En La Habana, el silencio se rompió bajo el peso de un adiós desgarrador, cuando familiares, amigos y vecinos se reunieron en el barrio Luyanó para despedir a Jonathan Oliva, el pequeño cuya vida se apagó trágicamente el lunes, víctima de las devastadoras inundaciones que azotaron la ciudad.
El cuerpo del niño llegó a su hogar en la calle Fábrica, en el municipio Diez de Octubre, dentro de un sencillo ataúd que decenas de personas acompañaron en procesión.
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Allí, entre murmullos y lágrimas, la vivienda familiar se convirtió en el epicentro de una despedida que nadie imaginó tan pronto. Cientos de rostros se congregaron alrededor, testigos de un duelo que trascendió las paredes del humilde barrio.
Jonathan, a quien sus seres queridos llamaban “Papito”, perdió la vida al ser arrastrado por un tragante en medio de las aguas desbordadas mientras volvía de la escuela.
La corriente lo llevó hacia el desagüe, y en un instante, su figura desapareció. Equipos de bomberos, policía y rescatistas se movilizaron sin descanso, pero no fue hasta el martes, tras largas horas de angustia, que encontraron su cuerpo.
Sus padres, Roly y Yami, no estuvieron presentes en el momento del accidente. Sin embargo, el golpe llegó después, cuando reconocieron a su hijo en las imágenes que circularon: la ropa empapada y el contorno de su pequeño cuerpo fueron suficientes.
La tragedia, grabada por testigos, se convirtió en un momento sumamente desgarrador no solo para La Habana, sino para toda la isla.
La despedida marcó el fin de una búsqueda desesperada y el inicio de un luto que abraza a Luyanó. Entre las calles aún húmedas y los corazones rotos, la comunidad se aferra a la memoria de un niño que, en su corta vida, dejó una huella profunda.
Redacción de Cubanos por el Mundo