EL SÍNDROME DEL DOCTOR FRANKENSTEIN
En una noche oscura del siglo XIX, Mary Shelley y su grupo de amigos, entre los que se encontraba el poeta Lord Byron, se había reunido en una casa de campo en algún lugar de Suiza. Durante toda la noche los rayos y la lluvia cayeron sin parar. Bajo la luz de las velas que centelleaban y los ruidos extraños de la casa en medio de aquel temporal, el grupo de escritores y poetas decidió hacer una competición: escribir cada uno una historia de terror y luego votar cuál de las historias era la más terrorífica.
Shelley inventó la historia del doctor Víctor Frankenstein, un médico de buen corazón que deseaba vencer a la muerte en una época en la que ésta acechaba por todas partes. El cólera, la gripe o la mala nutrición estaban acabando con buena parte de la humanidad. Víctor, gran médico, empieza a experimentar con cadáveres de los que aprovecha las partes mejor conservadas (los órganos, la cabeza, la manos, etcétera) para crear un nuevo ser. Finalmente, utiliza el poder mágico de la electricidad para dar vida a su creación.
De repente la «creación» del doctor Frankenstein «cobra vida», se levanta de la camilla y, pesadamente, empieza a andar sin ayuda. A diferencia de Prometeo, quien amó sus creaciones, Víctor siente miedo y rechazo por el ser que ha creado, lo abandona y sale huyendo.
El monstruo, a quien los demás no aceptan, acaba asesinando a muchas personas, incluida a la mujer de Víctor, como venganza por el abandono y la soledad insoportable a los que lo ha condenado su creador. Al final, también acaba matando a Víctor, que lo ha perseguido hasta el Polo Norte para destruirlo, arrepentido por haber creado una criatura tan peligrosa para la humanidad.
¿Qué relación tiene esta historia con todo lo que te he contado hasta ahora sobre economía? Mucha. En la época en la que Mary Shelley la escribió, pocos años antes de la guerra de independencia de Grecia, nacía en Europa la sociedad de mercado y estallaba la Revolución industrial (como decíamos en el capítulo 2). El triunfo de los valores de cambio que trajo la comercialización del trabajo y de la tierra abrió el camino a la mercantilización de la producción. Ésta se apoyaba cada vez más en las máquinas, empezando por las máquinas de vapor.
¿Por qué? Porque, como hemos visto en el capítulo 3, el beneficio se había convertido por primera vez en un fin en sí mismo, puesto que los empresarios pioneros asumían primero la deuda para poner en marcha la producción. Sin el beneficio, se convertirían en esclavos de sus prestamistas, como el doctor Fausto de Mefistófeles, ¿recuerdas?
Por eso la ingeniería mecánica, la electricidad, el magnetismo, etcétera, adquirieron un mayor valor de cambio, aparte de su valor experiencial (por la satisfacción del invento y por la creación de un nuevo conocimiento): las máquinas que se fabricaban sobre la base de métodos científicos y de investigación incrementaban la producción del trabajador, reducían el coste y, de este modo, permitían a los empresarios sobrevivir. Y si lo vemos desde la perspectiva de la sociedad en conjunto, poco a poco la humanidad empezó a construir máquinas que trabajaban para ella sin protestar, permitiéndonos vivir mejor y poder soñar con una sociedad sin trabajo, o sin aquellos trabajos no deseados, una sociedad como la de Star Trek, en la que todas las personas exploran el espacio y se dedican a mantener conversaciones filosóficas, mientras sus alimentos salen automáticamente de un agujero de la pared, igual que todo lo que les hace falta: desde ropa hasta herramientas, instrumentos musicales, joyas, etcétera.
Sin embargo, las máquinas que encontramos en las fábricas, en el campo, en las tiendas, en las oficinas, en todas partes, no han acabado con la pobreza, el hambre, la desigualdad, la preocupación por la supervivencia, ni siquiera han acabado con los trabajos más duros ni han reducido las horas de las jornadas laborales. Todo lo contrario. Que las máquinas fabriquen cada vez más productos no ha hecho nuestra vida más fácil: ahora sufrimos más estrés, la calidad de nuestro trabajo es peor, la inseguridad es mayor, como mayores son la angustia por perder el que ya tenemos o encontrar uno nuevo que nos garantice el pan de cada día. Parecemos hámsters en una rueda que, por muy deprisa que corra, no va a ningún lado. Al final, en vez de que trabajen las máquinas para nosotros, parece que somos nosotros los que trabajamos para mantener a nuestras máquinas.
