Economía sin corbata, Capítulo 3: DEUDA, BENEFICIO, RIQUEZA

Economía sin corbataDEUDA

«El infierno está donde yo estoy…» Eso dijo Mefistófeles en la famosa obra de Christopher Marlowe Doctor Fausto. Como una nube negra que le rodea, Mefistófeles lleva consigo el infierno a todas partes. «Estoy dentro de él dondequiera que me encuentre», le explica a Fausto, quien al ver a Mefistófeles se pregunta si no ha llegado de repente a ese infausto lugar.

La historia de Fausto que vende su alma a Mefistófeles es una de las que aún no has leído. Es una historia sombría para mayores. No te la habíamos ocultado por ser demasiado gore, porque los cuentos de los Hermanos Grimm son mucho peores. No, la razón por la cual no es adecuada para los más jóvenes es porque, esencialmente, en ella se aborda un concepto que es a la vez injusto y difícil de comprender: la deuda.

En la historia de Marlowe pasa lo siguiente: Mefistófeles se acerca al doctor Fausto para ofrecerle casi todos los placeres que desee durante veinte años con la condición de que Fausto le prometa que, pasados esos veinte años, le entregará su alma. Fausto se lo piensa y decide que veinte años de felicidad son suficientes, y que no le importa lo que haga Mefistófeles después con su alma. Así que acepta. Mefistófeles le sonríe y le pide a Fausto que firme un contrato no con tinta, sino con sangre, para que tenga mayor valor simbólico.

Si lo miras fríamente, este documento es un contrato de préstamo que «establece» la deuda de Fausto con Mefistófeles:

«Recibo de ti veinte años de felicidad y te prometo que, cuando el préstamo caduque, recibirás mi alma».

Las deudas existen desde siempre. Cuando en un momento difícil un vecino iba a ayudar a otro, el segundo le daba las gracias y le decía: «Estoy en deuda contigo». Ambos sabían, sin que hiciera falta un contrato, que si en el futuro el que había prestado su ayuda necesitaba algo, el otro le devolvería la buena acción «saldando» su deuda moral. Pero este tipo de solidaridad se diferencia de la deuda en dos cosas, por lo menos en el sentido en que la percibimos hoy: primero, el contrato y, segundo, el interés.

El contrato convierte un acuerdo informal (por ejemplo, «tú me ayudas hoy y yo te ayudaré mañana») en una obligación formal con condiciones concretas que toman la forma de valores de cambio expresados en dinero. El desembolso de intereses significa que la persona que da algo hoy recibirá en el futuro otra cosa de mayor valor. En otras palabras, mientras en el ámbito de la solidaridad el incentivo de la ayuda es la conciencia de estar haciendo una buena acción, en el caso del contrato de préstamo, el incentivo es la plusvalía, es decir que se obtenga en el futuro algo con mayor valor de cambio del que se ha dado hoy. O, para decirlo de otra manera, cuando eres solidario con los demás y les ofreces algo de valor, tu recompensa sólo tiene valor simbólico. Pero si el préstamo se produce dentro de una sociedad de mercado, es decir, en la esfera de los valores de cambio, tu recompensa también tiene valor de cambio: el interés.

La historia de Fausto y de su deuda con Mefistófeles es importante porque refleja la ansiedad de las personas en la época en que las «sociedades con mercados» en que vivían se convertían en «sociedades de mercado». No es casualidad que Marlowe escribiera su obra en el siglo XVI, cuando los valores de cambio empezaban poco a poco a imponerse sobre los valores experienciales. Por eso te decía que la historia de Fausto y Mefistófeles no es un cuento infantil, porque explica hechos dolorosos para la humanidad.

A lo mejor habrás oído decir que el islam prohíbe el cobro de interés. Los musulmanes consideran inadmisible que uno gane dinero prestando a otro, es decir, que gane con la deuda del otro. Eso también era así en el cristianismo, cuando Marlowe escribió su obra teatral. Los cristianos, como hoy los musulmanes, también consideraban un gran pecado el préstamo con interés. De hecho, existían textos religiosos enteros que describían «el parto del dinero» (en griego, τoκeτóς, que significa ’parto’, de donde deriva τóκoς, ‘interés’) como algo que se forma en el vientre de la serpiente que arrastró a Adán y Eva al pecado. Eso explica que no sea una casualidad que en aquella época, en el siglo XVI, los bancos recién fundados pertenecieran a judíos, puesto que la religión judía era la única que no prohibía el préstamo con interés.

