LA LÍNEA DEL TIEMPO
Comerciantes ha habido siempre. Empresarios, no. ¿Qué quiero decir? Una cosa es el propietario de una flota de barcos que compraba lana al terrateniente inglés y, poniendo en riesgo su vida, la transportaba hasta la India para intercambiarla por seda (que traía de vuelta a Inglaterra para venderla, obteniendo un beneficio enorme); y otra cosa es el empresario que emplea la tierra comercializada y la «combina» con trabajo comercializado (asalariado) con el objetivo de producir y vender mercancías. Este modelo de empresario nació al mismo tiempo que la sociedad de mercado. ¿Y sabes qué es lo más interesante? Que dicho empresario actúa como un mago de la «línea del tiempo».
Imagínate al empresario de pie ante una membrana muy fina, como una cortina que se alza justo encima de la «línea del tiempo»; dicha membrana está colgada verticalmente y separa el presente, donde se encuentra él, del futuro, que puede ver vagamente delante de él.
Rápidamente, el empresario mete la mano a través de la membrana. Él sigue en el presente, pero su mano ha entrado en el futuro. A tientas, coge el valor de cambio y lo trae de forma violenta del futuro a nuestro lado de la «línea del tiempo», el presente.
De este modo, el empresario puede invertir el valor de cambio traído del futuro en procesos productivos que generarán este valor con posterioridad, para que se liquide la deuda del futuro, para que se restablezca el equilibrio y para que se genere, finalmente, una riqueza que de otra manera sería difícil que se creara.
Ésta es la importancia de la deuda en las sociedades de mercado. Moviliza los futuros valores para que… se produzcan. Se trata de verdadera magia. Desgraciadamente, como en todo cuento de magos, no tarda en aparecer la temible magia negra. El papel de los magos malvados en mi «cuento» está reservado a los banqueros. Sin ellos, la historia no estaría completa. Porque en realidad, no es el empresario el que decide que su mano traspase la membrana para coger el valor futuro. La mano del empresario tiene voluntad propia, sus propios intereses. Esa mano es un ser aparte: es… el banquero.
Para poner en marcha el proceso productivo, el empresario necesita la intervención de esa mano derecha autónoma, la del banquero, que se ha desarrollado a partir del usurero de la época feudal hasta convertirse en factor todopoderoso de las sociedades de mercado.
LA «MANO» DEL BANQUERO
A diferencia del empresario, el banquero no organiza la producción. Entonces, ¿qué hace exactamente? ¿Por qué acumula en sus manos tanta riqueza? Nos equivocamos si pensamos que el banquero es el intermediario entre los que tienen excedentes de dinero y los que desean tomar este dinero en préstamo; que el banquero es el mediador entre prestamistas y depositantes, que paga a los depositantes un interés que es menos de lo que cobra a los prestatarios y gana en función de esta diferencia.
Antes era así. Hace siglos. En la actualidad sólo en poquísimas ocasiones el banquero tiene el mismo papel. Desde que las sociedades de mercado alcanzaron el pleno desarrollo, la función básica del banquero ya no es la de mediar entre prestamistas y depositantes. En las sociedades de mercado desarrolladas, el banquero no obtiene valor existente (dinero) de unos para después dárselo a otros. Lo obtiene del futuro para que se pueda disponer de él en el presente. ¿Por qué? Porque el valor de cambio que existe no es suficiente para que se active la sociedad de mercado, que requiere inversiones mucho más grandes que los ahorros existentes.
Por esta razón, el banquero, en lugar de ser la mano del empresario que se aprovecha en el presente del valor existente de los ahorros, funciona como la mano figurada del empresario que traspasa la línea del tiempo y coge valor del futuro, valor que no está creado aún, trasladándolo al presente y prestándoselo al empresario para que ponga en marcha la producción, para que se genere beneficio, para que se pague el préstamo al banquero y para que se devuelva el valor que «se robó» del futuro… al futuro.
Por eso llamo al banquero «intermediario diacrónico».