En este sentido, la novela de Mary Shelley tenía exactamente este objetivo: el de ser una alegoría que advierte a los humanos de que, si no tenemos cuidado, la tecnología puede crear un monstruo que nos esclavizará y nos destruirá, en lugar de ser un sirviente de la humanidad; un logro del espíritu humano, como el triunfo del doctor Frankenstein de crear vida a partir de un cadáver, que, sin embargo, se vuelve en contra de su creador, con trágicos resultados.
«MATRIX» COMO DOCUMENTAL
No es una casualidad que la literatura y el cine muestren el miedo de los humanos ante sus creaciones. El cuento Gachas dulces de los hermanos Grimm, El aprendiz de brujo de Goethe y por supuesto películas como Blade Runner o Terminator se basan en este miedo. Sin embargo, hay una obra de ciencia ficción que es una digna sucesora del Frankenstein de Mary Shelley, por lo menos respecto a la comparación con la tendencia de las sociedades de mercado a utilizar la tecnología de una manera que nos esclaviza en lugar de liberarnos: la película Matrix (sobre todo la primera película de la trilogía), dirigida en 1999 por los hermanos Wackowski.
E n Matrix la sublevación de nuestras creaciones es algo más que un caso de «homicidio del creador». A diferencia del monstruo que Víctor Frankenstein creó a partir de pedazos de cadáveres y que atacaba a los humanos por pura ansiedad existencial, y al contrario también que las máquinas de la saga cinematográfica Terminator, que quieren exterminar a los humanos para dominar el planeta, en Matrix vemos una sociedad en la que las máquinas ya se han impuesto a los humanos y sólo nos mantienen vivos para utilizarnos como generadores eléctricos orgánicos.
¿Qué había pasado? Después de agotar las fuentes de energía del planeta (petróleo, carbón, gas natural), los humanos iniciaron una guerra fratricida, llegando al extremo de utilizar armas nucleares que destruyeron las ciudades y cubrieron el planeta con una nube negra que no dejaba llegar a la superficie de la Tierra ni siquiera la energía solar. En aquel momento las máquinas —nuestras creaciones— cobraron conciencia, llegaron a la conclusión de que éramos algo así como un virus idiota que destruye al «organismo» (la Tierra) en el que vive y decidieron dominar el planeta. Pero, como ya no quedaban fuentes de energía con que alimentarse, las máquinas decidieron esclavizarnos convirtiéndonos en generadores eléctricos. ¿Cómo? Encerrando nuestros cuerpos en cápsulas donde nos alimentaban como a las plantas, mientras el calor de nuestro cuerpo se canalizaba hasta las fábricas de producción de energía solar que movía la sociedad de las máquinas.
Según el guión de la película, en el mundo de Matrix las almas de las personas enjauladas no soportaban el aislamiento y la privación total de libertad. Los cuerpos se morían y la economía de las máquinas corría el riesgo de caer en una crisis energética. Por eso las máquinas crearon Matrix: una realidad virtual que se proyectaba en los cerebros de los cuerpos esclavizados de los humanos, mediante cables que unían las cabezas de éstos con la Red de Matrix. Dicha realidad virtual evitaba que entendieran la situación de esclavitud y explotación absoluta en la que se encontraban. En otras palabras, les creaba la ilusión de una vida atractiva, humana, al mismo tiempo que sus cuerpos seguían funcionando como generadores eléctricos sin vida en provecho de la sociedad de las máquinas.
Los hermanos Wackowski concibieron Matrix como una alegoría futurista de ciencia ficción, como ocurría con Frankenstein. Pero, igual que el Frankenstein de Mary Shelley, la película se puede ver como un documental, como una radiografía del presente, en vez de como la expresión de un miedo al futuro. Si alguna vez ves la película Tiempos modernos, que rodó en 1936 Charles Chaplin, quizá entiendas lo que quiero decir. A partir de la Revolución industrial, cuando las máquinas empezaron a participar activamente en la producción, teníamos que elegir entre: ( a) adaptarnos a las necesidades de la mecanización de la producción, convirtiéndonos en accesorios de las máquinas, de las redes, de las necesidades de producción, o (b) quedarnos entre los olvidados del mercado laboral.
Y no son sólo los trabajadores los que se convierten en accesorios de las máquinas. También los que los emplean, los empresarios, se enfrentan a la complicada elección entre: (a) aplastar cualquier resistencia del empleado a la comercialización de su alma y a la mecanización de su cuerpo, o (b) ir ellos mismos a la bancarrota, puesto que sus competidores les robarán su clientela (aprovechando la reducción del coste laboral para abaratar sus precios). Sencillamente, sea como trabajadores, sea como empleadores, tendemos a convertirnos en sirvientes de nuestras creaciones. En accesorios de las máquinas. En los generadores eléctricos de Matrix.
