueblo significa quienes no discuten el monopolio del partido. Esa lógica pudo funcionar mejor en otras épocas. En la Cuba actual, solo profundiza la distancia entre Estado y sociedad.
- Si piensan desmantelar o reformar las estructuras represivas del Estado
La última gran omisión es también una de las más decisivas: Díaz-Canel no dice nada sobre la posibilidad de reformar, limitar o desmontar las estructuras represivas del Estado. Sin embargo, cualquier análisis serio del futuro cubano pasa por esa cuestión. Mientras el aparato de seguridad siga siendo el gran garante del orden interno, mientras la vigilancia y la penalización del disenso sigan formando parte del funcionamiento normal del sistema, cualquier apertura será parcial, reversible y profundamente desconfiada. Human Rights Watch sigue documentando detenciones arbitrarias y castigo a la crítica, y Amnistía Internacional describe patrones persistentes de represión, prohibiciones de salida y exilio forzado.
Un país donde la crítica se reprime, la prensa libre no existe y la autonomía se sospecha no construye confianza duradera, ni dentro ni fuera. No la construyen los ciudadanos, no la construyen los inversores y no la construyen los propios cuadros intermedios del sistema, que aprenden a obedecer antes que a decidir. Si Díaz-Canel no puede o no quiere explicar qué piensa hacer con ese aparato represivo, entonces su silencio dice bastante: el sistema sigue concibiendo la coerción no como residuo del pasado, sino como parte de su presente funcional. Y eso vuelve mucho más creíble la hipótesis de que el poder no busca reformarse a fondo, sino administrarse mejor.
En conjunto, todo lo que Díaz-Canel no dijo en su entrevista pesa tanto o más que lo que sí dijo. Las omisiones no son accidentales. Dibujan los límites reales del discurso oficial. Habla de embargo, pero no de envejecimiento. Habla de soberanía, pero no de fuga demográfica. Habla de resistencia, pero no de remesas. Habla de legitimidad, pero no de plebiscito ni de competencia política. Habla de sistema, pero no de cuadros, corrupción, seguridad jurídica o estructuras represivas.
Ha sido en la entrevista, una vez más, un gobernante que solo puede explicar su país desplazando la discusión hacia el enemigo exterior, el pasado heroico o la abstracción ideológica, porque el presente le resulta demasiado difícil de defender con hechos.