Imagínatelo como alguien que ha robado una de las máquinas del tiempo de H. G. Wells, y la usa para viajar en el tiempo y obtener dinero ayudando a los empresarios del futuro a prestar dinero a los empresarios del presente (que pueden ser incluso las mismas personas), quedándose la diferencia del interés que desembolsa al empresario del futuro y que cobra al empresario de hoy. Se trata de una transacción delicada, ya que de ella depende el «equilibrio diacrónico», es decir el equilibrio entre el presente y el futuro.
El principal problema y la razón por la cual he comparado a los banqueros con la magia negra de los cuentos es la siguiente paradoja: cuanto más equilibrio diacrónico, más motivación tiene la mano del banquero para robar valor del futuro que aumente sus propios porcentajes, puesto que los beneficios del banquero (la diferencia entre los dos intereses que retiene) son proporcionales al tamaño del valor futuro que se traslada al presente. Pero de este modo, obteniendo cada vez más valores del futuro, el banquero acaba desestabilizando el «equilibrio diacrónico». Y eso acaba provocando el… crac.
CRAC
Cuando «la mano» del banquero se pasa de la raya, y grava al presente con obligaciones hacia el futuro que, por mucho que lo intente, no podrá cumplir, es cuando llega el crac. La bancarrota. La quiebra. La hibris2 de la mano del banquero se paga con una némesis muy dolorosa.
Pero para ser menos alegórico y más claro, quiero explicarte exactamente cómo los banqueros trasladan valor de cambio desde el futuro al presente y cuál es el mecanismo que utilizan. Solamente así entenderás que el crac es inevitable.
Supongamos que Miguel hace bicicletas y le pide al banquero 500.000 euros para comprar una máquina que le ayudará a fabricar los cuadros de las bicicletas de fibra de carbono, más ligeros y más resistentes. Pregunta: ¿de dónde sacará el banquero esa cantidad para prestársela a Miguel, con intereses, claro?
No te apresures a contestar: «El banquero prestará a Miguel su dinero o dinero que otros han depositado en su banco». Error. La respuesta correcta es: «De ninguna parte» o «De la nada». Simplemente, el banquero abonará en la cuenta de Miguel la cantidad de 500.000 euros. ¿Qué significa eso? Significa que cuando Miguel mire el saldo disponible de su cuenta, verá con alegría en la pantalla del cajero automático: «Saldo disponible: 500.000 euros». Enseguida, Miguel pagará al fabricante de la máquina transfiriendo 500.000 euros de su cuenta bancaria a la de aquél, y así se habrá creado «de la nada», «de ninguna parte», un importe de 500.000 euros.
Como dijo un conocido economista, el proceso por el cual los bancos crean dinero de la nada es tan fácil que la mente no lo puede entender. Sin embargo, nada nace de la nada. Cuando te digo que el banquero crea de manera mágica 500.000 euros, que los saca de «ninguna parte», lo que quiero decir es lo que decíamos antes: los 500.000 euros vienen del futuro. Son el resultado del proceso que consiste en que la mano del banquero traspasa la cortina, atraviesa la «línea del tiempo», saca el valor que aún no se ha producido, lo trae al presente, se lo da a Miguel (al empresario) y todos esperamos que las nuevas bicicletas de Miguel, con cuadro de fibra de carbono, tengan tanto valor de cambio que se puedan devolver al futuro los euros que nos ha dado, más el interés que le Por la gracia del banquero, Miguel recibe 500.000 euros de la nada o, más concretamente, del futuro. El banquero gana en esta operación un importante porcentaje de intereses: cuanto más dinero haya traído del futuro a los Migueles, mayor será su beneficio. Puesto que no tiene ninguna limitación seria, y puede «crear», es decir traer del futuro, cuanto dinero quiera, los períodos de estabilidad y de desarrollo hacen confiar al banquero en que realmente no hay límites. Por lo tanto, «crea» cada vez más dinero. En realidad, saca cada vez más valor de cambio del futuro y lo trae al presente.
Pero en algún momento los Migueles del presente no pueden producir todo ese valor que exige el futuro. Piensa que no sólo piden préstamos los Migueles, es decir, los que producen cosas útiles, sino también otros que utilizan el dinero prestado para jugar (especular), comprando casas o edificios con la esperanza de que su precio aumentará, podrán venderlos más caros y cobrarán más, aunque no hayan contribuido en nada a la economía.