Desde este punto de vista, la película Matrix no es más que una versión extrema de lo que escribió Karl Marx, el revolucionario más famoso del siglo XIX, influido notablemente por el Frankenstein de Shelley. Marx dijo que las máquinas de producción eran el «poder al que tenemos que sucumbir…». No sólo como trabajadores, sino también como empleadores. Como personas que se arrodillan y entran al servicio de sus creaciones mecánicas.
¿Entiendes ahora por qué digo que la película Matrix es más interesante vista como un documental del presente que como ciencia ficción de un futuro lamentable?
EL SECRETO DEL VALOR DE CAMBIO
El acercamiento a la ciencia ficción que yo buscaba contándote la historia del doctor Frankenstein y de Matrix ayuda a entender no el futuro, sino lo que sucede hoy a nuestro alrededor. Nos descubre un espíritu, un fantasma, que vive en las entrañas de las sociedades de mercado y las desestabiliza. ¿Qué fantasma? El trabajo humano.
Para que entiendas por qué afirmo algo tan extraño como que el trabajo de las personas desestabiliza las sociedades de mercado, permíteme que te explique algo muy sencillo: las máquinas que han ocupado la Tierra en la película Matrix, las que usan los cuerpos humanos como generadores eléctricos, obviamente han creado, según el guión de la película, una economía propia, elaborada. A medida que va avanzando la trilogía de Matrix, esto se percibe en el hecho de que las máquinas nuevas se obtienen de las antiguas, unas producen materias primas para que se hagan accesorios y recambios, y otras máquinas trabajan diseñando y perfeccionando la tecnología (lo que significa también que las máquinas no dejan de mejorar); así, una legión entera de máquinas (virtuales) vigila la realidad virtual de Matrix (que se proyecta en la mente de los humanos-esclavos), y otra legión (real) de máquinas persigue exterminar a los pocos humanos que escapan y se resisten, etcétera.
PERO ¿PUEDE ESTA «ECONOMÍA» DE LAS MÁQUINAS SER CONSIDERADA COMO ALGO EQUIVALENTE A LA SOCIEDAD DE MERCADO? ¿PRODUCEN ESTAS MÁQUINAS «VALOR DE CAMBIO»?
He aquí la pregunta. Como es normal, la respuesta depende de cómo definamos la sociedad y el valor de cambio. Pero sobre todo, de cómo diferenciemos el concepto de valor del de función.
Coge, por ejemplo, un viejo reloj mecánico. Los resortes y los diminutos engranajes de su interior funcionan cada uno por separado, pero también todos juntos para «dar» la hora correcta. Se parecen a un organismo, por la perfección con que funcionan de manera conjunta una pieza con la otra. Pero ¿forman una sociedad? ¿Producen valor? Como no habrás visto muchos relojes mecánicos, piensa en tu ordenador: su complicado software hace que la máquina funcione, le da vida y le permite, por ejemplo, descargar vídeos de YouTube cuando tú se lo pides. Pero ¿produce valor por sí mismo, con independencia de ti, o sea del usuario humano?
El funcionamiento tanto de un reloj mecánico como de un ordenador es realmente complicado. Pero no tiene nada de lo que caracteriza a una sociedad o a un mercado, o a una sociedad de mercado. Y eso es porque el concepto de valor de cambio no tiene sentido dentro de un sistema mecánico que carece del factor humano.
Cuando los relojeros estudian las arandelas, los engranajes y los recambios de los relojes que intentan arreglar, se refieren a su funcionamiento. Cuando los informáticos discuten sobre los sistemas completamente automatizados de los ordenadores, no tienen ningún motivo para utilizar el término valor para describir la filtración de líquidos del microprocesador… Ellos también hablan de funcionamientos, de exportación e importación de datos, etcétera. En todas estas circunstancias el término valor es inútil y vacío de contenido. De hecho, sería totalmente absurdo hablar del valor de cambio del producto de un muelle (o de un microprocesador) en relación con otro componente dentro de la misma unidad mecánica que estamos estudiando.
Teniendo en cuenta lo anterior, permíteme una conclusión sencilla: no hay ninguna razón para usar un concepto tan difícil como valor de cambio aplicado a un sistema en el que faltan las personas, sobre todo cuando tenemos una palabra más sencilla, funcionamiento. Precisamente por la misma razón, es una tontería confundir una red mecánica, un sistema o un organismo con el concepto de sociedad. En un mundo sin personas (o en un mundo en el cual las personas han perdido por completo el control de su mente, como en Matrix) los conceptos sociedad de mercado y valor de cambio están fuera de tiempo y de lugar.
