Economía sin corbata, Capítulo 8 DINERO

PRISIONEROS DE GUERRA Y ARBITRAJE

Durante la segunda guerra mundial las autoridades alemanas respetaron solamente a los prisioneros de guerra de los países occidentales. Mientras que a los soldados eslavos, a los gitanos y, desde luego, a los judíos los exterminaban a voluntad, a los prisioneros británicos, canadienses, estadounidenses y franceses los respetaron, cumpliendo con el espíritu y el texto del Convenio de Ginebra.

En 1941, el oficial del ejército británico Richard Radford fue detenido por la Wehrmacht (el ejército de tierra alemán) y acabó en un campo de prisioneros de guerra occidentales. Una vez terminado el conflicto, Radford narró un fenómeno económico muy interesante, tal y como lo vivió en el campo de prisioneros donde permaneció hasta el final.

En su campamento, los prisioneros de diversas nacionalidades vivían en barracones diferentes, entre los cuales por lo general podían moverse libremente. Como ocurría con todos los prisioneros de guerra oficiales, la Cruz Roja (desde su base en Suiza) supervisaba sus condiciones de vida y les abastecía regularmente con paquetes. Los paquetes contenían alimentos, cigarrillos, un poco de café, té y, de vez en cuando, chocolate, etcétera.

El día de recogida de los paquetes de la Cruz Roja era un día de alegría para los prisioneros. Según Radford, los paquetes eran los mismos para todos. Pero sus preferencias no eran las mismas. Los primeros que vieron la oportunidad de ganar algo estableciendo intercambios sistemáticos de bienes entre los prisioneros de diferentes nacionalidades fueron algunos «listos» prisioneros franceses. Pensaron aprovechar el hecho de que el francés medio adora el café, mientras que el inglés medio no puede vivir sin té.

Cada vez que recibían los paquetes de la Cruz Roja, los franceses, hábiles «comerciantes», se acercaban a sus compatriotas, tomaban prestado el té que contenía su paquete, prometiéndoles una cantidad de café, iban al barracón de los prisioneros británicos e intercambiaban el té por el café, que después entregaban a sus compatriotas franceses, como les habían prometido. ¿Por qué lo hacían? Porque ellos se quedaban con una «comisión» del té o el café, por ejemplo, un 5 % por los «servicios» que ofrecían.

En   el  lenguaje   de  los  economistas,   lo  que  hacían   los «comerciantes» franceses se llama arbitraje, es decir, comprar más barato de lo que vendes. En nuestro ejemplo, los astutos franceses en realidad tomaban de los ingleses más café del que entregaban a sus compatriotas a cambio del té que habían tomado prestado: era como si comprasen el té de sus compatriotas más barato (aproximadamente, un 5 % más barato) de lo que lo vendían a los británicos. De este modo, les quedaba un beneficio (plusvalía) del orden de un 5 %.

Obviamente,   cuantos   más  comerciantes   se  dedicaban  al intercambio, mayor era la competencia entre ellos y, en consecuencia, más bajo era el porcentaje de su beneficio. Piensa en lo siguiente: por ejemplo, para que el prisionero Pascal, que se unió tarde al mercado del café y el té, convenciera a sus compatriotas de que le dieran a él su té (y no a los demás «comerciantes»), estaba obligado a ofrecerles más café que los demás «comerciantes» por la misma cantidad de té. Eso equivaldría a ofrecerles un «precio» más alto por su té (medido en gramos de café), lo cual reducía su propio beneficio.

He aquí, pues, cómo en las grandes bolsas de valores del mundo, igual que ocurría en el campo de prisioneros de Radford, la competencia entre los intermediarios reduce el margen del arbitraje.

LOS CIGARRILLOS COMO MEDIDA DE VALORES DE CAMBIO

Muy rápidamente, las transacciones en el campo de prisioneros se ampliaron a otros bienes, y casi todos los prisioneros de guerra empezaron a participar en este mercado espontáneo multinacional, donde cada uno intentaba adquirir cuantas comodidades podía dentro de las condiciones adversas del campo.

Con el desarrollo del comercio entre los compañeros de prisión, rápidamente se alcanzó un equilibrio entre los precios relativos. Si bien al principio cada uno negociaba por separado, y uno intercambiaba una barrita de chocolate por 10 gramos de café, mientras que otro podía intercambiar en el mismo momento una barrita de chocolate por 15 gramos de café, no pasó mucho tiempo hasta que los precios relativos     se equipararon más o menos en todo el campo.