En la práctica, llega un momento en el que los Migueles y los especuladores no pueden liquidar los préstamos del banquero, que no puede devolver el dinero al futuro. Cierran negocios y tiendas. Las personas pierden su trabajo. Los precios de los inmuebles caen y, de este modo, los especuladores están en bancarrota. Otras tiendas y negocios que han sobrevivido a la primera ola de la crisis ven cómo bajan sus ventas y, al final, cierran. Despiden a más empleados. En poco tiempo los mismos bancos se quedan con montones de préstamos que han dado a los Migueles y a los especuladores, préstamos que explotan como burbujas. Los depositantes sospechan que los bancos tienen problemas y piden que se les devuelva su dinero. Los bancos no tienen dinero suficiente, ya que lo han utilizado para sus propios objetivos, y se ven obligados a cerrar. Cuando la gente oye que los bancos han cerrado, les entra el pánico y el crac se generaliza.
¿Ves qué ha pasado? Cuando el equilibrio entre presente y futuro se mantiene, todo va bien. Los Migueles producen bicicletas bonitas, los fabricantes de las máquinas que compran los Migueles contratan a más empleados, los empleados compran bicicletas y más bienes, los especuladores ganan sin producir nada. Pero dentro del vientre de esta economía en desarrollo se esconde la semilla del mal, el embrión del monstruo, la excusa que encontrará la magia negra, es decir, el sistema bancario, para crear caos, terror e infelicidad: el equilibrio crea el desequilibrio; la estabilidad, la inestabilidad, y el desarrollo, el crac. Y detrás de esta creación contradictoria del mal se esconde la mano del banquero.
¿Recuerdas que te decía que la deuda es necesaria para las sociedades de mercado? ¿Que sin deuda no hay beneficio? ¿Y que sin beneficio no hay superávit? Ahora añado lo siguiente: el mismo proceso que crea el beneficio y la riqueza, crea también el crac, las crisis. Cuanto más estable es el proceso de desarrollo, más motivos tienen los banqueros para utilizar sus poderes mágicos. No obstante, sin que se den cuenta, su magia traspasa el límite, se convierte en magia negra, e inmediatamente llega el crac. Y el crac no es nada más que la desestabilización repentina del equilibrio diacrónico, por lo que el presente tiene que confesar al futuro que no puede devolverle lo que le debe.
ESTADO
En el momento del crac, si la sociedad de mercado es abandonada a su suerte, empieza una caída generalizada y retroalimentada. Los empresarios son incapaces de actuar, puesto que están en quiebra o al borde de la bancarrota. Los bancos están igual. Los mercados quedan paralizados. El resto de personas se aprieta el cinturón, recortando sus gastos todo lo que pueden. Pero eso hace que disminuya aún más la demanda de mercancías, el consumo, que se reduzcan más los mercados, etcétera. En suma, el crac desencadena la crisis.
¿Quién puede parar la caída? Una vez que las personas se han visto atrapadas en esta espiral catastrófica, solamente el Estado puede actuar. Y eso viene ocurriendo desde el siglo XIX. Fue entonces cuando se dieron las primeras crisis económicas de las sociedades de mercado y la presión de los ciudadanos furiosos obligó a los Estados a intervenir. ¿Cómo?
Las primeras intervenciones políticas afectan al sistema bancario, la raíz del mal. En el momento en que estalla el pánico y los bancos se derrumban uno tras otro, la única forma de detener la catástrofe es que intervenga el Estado y que, de alguna manera, ponga fin a la reacción en cadena; es decir, que permita que los bancos que iban a cerrar se mantengan abiertos.
¿Cómo? Prestándoles dinero. Pero ¿cómo encontrará el Estado tanto dinero en tan poco tiempo?