En conclusión, el secreto del valor de cambio y aquello que lo convierte en un concepto tan útil es el factor humano; la libre voluntad de los seres humanos que tienen conciencia de sí mismos.
Pero ¿en qué se diferencia una persona con iniciativa propia, de un robot sofisticado? ¿Qué diferencia exactamente a la «sociedad» de las máquinas de Matrix, de la sociedad de las personas? Y desde el punto de vista económico, ¿qué es lo que esas dos sociedades nos explican acerca de los valores de cambio y los precios (en euros, dólares o yenes)?
¿QUÉ NOS HACE HUMANOS?
En la película Blade Runner el protagonista, Rick Deckard (interpretado por Harrison Ford), tiene la difícil misión de encontrar robots con apariencia humana (androides o replicantes, según el guión) fugados de las fábricas en las que
sus propietarios los obligaban a trabajar, y acabar con ellos (disparándoles con una pistola especial). Estamos en un futuro en el que la tecnología se ha desarrollado tanto que se hace difícil distinguir un androide de un ser humano real. De hecho, la última generación de androides ha empezado a tener sentimientos y quiere ser libre, por lo que la misión de Rick se ha vuelto inhumana.
En realidad, la película Blade Runner trata de definir qué es un ser humano. ¿Qué partes de ti deben sustituirse por componentes mecánicos para que dejes de ser humano? Una persona con un pie amputado o un sordo de nacimiento no dejan de ser humanos por llevar una pierna ortopédica o un implante coclear (un oído biónico). Supongamos ahora que empezamos a sustituir un órgano tras otro: corazón mecánico, pulmones mecánicos, pies mecánicos, hígado y riñones artificiales. Esa persona, ¿sigue siendo humana? Por supuesto. ¿Y si continuamos con el cerebro? Por ejemplo, ¿qué pasa si le colocamos un microchip en un punto estratégico del cerebro, como se hace con algunos enfermos de párkinson? Seguirá siendo humano.
Para no alargarme, en algún momento se sustituirá «algo» que hará que esa persona se convierta en un androide antropomorfo, como los de Blade Runner. Una sociedad de estos androides se parecerá más a Matrix que a una sociedad de humanos. Dejará de producir valores de cambio. Funcionará como una red de ordenadores, capaz de construir ciudades impresionantes, pero incapaz de producir valores de cambio e incapaz de ser considerada como «sociedad de mercado». Estas ciudades se parecerán más a colmenas que a sociedades, y sus miembros, más a abejas que a ciudadanos.
Puede que no podamos definir cuál es esta «pieza» que al ser sustituida dentro de nosotros haría que nos convirtiéramos en un androide. Pero no hace falta definir esta «pieza», este «algo» que nos hace humanos: basta con que sepamos que existe y que sin ello no se puede concebir el concepto de valor de cambio o de sociedad de mercado.
LA RESISTENCIA DEL TRABAJO HUMANO A LA COMERCIALIZACIÓN
Una legión de androides trabajadores es el sueño de cualquier empleador. De todo empresario. Trabajarían de sol a sol no sólo en trabajos manuales, sino también como arquitectos, diseñadores de otras máquinas e inventores. Sin exigir nada, (aparte de los requisitos técnicos, como mantenimiento regular, lubricación, energía), sin problemas psicológicos, sin necesidad de vacaciones, sin tener opinión sobre la empresa y, por supuesto, sin ninguna inclinación hacia el sindicalismo.
Sin embargo, que se cumpliera el sueño de todo empleador supondría la destrucción de la sociedad de mercado. ¿Recuerdas que decíamos que no puede haber valores de cambio sin el factor humano de producción? Si la producción se dejara en manos de los androides, ninguno de los productos fabricados por éstos tendría valor de cambio. Se vendería en cantidades ilimitadas hasta que su precio, su valor de cambio, tendería a cero. Exactamente como en la sociedad tecnológica de Matrix, o en el interior de un ordenador, donde vemos una producción inmensa, miles de circuitos en funcionamiento, pero ningún precio, ningún valor de cambio. En una versión menos pesimista, una revolución tecnológica de este tipo quizá propiciaría la abolición de los valores de cambio sin abolir la sociedad humana, como ocurre en Star Treck, donde las máquinas producen mientras la gente explora el Universo y habla sobre el sentido de la vida…
Si no me equivoco y la producción de valor requiere la participación de los humanos, entonces hemos dado con una contradicción interesante escondida en la base de las sociedades de mercado actuales. Es la siguiente: por un lado, las grandes empresas, que fabrican grandes cantidades de productos que todos deseamos, luchan por mecanizar su proceso de producción para reducir sus costes (si visitas las fábricas modernas de coches o de ordenadores, verás montones de robots mecánicos trabajando con la mínima intervención humana); por otro lado, sin embargo, al mismo tiempo que las empresas consiguen sustituir los empleados por robots y mecanizar sus comportamientos, el valor de sus productos tiende a cero.