Evidentemente, el paso de las sociedades con mercados a sociedades de mercado hizo que se replanteasen esos mandatos religiosos y la prohibición legal del interés. Que el interés estuviera mal visto era incompatible con la comercialización de la tierra y del trabajo, de las que hemos hablado en el capítulo anterior. Eso tenía que cambiar. Y cambió.

En este cambio tuvo un papel importante el movimiento protestante, que se separó de la Iglesia católica y adoptó la mentalidad de los comerciantes, aceptando el préstamo con interés, el interés y el tipo de interés. Protestantes y católicos estuvieron en guerra por lo menos durante cien años, cosa que marcó para siempre a Europa y que demuestra que los cambios sociales no suelen suceder sin derramamiento de sangre.

Para volver un poco al Doctor Fausto, déjame decirte que hoy la versión de la obra que más se lee y se representa en los teatros no es la escrita por Marlowe, sino una más moderna escrita por el alemán Goethe en el siglo XIX. Es interesante fijarse en la diferencia fundamental entre estas dos versiones. En la versión de Marlowe, después de los veinte años, Fausto suplica a Mefistófeles que le libere de su contrato y que no le lleve consigo al Infierno, pero éste no le hace caso. En cambio, en la versión de Goethe al final Fausto se salva del Infierno.

Deja que te diga qué diferencia veo en los dos finales: en la época en que escribía Marlowe, tener una deuda con intereses era un gran pecado, como ya te he dicho. El público del teatro quería que Fausto fuera castigado porque no había dudado en prometer a Mefistófeles la forma suprema de interés (la entrega de su alma) para disfrutar de veinte años de felicidad. Sin embargo, en la época de Goethe las cosas habían cambiado. Los valores de cambio habían triunfado sobre los valores intangibles. El interés del dinero prestado se había convertido en un valor moral y políticamente aceptable, el valor de cambio.

Por lo tanto, el público de Goethe era más comprensivo con Fausto. Fausto era lo contrario a Ebenezer Scrooge. Como bien sabes, en la historia navideña de Charles Dickens, Scrooge había ahorrado y acumulado riquezas durante toda su vida, cobrando montones de intereses y gastando lo mínimo. Pero al final, tras haber soñado con los fantasmas de la Navidad, empezó a gastar sin mesura. Y entonces, por primera vez, supo lo que era disfrutar de la vida.

Si te fijas, Fausto hizo justo lo contrario. Cogió un préstamo al principio para disfrutar de las alegrías de la vida y aceptó sufrir al final, pagando por ello un «interés» muy alto. De los dos, Scrooge y Fausto, ¿quién crees que encajaba mejor en la nueva sociedad de mercado que se había creado cuando escribía Goethe? Fausto, claro. ¿Por qué? Porque si todos fuésemos como Scrooge, es decir, avaros que acumulan riqueza sin gastar nada, los mercados se derrumbarían, ya que nadie compraría nada, las tiendas y las fábricas cerrarían, y la sociedad de mercado se hundiría en una crisis profunda.

La deuda es para las sociedades lo que es el Infierno para el cristianismo: algo tan necesario como desagradable.

 BENEFICIO

«La culpa de todo la tiene el dinero.» Habrás escuchado esta frase muy a menudo. Aunque es muy cínica y tristemente pesimista para la humanidad, por desgracia quizá contenga gran parte de verdad. Pero déjame que te diga de entrada que, aunque hoy la culpa de todo la tenga el dinero, las cosas no siempre fueron así.

Puede que todo sea culpa del poder, de la gloria, incluso de la fama póstuma (piensa en las pirámides de Egipto). Puede que el dinero siempre haya sido importante para conseguir lo que se quiere. Pero no es cierto que el dinero siempre haya sido lo único importante. El dinero, el beneficio, era uno de los medios para conseguir un objetivo. Pero no era un fin en sí mismo de la manera que lo es hoy.

