Díaz-Canel “habló en vivo”, pero el poder ya no se atreve a soltarlo sin edición

El mensaje televisivo de Miguel Díaz-Canel al pueblo cubano ayer jueves, presentado como un ejercicio “en vivo” en medio de la crisis energética y la tensión con Washington, terminó convertido en otra escena de control: no tanto por lo que dijo, sino por lo que muchos espectadores creen haber visto alrededor del formato. Y en memes también, obvio.

Mientras el Gobierno insistía en la idea de comparecencia ante el pueblo, en redes y conversaciones privadas se impuso otra lectura: aquello parecía grabado, revisado y soltado cuando ya no había riesgo. En el contenido, Díaz-Canel habló de “diálogo” con Estados Unidos bajo condiciones de respeto, mezcló denuncias sobre presiones externas con llamados internos a resistir, y colocó el momento dentro del guion político habitual de plaza sitiada y disciplina social.

La sospecha sobre el “falso vivo” no nació de una teoría sofisticada, sino de detalles pequeños que, en Cuba, pesan más que un parte oficial.

Uno de los elementos más comentados fue el reloj de la periodista Arleen Rodríguez Derivet, que marcaba una hora cercana a las cinco en plena transmisión, un dato que no encajaría con el horario en que se ubicaba el supuesto intercambio.

El primero en alertarlo en las redes fue el periodista Siro Cuartel, quien dijo a Cubanos por el Mundo que se dio cuenta porque donde se encontraba, había una pantalla grande poniendo la intervención del mandatario cubano y se fijó en que la hora en el reloj de Arleen no coincidía con la hora en que supuestamente se estaba efectuando la transmisión.

A partir de ahí, se sucedieron los señalamientos a ese pormenor, que de pormenor tiene bien poco.

A eso se sumó el carácter del panel: corresponsales de medios asociados y aliados del Gobierno cubano, en una sala sin presencia de agencias y prensa internacional tradicional; de esas que suelen incomodar con preguntas menos domesticables. El resultado, para muchos, fue una puesta en escena cerrada, con el menú de preguntas ya masticado, diseñada para que nada se saliera del carril.

En ese contexto, y dado el contexto actual que se vive en la isla, la lectura política se vuelve inevitable: si antes el poder cuidaba la imagen por protocolo, ahora parece cuidar al propio orador por desconfianza.

Fuentes consultadas por Cubanos por el Mundo aseguraron bajo anonimato que la intervención no fue autorizada como transmisión abierta precisamente por temor a una “metedura de pata” de Díaz-Canel en tiempo real.

La versión que circula en esos círculos describe un proceso de grabación realizado la tarde-noche previa, con revisión interna y aprobación escalonada, motivado por dos miedos concretos: que el mandatario improvisara con una frase absurda imposible de recoger después —el antecedente de “el limón es la base de todo” sigue funcionando como trauma cultural— y que un periodista, en un entorno realmente en vivo, lo pusiera contra la pared con una pregunta no pactada. Debido a eso se pactaron preguntas básicas y respuestas con apoyo escrito delante.

Siempre según esa reconstrucción, la cadena de filtros habría pasado por estructuras del Comité Central y por el aparato de orientación ideológica, con referencias directas a la vieja guardia del Departamento de Orientación Revolucionaria como paraguas de supervisión, y con un control final atribuido al círculo histórico que todavía manda realmente en el país, aunque sin exponerse públicamente. En esa misma versión, el “grupo de Raúl” habría exigido ver el material, discutirlo y autorizarlo antes de su salida, aunque la propia fuente matiza un detalle revelador: Raúl Castro, dice, habría escuchado la intervención desde el momento en que se grabó, pero aun así el video fue sometido después a “análisis”, como si la confianza no alcanzara ni para lo ya escuchado por el jefe. Esa frase, repetida con sorna en chats privados, resume el momento: no es que el país no crea en Díaz-Canel; es que su propio sistema parece no creer en él.

Sin embargo, nadie se dio cuenta del reloj.

Nada de esto ha sido reconocido por las autoridades, y el Gobierno no ha explicado las inconsistencias de formato señaladas en redes. Se escudan, por el contrario, en que “nunca se dijo que era en vivo”, aunque todo el mundo entendió que en vivo era.

Pero el punto de fondo es otro: en una Cuba donde casi todo se produce como escenografía, la audiencia se ha entrenado para detectar el truco, y cuando lo detecta, el daño no es sólo para el presentador, sino para la institución que lo pone ahí.

Si la comparecencia era, en teoría, un intento de autoridad de Díaz-Canel en medio del apagón, el efecto paralelo fue mostrar un poder que se mueve con pánico a su propio portavoz, como si la continuidad ya no dependiera de convencer a la gente, sino de evitar que el presidente vuelva a hablar sin que alguien, antes, le quite el micrófono con la edición.

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