Dicho brevemente: cuanto más éxito tienen las grandes empresas al sustituir a los trabajadores por máquinas y cuanto más mecánico es el trabajo humano, menor es el valor de los productos fabricados por nuestra sociedad y menores son los beneficios de las empresas.
Como te decía, es el sueño de todo empresario que, al cumplirse, deja de ser un sueño y se convierte en una pesadilla. Como dicen los ingleses: «¡Teme al dios que cumple lo que más deseas!».
En este punto ya entiendes por qué he empezado este capítulo hablándote de maravillas de la ciencia ficción como Frankestein, Matrix y Blade Runner que, aparentemente, no tienen relación con la economía. Pero sí la tienen: tienen mucho que ver con la economía y sobre todo con las crisis que afectan a las sociedades de mercado.
Debido a la fuerte competencia que hay entre ellas, las grandes empresas se sienten obligadas a hacer que sus empleados, en la medida de lo posible, parezcan máquinas productivas. También a que la contratación de un empleado sea lo más parecido al alquiler de un generador eléctrico o de un androide. No obstante, por mucho que los empresarios lo intenten, esto es imposible. El ser humano, aunque no lo quiera, nunca perderá su capacidad de sorprenderse a sí mismo (con su ingenio o con su inclinación hacia la autodestrucción), de rebelarse, de mostrar un comportamiento imprevisible (y, por tanto, diferente al de los generadores eléctricos) y de superar aquello para lo que está «programado» (de una manera que un androide no podría entender nunca).
Lo extraño de esta historia es que el fracaso de las empresas para vencer la resistencia de sus trabajadores y para convertirles en dóciles androides es lo que salva las sociedades de mercado. ¿Por qué? Porque, si lo consiguieran, los valores de cambio, los precios y los beneficios de las empresas se anularían, destruyendo la base de las sociedades de mercado: el beneficio.
Éste es, para mí, el significado de la última escena de Blade Runner: en ella el protagonista, Rick Deckard, enamorado de una de las androides que ha desarrollado sentimientos, escapa con ella (en lugar de destruirla) y deja de perseguir a esas criaturas cuya trayectoria ha resultado ser justamente la contraria de la de los trabajadores de hoy: mientras en la actualidad los trabajadores se resisten a ser convertidos en androides —resistencia que permite la supervivencia de las sociedades de mercado—, los androides de Blade Runner han conseguido dejar de ser androides, superar su naturaleza mecánica y volverse humanos, ofreciéndonos la esperanza de que el avance de la tecnología no conducirá necesariamente a la realidad pesimista de Matrix, sino a algo más cercano a la utopía de Star Trek.
CRISIS DE BENEFICIOS: LA RESISTENCIA DE LAS SOCIEDADES HUMANAS «DE» MERCADO A MATRIX
En el capítulo anterior te he hablado de la «línea del tiempo» y de cómo los banqueros la traspasan para trasladar valores futuros al presente; es decir, crean una gran deuda que, en las sociedades de mercado, es el requisito para la producción de grandes superávits, de la tecnología más avanzada y de una inmensa riqueza, pero también de desigualdades insalvables y, por supuesto, de crisis inevitables, puesto que los banqueros tienen buenos motivos para «pasarse»: para traer del futuro cada vez más valores que el presente, en algún momento, no podrá devolver.
En este capítulo hemos descubierto otra razón que provoca las crisis, más allá de la insolencia de los banqueros que provoca el castigo de los cracs. ¿Cuál era esa razón? Era la tendencia de las empresas a mecanizar el proceso de producción. Una tendencia que, al principio, significa un gran impulso para las sociedades de mercado. Cuando el propietario de una fábrica, al intentar reducir el coste e incrementar la producción, encarga una nueva máquina de vapor (siglo XIX) o un nuevo sistema robótico (hoy), sin querer inicia una virtuosa reacción en cadena.