A un señor feudal nunca se le hubiera ocurrido vender su castillo, por mucho dinero que le ofrecieran. Se consideraría a sí mismo como un ser inmoral y juzgaría la venta del castillo familiar como el pecado más grande. ¡Qué degradante! Y si se hubiera visto obligado a hacerlo por necesidad —algo raro—, se habría sentido humillado, un ser despreciable o un fracasado, aunque le hubiesen pagado toneladas de dinero. Hoy en cambio no hay castillo, pintura o yate que deje de venderse si tiene un buen precio. ¿Cómo ocurrió este cambio? ¿Cómo pasó el dinero de ser un medio a ser un fin en sí mismo? La respuesta —no te va a sorprender— tiene que ver con el triunfo de los valores de cambio sobre los valores experienciales. Tiene que ver con la transición de las sociedades con mercados a las sociedades de mercado, de las que hemos hablado en el capítulo anterior.

Para que entiendas el nuevo papel del dinero, primero tengo que hablarte de cómo la aparición de las sociedades de mercado cambió el papel de la deuda; de cómo la deuda se convirtió en «la materia prima» del beneficio, y de cómo este proceso convirtió el beneficio, la rentabilidad, el dinero, en un fin en sí mismo.

Hace aproximadamente tres siglos, la tierra y el trabajo se convirtieron en mercancías y eso hizo que aparecieran las sociedades de mercado, ¿recuerdas? Pasó cuando la deuda y el beneficio se hicieron «colegas». Veamos cómo.

Durante el feudalismo el proceso de producción de superávit —que es imprescindible para la «civilización», como hemos visto en el capítulo 1— tenía tres etapas: producción, distribución y deuda. Es decir, al principio los siervos trabajaban la tierra y producían alimentos (producción); luego el dueño de esas tierras, el señor feudal, mandaba al capataz a recoger (con violencia si hacía falta) la parte que le correspondía (distribución del superávit entre el señor feudal y los siervos); y finalmente, el señor feudal vendía los alimentos que no necesitaba, recibía dinero a cambio, y prestaba una parte de lo que recibía para tener un dominio sobre quien recibía el préstamo, el prestatario, o para pagar servicios a terceros (deuda).

Pero cuando la tierra y el trabajo se comercializaron, se produjo el gran cambio: la distribución del superávit no se hacía después de la producción, se realizaba antes incluso de que empezara a producirse. Te recuerdo que en Gran Bretaña los siervos habían sido expulsados de la tierra y su lugar lo habían ocupado… las ovejas. Ahora el terrateniente le alquilaba la tierra a los antiguos siervos, que se ocupaban de la producción de lana y de los cultivos, actividades de las cuales debían sacar un beneficio para pagar tanto el alquiler al terrateniente como los sueldos a los pocos trabajadores que tenían. En otras palabras, algunos antiguos siervos organizaban la producción como pequeños empresarios que le alquilaban la tierra al terrateniente o contrataban el trabajo de siervos sin tierra para que se encargaran del trabajo manual.

Sin embargo, para poner en marcha este proceso, antes de poder ganar dinero (y obtener la lana), estos pequeños empresarios debían encontrarlo donde fuera para alquilar la tierra y pagar a los trabajadores asalariados. Es decir, la distribución del superávit se decidía antes incluso de que éste se produjera, ya que los ingresos de los terratenientes, el alquiler y los sueldos de los trabajadores se repartían antes de que empezara la producción.

Y ¿dónde encontraban el dinero los pequeños empresarios para pagar por adelantado sueldos y alquileres? Pedían préstamos, por supuesto. Por ejemplo, los terratenientes se los concedían a fin de que se les devolviera el dinero con intereses, y varios tipos de usureros prestaban dinero para pagar por adelantado los sueldos. ¿Sabes qué significa eso? Dos cosas.

Primero, significa que la deuda se convirtió en la parte más importante del proceso productivo. Las etapas de producción del superávit cambiaron por completo. Donde antes t e n í a m o s producción-distribución-deuda,   ahora aparecía: deuda-distribución-producción.

Segundo, significa que el beneficio se convirtió en el objeto de culto de la nueva clase empresarial. El beneficio era para el pequeño empresario una cuestión de supervivencia: una mala cosecha o un producto cuyo precio cayera en picado podía significar que no podría pagar los préstamos que tenía ni los intereses de éstos. Si eso sucedía, se convertiría en esclavo de la deuda. Lo mismo que Fausto…

 RIQUEZA

Espero haberte convencido de que la aparición del beneficio (como punto de referencia central de las sociedades) va ligada tanto al triunfo de los valores de cambio sobre los valores experienciales como al Gran Cambio que situó la deuda al principio de la cadena económica y la producción al final.