A la equiparación de los valores de cambio, o de los precios relativos, ayudaron anuncios escritos a mano y colgados a la entrada de los barracones con ofertas del tipo: «Vendo 100 gramos de café por 10 barritas de chocolate». Por lo tanto, los precios de negociación se hicieron públicos, exactamente como sucede hoy con las pantallas de Bloomberg instaladas en las bolsas de valores, en las que aparecen en tiempo real todos los precios de las acciones, de los bonos, etcétera. Debido a esta transparencia, y dado que ningún prisionero quería comprar a un precio superior al mínimo ofrecido, los precios de los bienes se estabilizaron en todos los barracones, independientemente de la nacionalidad y de las preferencias de sus «inquilinos».

Como las transacciones incluían muchos bienes diferentes, eran cada vez más complicadas. Por ejemplo, un canadiense ofrecía 100 gramos de café a cambio de 10 barritas de chocolate. Un francés que quería el café pero no tenía chocolate a lo mejor le decía: «Quiero tu café pero no tengo chocolate. Aunque tengo té. Conozco a un escocés en el barracón C5 que intercambia 15 gramos de té por una barrita de chocolate. Así que, si te doy 150 gramos de té, ¿me das los 100 gramos de café?». Así eran las cosas al principio. Pero pronto se produjo un cambio importante: se estabilizó una unidad monetaria que simplificó las transacciones.

Uno de los bienes que más éxito tenía en el campo eran por supuesto los cigarrillos. Por un lado, los fumadores daban todo lo que tenían para adquirirlos (debido a su adicción a la nicotina), y por otro, los no fumadores, cuyos paquetes también contenían cigarrillos (que para ellos no tenían ningún valor de uso), los intercambiaban por chocolate o cualquier otra cosa que les ofrecían los fumadores. En consecuencia, los cigarrillos, a pesar de tener valor de uso sólo para los fumadores, adquirieron el mismo valor de cambio para todos.

Era simplemente una cuestión de tiempo que en todo el campo los cigarrillos se establecieran como unidad de medida de los valores de cambio, o de los precios relativos. ¿Por qué iba a ofrecer el vendedor 10 gramos de café por una barrita de chocolate cuando era posible que los que buscaban comprar café no dispusieran de chocolate, pero sí de otra cosa del mismo valor? Por ejemplo, puede que, en lugar de chocolate, los que querían comprar café dispusieran de té, artículo que el vendedor de café no quería. Era más fácil que el vendedor de café expresara el precio relativo, es decir, el valor de cambio, que ofrecía en términos de «otro» producto que:

  1. fuera resistente (es decir, que no se secara como el pan),
  2. fuera fácil de transportar y no ocupara mucho espacio,
  3. fuera clara y fácilmente divisible,
  4. y tuviera valor de cambio estable en todo el campo (debido a su relativa escasez).

¿Qué producto cumplía con todos estos requisitos? Los cigarrillos, por supuesto. Además, no es casualidad que los cigarrillos destaquen como unidad monetaria extraoficial en todas las prisiones del mundo. Así pues, según Radford, los cigarrillos se convirtieron en un sencillo —y cancerígeno— «bien», en un bien «especial», cuyo valor de cambio superó su valor experiencial o de uso. En aquel momento un cigarrillo tenía las tres cualidades siguientes:

  1. era una fuente de nicotina (algo que le daba valor experiencial o de uso a los fumadores, a pesar del impacto negativo en su salud),
  2. funcionaba como medio de transacción y como medida de comparación rápida de precios,
  3. constituía un medio de almacenamiento de la «riqueza» de los

La última cualidad (c), que respalda la conversión de un bien en unidad monetaria, conduce a un cambio radical del carácter del sistema económico. La razón es sencilla.

Antes de que un bien se convierta en unidad monetaria, tenemos lo que se denomina trueque, por ejemplo, te doy té si me das café. En condiciones de trueque cada transacción constituye a la vez una compra y una venta (puesto que ambas partes venden algo el uno al otro). Sin embargo, en una economía en la que un bien funciona como unidad monetaria, como los cigarrillos en el campo de Radford, esto deja de pasar. Alguien puede fácilmente comprar café utilizando cigarrillos para pagar a un no fumador que no «gasta» inmediatamente los cigarrillos que cobró. Al contrario, los guarda con el fin de utilizarlos en una futura compra o para prestarlos a alguien ganando un interés. Por esta razón, los cigarrillos que ha cogido sirven como medio de ahorro, como una herramienta que le ayudará a acumular valor de cambio.

¿Por qué es importante esto? La razón es que con la introducción del dinero en una economía se crean nuevas y enormes oportunidades, pero también peligros. Un ejemplo de las oportunidades es la posibilidad de ahorro, que te acabo de comentar. Además, cuando alguien tiene la posibilidad de ahorrar, adquiere, a su vez, la posibilidad de prestar, de crear deuda. Y en cuanto a los peligros, imagínate el caso del prisionero de guerra que ahorra cigarrillos con el fin de realizar una gran compra más tarde (ejemplo de ahorro), cuando de repente la Cruz Roja envía toneladas de cigarrillos a los prisioneros y éstos pierden el valor de cambio que tenían, puesto que ahora no escasean en absoluto. ¡Todos sus sacrificios se irían al garete!