La empresa que fabrica las máquinas contrata empleados para cumplir el encargo. Éstos obtienen ingresos con los que compran casas, coches, van a restaurantes, etcétera. Los contratistas, los fabricantes de automóviles y los dueños de los restaurantes aumentan sus ingresos. Proceden ellos también a hacer inversiones. Y así sucesivamente. Incluso cuando el desarrollo tecnológico elimina puestos de trabajo, como, por ejemplo, cuando el coche sustituyó al caballo (eliminado los trabajos de herradores, de los palafreneros, de los fabricantes de calesas), creó otros muchos puestos de trabajo en nuevos sectores (por ejemplo, en la construcción de calles, en gasolineras, en la industria de automóviles). Se trata del círculo virtuoso que desencadena la combinación de la competencia entre los empresarios con el desarrollo tecnológico, que crea nuevas máquinas fantásticas.
Pero al mismo tiempo que se desarrolla el círculo, la semilla de la crisis empieza a brotar dentro de él. Al mismo tiempo que las máquinas, esos esclavos mecánicos creados por el ser humano, fabrican productos necesarios y crean más puestos de trabajo, sin que nos demos cuenta el fantasma de la crisis empieza a sobrevolar nuestras sociedades. Como ves, la mecanización progresiva del proceso de producción acerca a nuestras sociedades a Matrix: a una situación en la que las máquinas fabrican productos pero también otras máquinas. Solas, sin que nos necesiten a nosotros, las personas.
¿Recuerdas lo que hemos dicho sobre la economía de Matrix? Hemos dicho que fabrica productos increíbles, construye ciudades impresionantes, pero no puede producir una cosa: valor de cambio. Cuanto más se mecaniza la producción, es decir, cuanto más se acerca la sociedad de mercado a Matrix, tanto más los valores de cambio tienden a cero. Ésta es, además, la razón por la cual el iPod que has comprado este año era más barato que el primero que te compré hace cinco años en el aeropuerto de Singapur. Lo hicieron robots con mucha menos participación de trabajo humano durante su fabricación.
Cuanto más hace bajar la mecanización de la producción los valores de cambio, más bajan los precios y se reducen los beneficios de las empresas por cada unidad de producción, por cada iPod. En algún momento, la empresa menos potente ve cómo sus beneficios se vuelven negativos y no puede pagar sus deudas. Cierra y despide a sus empleados. Enseguida éstos reducen sus gastos y, en consecuencia, se reducen los ingresos de otros negocios. Los más débiles de estos negocios cierran también. Se despiden más empleados y, de este modo, empieza una reacción en cadena de bancarrotas, desempleo y recesión.
Cuando las negras nubes de la crisis empiezan a aparecer en el horizonte, a los empresarios les entra el pánico. Lo primero que hacen es cancelar los encargos de nuevas máquinas, por la sencilla razón de que prevén que la crisis reducirá la demanda de sus productos y que las nuevas máquinas que han encargado se quedarán inactivas, acumulando polvo, al mismo tiempo que ellos tendrán que seguir liquidando regularmente los préstamos que obtuvieron para comprarlas.
¿No es lógico que cancelen los pedidos?
Estas cancelaciones de pedidos de máquinas, debido a la crisis inminente, provocan dos cosas: primero, acercan la crisis y la aumentan, puesto que los fabricantes de máquinas empiezan ellos también a despedir y a cancelar los pedidos que hicieron a sus proveedores; y segundo, impiden que las sociedades de mercado se conviertan en economías tipo Matrix, porque nada frena de manera más eficaz la mecanización de una sociedad que una crisis económica.
Es como si las sociedades de mercado, poco antes de que se excluya el factor humano de la producción, padecieran un espasmo muy fuerte y doloroso, que evita el triunfo final de Matrix sobre la humanidad…
¿RECUPERACIÓN O PUNTO MUERTO?
Y cuando llega la crisis, ¿qué pasa?
En el «mejor» de los casos la recuperación se produce sola, al perder terreno la mecanización de la sociedad. ¿Lo ves? Cuando la crisis toca fondo y la desesperación se generaliza, los empleados están dispuestos a trabajar por una miseria. De repente el trabajo humano pasa a ser más barato que el «trabajo» de las máquinas. Al mismo tiempo, como han cerrado tantos negocios, muchísimas máquinas se venden a precios muy bajos (por empresas que han cerrado y que también se venden), los precios de los inmuebles han caído en picado y la competencia se ha reducido (puesto que muchas empresas han dejado de funcionar). Además, los negocios que han sobrevivido a la vorágine de la crisis se dan cuenta de que ya no tienen competencia: la mayoría de sus competidores han cerrado. Aunque el pastel del sector en el que operan —pero también el superávit de la sociedad en general— es menor que antes, la parte que corresponde a los pocos negocios que han sobrevivido se incrementa, a la vez que sus gastos se reducen.