Para que eso sea posible, el Estado se ve obligado a crear un banco propio, al que denominamos «Banco Central», que en los momentos difíciles presta dinero a los banqueros. ¿De dónde les presta dinero? De la nada. Simplemente, en un momento malo, como sucedió con el banco comercial que «creó» 500.000 euros para prestarlos al fabricante de bicicletas llamado Miguel (¿te acuerdas del ejemplo anterior?), el Banco Central «crea» millones, o billones, si hacen falta, para dárselos al banco comercial. Pero para poder hacer algo así, el Banco Central debe tener el monopolio del dinero impreso. Es así como el Estado consiguió tener el derecho exclusivo de imprimir billetes y de gestionar la moneda.
El monopolio estatal del dinero impreso y el papel del Banco Central como «prestamista del último momento» son necesarios para que se limiten los cracs, para que se ponga freno al pánico, para que se estabilice de alguna manera la economía de mercado. Pero no es en absoluto suficiente. Por eso, los Estados poco a poco se han visto obligados a tomar más medidas, como, por ejemplo, garantizar los depósitos de los ciudadanos (hasta cierto punto) para que no se destruyan todos a la vez cuando un banco entre en quiebra (algo inevitable). Sin estas garantías, nada más escuchar que «algo no va bien en la economía», los depositantes acudirían a los bancos para sacar su dinero, los bancos no tendrían suficiente liquidez para dárselo a todos, esto confirmaría el temor de los depositantes a la llegada del crac y, así, ¡llegaría el crac! Ésta es la razón por la cual se impuso a los Estados la obligación de garantizar los depósitos: para no tener un crac cada dos por tres.
Muchas veces se oye decir «el problema es el Estado». Y también: «Si el Estado dejara a los ciudadanos tranquilos, sin intervenir, las cosas estarían mucho mejor». Tonterías. La única razón por la que el Estado se vio obligado a garantizar los depósitos y a hacerse cargo del monopolio del dinero fue porque en períodos en los que no intervenía, y en los que a los ciudadanos «se les dejaba tranquilos», había un crac tras otro. En momentos de crac, cuando todo se derrumbaba, los ciudadanos exigían al Estado que «hiciera algo». Y después de la crisis reclamaban al Estado que pusiera normas a los banqueros para que no volviera a pasar lo mismo.
ESTADO Y BANQUEROS: UNA RELACIÓN TÓXICA
Pero aquí tenemos una contradicción. El Estado debería garantizar que los bancos no cierren si llega el crac. Pero para conseguirlo el Estado debería imponer límites a «la mano» del banquero para que no saque del futuro más valor del que puede producir el presente. Pero estos dos objetivos son incompatibles.
En el momento en que el banquero sabe que el Estado acudirá a salvarlo en un momento difícil, no tiene ningún motivo para temer, para restringir los préstamos que da, siempre con alguna contraprestación económica. Cuantas más reglas imponen los Estados a los banqueros para delimitar la tendencia de éstos a conceder préstamos durante las épocas de bonanza económica que llevan al crac, mayor es el aliciente de los banqueros para encontrar una manera de infringir estas reglas, en contra del interés general. Y puesto que los banqueros tienen más poder económico que los cargos políticos de las instituciones públicas (que se supone que controlan y hacen obedecer a los banqueros) en comparación con los ciudadanos de a pie, los banqueros tienden a aprovecharse de su posición dominante.
En realidad, el Estado sí debería salvar a los bancos porque, ciertamente, es importante que no cierren —para que no se pierdan los depósitos de los ciudadanos y para que no se derrumbe el sistema de pago que constituye el «sistema circulatorio» de la economía—, pero no a los banqueros. Debería mandar a los banqueros a casa, sanear los bancos y, luego, si el Estado no quiere quedárselos, venderlos a nuevos propietarios. Pero estos nuevos propietarios deberían saber que, si llevan los bancos que acaban de adquirir a la bancarrota (por prestar de manera imprudente, por ejemplo), los perderán.
Desgraciadamente, la mayoría de las veces los políticos que gobiernan el Estado salvan a los banqueros, usando el dinero de los ciudadanos más pobres. A cambio, los banqueros financian la campaña electoral de los políticos que tan bien los han tratado. El resultado es una relación demasiado «estrecha» entre políticos y banqueros. Una relación perjudicial para el resto de la sociedad.