¿Entiendes por qué la creación de moneda facilita las transacciones pero requiere confianza, fe en que el valor de cambio de la moneda se mantendrá? No es casualidad que la p a l a b r a νóμισμα (nómisma), «moneda», proceda etimológicamente de la misma raíz que el verbo νoμίζw (nomízo), ‘creer’ (puesto que un sistema monetario se derrumba si los ciudadanos dejan de creer que la moneda mantendrá su valor de cambio) y el sustantivo νóμoς (nómos), ‘ley’ (puesto siempre se ha requerido mediación legal para ayudar a los ciudadanos a creer que su moneda mantendrá realmente su valor de cambio).

EL VALOR DE CAMBIO DEL DINERO: INFLACIÓN Y DEFLACIÓN EN EL CAMPO DE PRISIONEROS

Cuando tenía tu edad, no podía de ninguna manera entender una cosa. Me contaron que hacer un billete de mil dracmas, la moneda que teníamos antes del euro, costaba veinte dracmas.

«Entonces, ¿por qué vale mil dracmas si cuesta sólo veinte?», me preguntaba. Lo único que entendía un poco era que, aunque costaba únicamente veinte dracmas, sólo el Estado podía fabricarlo (acuñar moneda), de ahí el porqué de que algo que costaba veinte tenía valor de cambio de mil unidades monetarias. La clave para este enigma es la diferencia entre el valor de cambio y el valor de uso de la moneda y el monopolio del Estado sobre el derecho de fabricar dinero.

Una respuesta más elaborada a mi pregunta la tenemos en la siguiente observación de Radford: a veces la Cruz Roja ponía en los paquetes más cigarrillos, pero no más chocolate, café o té. Entonces ocurría lo siguiente: cada cigarrillo «compraba» menos café, chocolate o té. Esto tiene su lógica: como había más cigarrillos en relación al total de café y té en el campo, a cada cigarrillo le correspondía menos café o menos té. Y lo contrario: cuanto más escasos eran los cigarrillos en relación al resto de bienes que ponía la Cruz Roja en los paquetes, mayor era el valor de cambio, o el valor adquisitivo de cada cigarrillo. De hecho, Radford contó la siguiente historia, que es muy reveladora e interesante.

Una noche, la aviación aliada bombardeó implacablemente la región donde se encontraba el campo. Las bombas caían cada vez más cerca, hasta que algunas explosionaron dentro del campo. Los prisioneros se pasaron la noche entera preguntándose si seguirían vivos al amanecer. Al día siguiente, el valor de cambio de los cigarrillos se había disparado por las nubes. ¿Por qué? Porque durante aquella larga noche los prisioneros, debido a la ansiedad, y bajo el ruido de las bombas, fumaban un cigarrillo tras otro. Por la mañana, el total de cigarrillos, en relación al resto de bienes, había disminuido y el valor de cambio de los cigarrillos restantes había aumentado considerablemente.

En resumen, el bombardeo había provocado la llamada deflación, es decir, un aumento del valor de cambio de las unidades monetarias provocada por la reducción de la proporción de la cantidad de dinero en relación a la cantidad del resto de bienes. En otras palabras, lo contrario de lo que llamamos inflación, es decir, la reducción del valor de cambio de las unidades monetarias cuando la proporción de las unidades monetarias aumenta en relación a la cantidad del resto de bienes. En períodos de inflación, necesitas cada vez más unidades monetarias para comprar el resto de bienes. Dicho de otra manera, los precios de todos los bienes, en términos de cigarrillos, suben. En cambio, la deflación lleva a la reducción de precios, en términos de cigarrillos, del resto de todos los bienes.

TIPO DE INTERÉS: EL PRECIO DEL DINERO EN EL CAMPO DE PRISIONEROS

Durante el año 1942, cuando el curso de la guerra aún era imprevisible y los prisioneros temían que quizá pasarían años hasta que pudieran volver a sus casas, los precios de los bienes en el campo (en cigarrillos) eran relativamente estables. El sistema económico básico del campo inspiraba confianza en sus miembros. En aquella temporada algunos, los que tenían mayor espíritu comercial, empezaron a actuar como banqueros. Cuando se les presentaba alguien a quien se le había acabado el café y no tenía cigarrillos suficientes para comprar más, el «banquero» le prestaba 10 cigarrillos a condición de que el mes siguiente, cuando recibieran los paquetes de la Cruz Roja, le devolviera 12 cigarrillos.