He aquí otra gran paradoja de las sociedades de mercado: en general, cuanto peor están las cosas y cuando más negocios están en quiebra, más rápido se incrementa la rentabilidad de los negocios que han sobrevivido. El dicho «tu muerte es mi vida» se convierte en «tu quiebra es mi rentabilidad». A grandes rasgos, dicha gran paradoja de la rentabilidad consiste en que en los períodos de desarrollo y de euforia la rentabilidad tiende a reducirse, puesto que las sociedades de mercado convergen hacia la economía de Matrix. En cambio, durante una crisis hay un momento (no inmediatamente, por supuesto) en que la rentabilidad de los negocios que han sobrevivido empieza a aumentar.
Un empresario que, mientras observa a su alrededor las ruinas que ha dejado la crisis, ve como crece su rentabilidad, ve a los desempleados rogando por un trabajo, ve como las máquinas se venden a una décima parte de su valor y ve también como la competencia ha desaparecido, ese empresario, decíamos, ¿qué crees que hará? ¿No crees que es posible que piense: «Debo aprovechar esta situación porque me ofrece la oportunidad de hacerme con el control del sector en el que opero»? ¿Y cómo crees que hará algo así? Comprando muchas de las máquinas «inactivas», contratando a desempleados y, en general, estableciendo su puesto dominante haciendo lo que haga falta para que otro negocio competitivo no se atreva a entrar de nuevo en el sector: es decir, aumentando su producción y dominando en ese sector.
Ésta es la versión buena de la historia. Si sale bien y muchos empresarios hacen lo mismo en distintos sectores de la economía, aumentarán los ingresos totales, la economía se pondrá de nuevo en funcionamiento y, poco a poco, llegará la recuperación. Pero existe también el caso contrario, la versión mala de la historia.
La versión negativa se da si, antes de la crisis, antes del «espasmo» de la sociedad contra la convergencia de Matrix, la insolencia de los banqueros ha hecho que toda la sociedad (ciudadanos y Estado) haya contraído una deuda desproporcionada. Como ya hemos visto, cada crisis significa que el presente no puede pagar al futuro por el valor que el sistema bancario extrajo de este último. Y cuando el presente no puede pagar al futuro, sólo hay una solución: condonar la deuda, es decir, perdonarla, quitarla. No es una cuestión ética, no es una cuestión de si es correcto y adecuado que no se liquiden las deudas de uno al otro o del presente al futuro. Es una cuestión práctica: cuando el prestatario quiebra, no hay posibilidad de liquidar su deuda. Y punto.
Pero los banqueros no aceptan fácilmente esta dura realidad. Mueven todos los hilos, remueven cielo y tierra para influir en los políticos con el fin de que no se perdonen (condonen) las deudas de los ciudadanos, de las empresas y del Estado hacia ellos. Y eso a pesar de que fueron ellos los responsables de la extracción irracional de valor del futuro para contratar préstamos, es decir, para que se trasladaran al presente valores que el presente en algún momento sería incapaz de devolver al futuro. Fíjate bien, porque tiene gran importancia este intento de los banqueros de que finjamos, como sociedad, que nuestras deudas con el futuro se pueden devolver.
Si los banqueros consiguen evitar la condonación de las deudas que, pase lo que pase, no se pueden liquidar, las deudas se quedan en los libros de los bancos como si se pudiesen liquidar (cuando eso no es posible). Entonces las empresas que han sobrevivido en medio de crisis, aunque quieran contratar o hacer inversiones (por la razón que te he explicado antes), no pueden. ¿Por qué? Por tres razones:
- Primero, porque los bancos no les prestan dinero, puesto que ellos mismos se basan en dinero del que no disponen, es decir, en las deudas de particulares y del Estado hacia ellos, que nunca se les devolverán.