Como ves, la idea de que el Estado es amigo de los banqueros y acabará salvándolos hace que los banqueros sean insolentes y negligentes. Puede que después de un crac se vuelvan un poco más cuidadosos, pero en cuanto se tranquilizan algo las cosas, después de que el Estado los salve y regrese la estabilidad, vuelven otra vez a crear dinero sacando valores del futuro y trasladándolos a un presente que no puede producirlos.
¿Qué decíamos antes? La estabilidad nos lleva a la inestabilidad y el equilibrio diacrónico es alterado por las decisiones desequilibradas que hacen los banqueros.
DEUDA PÚBLICA: EL FANTASMA DEL DRAMA
En la sociedad en la que vivimos pasa algo muy sorprendente: en los períodos de bienestar los empresarios y los banqueros están en contra del Estado. Le acusan de ser un «obstáculo para el desarrollo». Un «parásito» que chupa la sangre de la «economía privada», es decir, de ellos mismos, a través de los impuestos. Se oponen enérgicamente a cualquier medida política esencial para la economía social. ¿Por qué? Por dos razones.
Primero, porque temen que el Estado imponga limitaciones a la deuda privada que puedan generar los bancos (recuerda que sin deuda privada no hay beneficio privado). Segundo, porque no quieren que el Estado tenga gastos sociales (para los hospitales públicos, las escuelas, las artes y la cultura, la lucha contra la pobreza, etcétera), ya que éstos requieren impuestos que temen que pagarán ellos, por la sencilla razón de que cuánto más ricos sean más impuestos pagarán.
El crac bancario y la crisis que normalmente trae aparejada cambian radicalmente este panorama: cuando empieza la reacción en cadena que lleva a los banqueros al borde de la quiebra, banqueros y empresarios exigen ayuda del Estado. Reclaman que les salve con dinero público y no les importa de dónde lo obtenga. Es lógico por su parte: quieren que la sociedad les proteja en los momentos difíciles, pero, cuando las cosas les van bien, le dan la espalda a la sociedad. Los más listos incluso expresan su posición con visiones filosóficas del tipo «el concepto de sociedad no está bien definido», mientras que los aún más «progresistas» sostienen que «no hay algo que se pueda llamar sociedad».
Pero dejando de lado la oratoria de los poderosos, existe también la realidad. Ésta nos dice que el Estado es necesario para que los ciudadanos poderosos puedan acumular cada vez más superávit. Te he explicado ya que si el Estado no creara dinero para poder compensar los sobresaltos del sistema bancario, la sociedad de mercado se hundiría. No es ésta la única razón por la cual el Estado es necesario para la rentabilidad y para la supervivencia de los poderosos. Hay muchas más razones.
Una de ellas es que sin la violencia estatal los poderosos no podrían hacerse ricos. Retomemos la historia de cómo surgió en Gran Bretaña la primera economía de mercado. ¿Recuerdas que te decía que todo empezó cuando echaron a los siervos de la tierra de sus antepasados? ¿Cómo crees que los terratenientes consiguieron echarlos? Mediante el uso de la violencia estatal. El Estado ayudó a los terratenientes a echar a los agricultores indignados, enviando unidades militares. Y ¿cómo crees que consiguió mantener la «paz social» cuando una minoría vivía en la abundancia y tenía todas las comodidades, mientras la inmensa mayoría se moría de hambre en los barrios de chabolas de Manchester, Birmingham y del propio Londres? Bajo la amenaza de las armas de la policía y del ejército. Para decirlo de una forma más sencilla, sin violencia estatal no podrían existir ni beneficio privado ni economía de mercado.
Pero el Estado no sólo ha regalado la violencia estatal a los ciudadanos poderosos. También ha construido vías para que circulen los productos del campo y de las fábricas, y edificios horrorosos en los que colocar a los desempleados enfermos y oprimidos, para que no vaguen por las calles suscitando en la «buena» sociedad una sensación de inseguridad y rechazo. También ha construido hospitales o implantado campañas contra las epidemias que han contribuido al milagro de la Revolución industrial. Ha fundado escuelas para enseñar a leer y escribir a los futuros obreros para que puedan ofrecer más valor de cambio a sus empleadores privados.