La misma historia, desde un punto de vista un poco diferente, se puede expresar de la siguiente manera: las sociedades de mercado modernas nacieron gracias a la comercialización del trabajo y de la tierra. Esta comercialización creó la clase obrera (empezando por la expulsión de los siervos de la tierra de sus antepasados) y, a la vez, la primera clase empresarial en las regiones rurales de Gran Bretaña. Para poner en marcha sus negocios, antes tenían que pagar el alquiler y los sueldos a los trabajadores, así que creaban… deuda, pidiendo préstamos a usureros y terratenientes. Y la deuda   creó el beneficio como fin en sí mismo; como algo necesario para que sobrevivieran los empresarios, los trabajadores y la sociedad de mercado en general.

«Pero ¿no fue siempre así?», te preguntarás. No, no fue siempre así para nada. Durante el feudalismo, existían tanto el terrateniente como el siervo. Los siervos producían por cuenta propia y recibían una parte de lo que sobrara, del superávit, después de que el terrateniente se hubiese quedado con «su» parte. No había sueldos. No había beneficio. La riqueza se acumulaba en el castillo del señor feudal y algunas deudas incluso se firmaban más tarde (es decir, cuando la producción había terminado y la cosecha se había distribuido). En estas sociedades con mercados, el beneficio no era un fin en sí mismo y la deuda no era importante. A los poderosos les interesaba más ser ricos mediante el robo a otros señores feudales o pueblos, conspirando para ganarse los favores del rey o a través de guerras o duelos. Así aseguraban su riqueza, su poder y la gloria con la que soñaban. Ni se les ocurría pensar en el beneficio. Por eso decía que las sociedades de mercado convirtieron en inseparables la deuda, el beneficio y la riqueza.

Todos sabemos que el beneficio va asociado a la riqueza. El beneficio es como el agua que corre por el grifo para llenar la bañera. La cantidad de agua que se acumula en la bañera sería la riqueza. Cuanta más agua corre por el grifo (beneficio), más sube el nivel del agua en la bañera (riqueza). Esto lo sabemos todos. Lo que algunos no saben es que la riqueza de las sociedades de mercado «se alimenta» de la deuda. «¿Cómo es posible?», me preguntarás. «¿La deuda no hará que acabemos como el doctor Fausto?». Te respondo: es muy probable que así sea. Sin embargo, la inmensa riqueza que se creó en los últimos tres siglos se debe a la deuda. Como te decía antes, la deuda es para las sociedades del mercado lo que es el Infierno para el cristianismo: algo desagradable, pero necesario.

¿Cómo pudo la deuda crear tanta riqueza y al mismo tiempo tanta infelicidad? Los señores feudales no necesitaban mejorar su tecnología para producir más y crear más riqueza. Su posición dominante estaba asegurada políticamente, legalmente, económicamente o por protocolo, puesto que la parte de trabajo duro estaba asegurada por los siervos. Al contrario que ellos, los empresarios no tenían ninguna garantía de supervivencia, ni política, ni legal, ni de protocolo. La única manera de sobrevivir era… ganando dinero (consiguiendo beneficios).

Para ganarlo, tenían que seguir siendo los directores de orquesta de la producción. Eso significaba deuda. Tenían que pedir préstamos para seguir siendo… empresarios. Pero si querían pagar sus préstamos, y encima con interés, tenían que vender más barato, para no perder clientes ante la competencia. Por muy mal que pagaran a los trabajadores asalariados, la única manera de asegurar su supervivencia era aumentar la producción de su trabajo. Y la única manera de conseguirlo era con la ayuda de la tecnología. Principalmente por eso fue por lo que empezaron a utilizarse inventos como la máquina de vapor de James Watt, que convirtió los laboratorios en fábricas. No obstante,   la   tecnología   es   cara.   Y,   para   comprarla, para «invertir» en ella, había que pedir más préstamos.

¿Lo ves? La deuda se convirtió en el «combustible», en «la máquina de vapor» de la Revolución industrial. Y ésta creó mucha riqueza, pero también mucha infelicidad, como vimos en el capítulo anterior.

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