- Segundo, porque las empresas que han sobrevivido, como ya deben mucho, no tienen ningún interés en pedir más préstamos; y lo mismo es aplicable a los hogares muy endeudados que no se atreven a empezar a consumir, aun cuando sus ingresos aumenten
- Tercero, porque el Estado, que también es deficitario y está endeudado, se ve obligado a ayudar a los bancos para que no cierren, aplicando impuestos a las empresas ya heridas y a los hogares endeudados (a favor de los bancos); esas nuevas cargas impiden las inversiones de las empresas y el consumo de los
Queda claro, pues, por qué ésta es la versión negativa. En estas circunstancias, a pesar de que las empresas que han sobrevivido a una crisis profunda tienden a incrementar su rentabilidad, el poder de los banqueros sobre la sociedad (y sobre los políticos) puede impedir la recuperación y dejar a la sociedad de mercado atrapada en el pantano de la recesión permanente. Sólo puede haber mejora si la sociedad se subleva y exige una mediación política coordinada para cancelar estas deudas. Sólo de este modo se puede limpiar el ambiente de la bruma de la deuda, y poner en marcha el proceso de recuperación. Claro que hay también un caso peor, el de una guerra, que obligaría a los políticos a cancelar las deudas, que destruiría máquinas y edificios (junto con miles de personas), y así «mataría» en un santiamén la crisis.
EPÍLOGO: ¿MÁQUINAS ESCLAVAS O MÁQUINAS JEFAS?
El hombre se civilizó produciendo herramientas. Las máquinas son la forma más elevada de herramientas, y los robots inteligentes, la forma más elevada de las máquinas. Al igual que el doctor Frankenstein quería liberar al hombre del miedo a la muerte, las máquinas que fabricamos responden a nuestro deseo razonable de liberarnos de aquellas tareas que nos impiden escribir poesía por la mañana, filosofar por la tarde, ir al teatro por la noche y pasar horas compartiendo la cena con nuestros amigos y familias.
Idealmente, nuestra capacidad de inventar y de producir esclavos mecánicos debería liberarnos y aproximarnos a una sociedad tipo Star Trek, donde todas las personas se dedican a sus preocupaciones existenciales mientras las máquinas realizan las tareas desagradables. Sin embargo, cuando las máquinas pertenecen a unos pocos que las usan como herramientas para obtener beneficios, mientras que la mayoría sólo cobra por su trabajo, entonces las máquinas acaban siendo los jefes de todos: de sus propietarios y de los que trabajan a su lado.
En vez de acercarnos a la utopía de Star Trek, la mecanización de las sociedades de mercado nos acerca a Matrix, hacienda que las máquinas se parezcan más al monstruo que creó el doctor Frankestein. Generaciones enteras se sacrifican en beneficio de las crisis con las que la sociedad de mercado reacciona bruscamente al triunfo de las máquinas. Mientras progresamos, alimentamos inconscientemente la semilla de la próxima crisis y, a la vez, pisoteamos el medio ambiente en el que vivimos, envenenamos el agua que bebemos, contaminamos el aire que respiramos, desgastamos el suelo sobre el que vivimos. Y si la financiación para la producción de maquinaria se hace con la extracción, por parte de los banqueros, de cantidades incontroladas del futuro valor de cambio, entonces las crisis inevitables sacrifican más de una generación de trabajadores, hasta que o un derrocamiento político o una guerra cancelan la deuda y empezamos desde el principio, pero más miserables, más divididos, más deshumanizados y en una Tierra biológicamente más empobrecida.
¿Puede la sociedad escapar de este círculo vicioso que nos acerca a Matrix, que nos hace padecer el espasmo de la crisis que provoca desesperación a millones de personas, y después nos hace emprender de nuevo el camino hacia Matrix hasta el próximo espasmo?
¿Podemos exorcizar los fantasmas que hacen que nuestras creaciones se conviertan en jefes inflexibles de nuestro destino?
¿Existe la posibilidad de utilizar la tecnología en nuestro favor, y en favor del planeta que destruimos cada día?
¿Tenemos alguna respuesta a lo que dijo una de las máquinas en la película Matrix al protagonista, Neo (una de las pocas personas que escaparon e iniciaron la rebelión contra el mundo ficticio de Matrix)?
«Todos los mamíferos de este planeta desarrollan instintivamente un lógico equilibrio con el hábitat natural que les rodea. Pero los humanos no lo hacen. […] Existe otro organismo en este planeta que sigue el mismo patrón. ¿Sabe cuál es? Un virus. Los humanos son una enfermedad. Son el cáncer de este planeta. Son una plaga. Y nosotros somos la única cura.»
Tal vez la máquina tenga razón respecto a cómo nos hemos comportado hasta ahora. De la misma manera que tenía razón la creación del doctor Frankenstein al odiar a los humanos temerosos, y sobre todo a la persona que lo creó. Sin embargo, soy optimista y creo que tu generación puede desmentir al agente Smith. Siempre que no dé por sentada la sociedad de mercado y la idea de que los esclavos mecánicos tienen que pertenecer a algunos, en vez de ser propiedad de la humanidad.