Todos estos «regalos» estatales han estabilizado la sociedad de mercado y han permitido a los ciudadanos particulares, sobre todo a los más poderosos, hacerse ricos. La riqueza es producida de manera colectiva (por los trabajadores, por los funcionarios del Estado), pero se acumula en manos de los ciudadanos más poderosos; y éstos (a) afirman que la riqueza se debe exclusivamente a ellos, (b) traman contra el Estado «avaricioso» que les quita «su» riqueza a través de los impuestos.
Teniendo en cuenta que los poderosos tienen mucha influencia y pueden presionar al gobierno (por no decir que lo controlan), los impuestos tienden a ser siempre bajos en relación con los gastos del Estado. Los ricos exigen del Estado que les ofrezca todos los servicios que acabo de señalar, pero no quieren pagar los impuestos que les corresponden. En cuanto a los trabajadores, sus sueldos apenas son suficientes para su propia subsistencia y la de sus hijos. Por lo tanto, ¿qué impuestos pueden pagar? Ahora entiendes por qué el Estado ha tenido sistemáticamente más gastos que ingresos. El resultado ha sido la deuda pública.
La diferencia entre los gastos públicos y lo que ingresa el Estado con los impuestos se llama déficit público. Si cada año el Estado tiene un euro de déficit, en diez años el Estado acumula 10 euros de déficit público, más los intereses que tiene que pagar. Y ¿quién le presta dinero al Estado? Los particulares, pero sobre todo… los banqueros. Así es como llegamos a situaciones tan sorprendentes como las que describo a continuación:
- Los poderosos no quieren pagar impuestos para ayudar económicamente al Estado, que hace lo necesario para que ellos no pierdan su poder.
- El Estado se ve obligado a tener déficit y a incrementar sistemáticamente su
- Los poderosos, sobre todo los banqueros, encuentran la oportunidad de fortalecerse más, prestando al Estado (con intereses) el dinero que se oponen a entregarle como
- Cuando ocurre el crac, el Estado acude a salvar a los banqueros con dinero público, que en parte proviene del dinero que crea el Banco Central, así como de los impuestos, de recortes a ayudas y pensiones de los débiles, y de nuevos préstamos de otros poderosos (normalmente extranjeros).
Por mucho que acusen al Estado, los poderosos lo necesitan como necesitan sus riñones o su hígado. Estado y particulares son, en las sociedades de mercado, vasos comunicantes. Cuanto más acusan al Estado los particulares adinerados, más dependientes son de él, aunque no quieran pagarle.
Si miras las cosas con calma y distancia, verás que la deuda pública tiene un papel estabilizador. En las «buenas épocas», cuando la economía crece, el Estado recibe préstamos de los particulares y emprende gastos que aumentan la demanda de mercancías (y por lo tanto, el desarrollo); y los bancos, por su parte, utilizan la deuda pública como patrimonio personal (ya que esperan recibir dinero del Estado) para tomar también ellos mismos préstamos de otros bancos (para prestar dinero a otros particulares, empresarios y familias), etcétera. Cuando ocurre un crac, el Estado y su institución económica más importante, el Banco Central, son los únicos que pueden frenar la catástrofe. Y cuando al crac le sigue una época de crisis y de escasez, el aumento de la deuda pública tiene un papel terapéutico, ya que aporta algo de energía a la economía hundida.
Para cerrar el asunto de la deuda pública y de su papel en las sociedades de mercado, creo que es importante que imagines la deuda como «el fantasma del drama económico». De la misma manera que la conciencia determina a la persona y la hace «humana», diferenciándola totalmente de un robot, la deuda pública funciona entre bastidores como el «espíritu» o el «fantasma» del drama económico que tiene lugar a diario a nuestro alrededor. El papel básico de la deuda pública, en combinación con el Banco Central del Estado, es el de, por un lado, estabilizar las sociedades de mercado, permitiendo que los poderosos lo sigan siendo (al mismo tiempo que ellos se mofan tanto del Estado como de la deuda pública) y, por otro lado, actuar como amortiguador que suaviza las sacudidas de los cracs y de las crisis que les siguen.
DEUDAS, RIQUEZA, ESTADO:UN RESUMEN
La deuda es la materia prima en las sociedades de mercado.¿Qué se produce con esta materia prima? El beneficio, que es la forma que adopta el superávit en las sociedades de mercado. Con él se hacen dos cosas: primero, inversiones en nuevas tecnologías (las bicicletas de fibra de carbono de Miguel, por ejemplo), o se crean puestos de trabajo y nuevos productos; segundo, se genera riqueza para aquellos que tienen acceso al beneficio, que son quienes lo van acumulando.
Si la invención de la agricultura hace doce mil años fue una revolución que creó el superávit, pero también grandes desigualdades (recuerda el capítulo 1), el nacimiento de las sociedades de mercado, en el marco de la Revolución industrial, incrementó tanto los superávits como las desigualdades (te lo explicaré más detalladamente en el siguiente capítulo). Al mismo tiempo apareció un nuevo tipo de Estado, al que se le asignó el necesario papel de mediador. He aquí el porqué: el «milagro» de las sociedades de mercado depende de la magia del sistema bancario, que tiende hacia la magia negra de la misma manera que las moscas se sienten atraídas por la luz. El resultado es que los cracs y las crisis económicas aguardan y exigen del Estado intervenciones extraordinarias:
- Intervenciones que no son, en absoluto, neutrales o imparciales
- Intervenciones que aumentan las las desigualdades
- Intervenciones que aumentan el poder de los banqueros
- Intervenciones que reducen sistemáticamente el poder social de los que no disponen ni de bancos ni de negocios, sino que para vivir dependen sólo del trabajo por el que cobran (o, más exactamente, que esperan poder cobrar, si tienen suerte).
Cada sociedad tiene sus leyendas. La sociedad de mercado no es una excepción. Cuatro son las leyendas fundamentales de nuestra época:
- La deuda privada es algo perjudicial, y las personas sensatas huyen de ella como alma que lleva el
- Los banqueros prestan dinero de los depósitos de los
- El beneficio se produce de forma individual, por los particulares, y el Estado está para redistribuirlo en favor de los más débiles.
- El Estado es parasitario y es un rival en potencia del sector privado, de los
Como todas las leyendas, éstas también contienen algo de verdad. Pero una verdad muy escondida. A cada una de estas leyendas creo que le corresponde una verdad completamente diferente:
- La deuda privada es la materia prima necesaria del beneficio
- La deuda privada lleva al crac y a la crisis porque los bancos producen préstamos de la nada o, mejor dicho, porque cuanto más valor de cambio trasladan del futuro al presente, mayores son las cantidades que ellos ganan.
- En las sociedades de mercado, el superávit se produce de manera colectiva y, después, los que tienen más poder en la sociedad se lo adjudican, con la ayuda del Estado.
- Los bancos son por definición parasitarios, mientras que el Estado tiene un papel de regulador necesario, tanto para manejar las crisis que produce el sector privado como para ayudar a los adinerados a que no pierdan su posición.
- Los poderosos de las sociedades de mercado exigirán la creación de la deuda pública, si es que no se ha creado ya, y el monopolio estatal sobre el (Y si hoy argumentan en contra de la deuda pública y del Banco Central, lo hacen sin arriesgar nada.)
EN RESUMEN
Deuda, beneficio, riquezas, cracs, crisis. Son todos componentes de un mismo drama que roza lo absurdo cuando, tras las crisis debidas a los excesos de los poderosos (especialmente de los banqueros), son ellos mismos quienes rechazan la idea de un Estado mediador que ayude a los más necesitados, pero exigen que el Estado inyecte dinero cuando son ellos los que tienen problemas. Se trata de un rompecabezas complicado, un enigma que puedes resolver con la luz de la lógica tratándolo como si fuera una búsqueda del tesoro en la que el terreno de juego es el planeta entero, con pistas dispersas en todas partes, en cada rincón del globo donde las personas trabajan duramente, se preocupan y sueñan.