En otras palabras, el préstamo había superado los límites de amistad y se había convertido en comercio. «Te doy 10 cigarrillos ahora. Me separo de ellos y encima tomo el riesgo de no volver a verlos. Mi tarifa es de 20 % al mes.» ¿Por qué el prestatario acepta esta transacción? La aceptará siempre que prefiera 10 cigarrillos ahora (o los bienes que correspondan a 10 cigarrillos ahora) y 12 menos el mes siguiente, en lugar de ninguno hoy y 12 más el mes siguiente.

Las cosas cambiaron cuando los precios de los bienes, en cigarrillos, empezaron a subir y bajar. Entonces subía y bajaba también el tipo de interés. ¿Qué era lo que determinaba el interés que cobraría el «banquero», por ejemplo, los dos cigarrillos más al mes, que corresponden a un tipo de interés mensual de 20 % sobre el préstamo? Si el «banquero» pidiera, por ejemplo, un tipo de interés del 50 % (es decir,   cinco cigarrillos más el mes siguiente), ¿lo aceptaría el compañero que no tiene cigarrillos?

Cuando los «banqueros» esperaban que el mes siguiente llegara al campo una gran cantidad de cigarrillos, que haría bajar el valor de cambio, esas expectativas les llevaban a subir el tipo de interés que estaban dispuestos a exigir. ¿Por qué? Porque tenían miedo de que al mes siguiente el valor de cambio de los cigarrillos bajara. Es decir, que los precios en cigarrillos subieran, y que un mes más tarde sus cigarrillos equivalieran a menos café, galletas, etcétera, en pocas palabras, que hubiese inflación. De modo que ése era un motivo más para convertir sus cigarrillos en otros bienes inmediatamente, o en todo caso antes de que perdieran su valor.

Para que, a pesar de que esperaba inflación, el prestamista aceptara no convertir sus cigarrillos en otros bienes enseguida, sino prestarlos a otro (que le devolvería cierta cantidad de cigarrillos en el plazo de un mes), el prestatario debía estar de acuerdo en darle una cantidad mayor de cigarrillos el mes siguiente, es decir, ambos debían acordar que el tipo de interés sería más alto a fin de anular la esperada pérdida del valor de los cigarrillos a causa de la inflación.

Como puedes ver, el coste del dinero prestado, el tipo de interés, depende de las expectativas sobre el nivel de precios, sobre la inflación o la deflación. Cuando el «banquero» prevé que el valor de cambio de cada cigarrillo bajará, por ejemplo, un 10 % (es decir, que tendríamos una inflación, o una subida de los precios de los demás bienes, del 10 %, en cigarrillos), pide un tipo de interés más alto. Cuando estaba dispuesto a prestar 10 cigarrillos ahora a cambio de 12 cigarrillos en un mes, se da cuenta de que esos 12 cigarrillos en un mes valdrán menos de lo que esperaba y por eso exige más de 12 cigarrillos en un mes a cambio de 10 cigarrillos ahora. Calcula que, como los cigarrillos perderán mientras tanto el 10 % de su valor, un tipo de interés mensual del 20 % aumentará su poder adquisitivo el mes siguiente sólo por un 20 % – 10 % = 10 %. Así, el verdadero tipo de interés se ha reducido al 10 % (del 20 %) debido a la subida esperada de precios, a causa de la inflación.

Por lo tanto, si antes estaba dispuesto a prestar cigarrillos a condición de aumentar su valor un 20 % dentro de un mes, ahora que espera una inflación mensual del 10 % ya no quiere prestar con el mismo tipo de interés (20 %). ¿Cuál es el tipo de interés que aceptaría? La respuesta es un 30 % mensual, puesto que sabe que los cigarrillos que va a cobrar del «cliente» en un mes se habrán devaluado un 10 %. Entonces, sólo si el tipo mensual es del 30 %, su verdadero tipo mensual será, de nuevo, del 30 % – 10 % = 20 %.

La conclusión de lo anterior es que el tipo de interés tiende a subir en períodos de inflación y a bajar en períodos de deflación. De hecho, en períodos de crisis (como en nuestros días) cae a cero. Pero fíjate que incluso entonces, cuando el tipo de interés es cero, el verdadero tipo de interés es positivo. Por ejemplo, cuando los precios bajan un 10 %, un tipo de interés nulo significa lo siguiente: el prestatario toma 10 cigarrillos hoy, devuelve 10 cigarrillos al «banquero» en un mes, pero esos 10 cigarrillos el mes siguiente tienen mayor valor de cambio que ahora. Este aumento del valor de cambio que ha cobrado el «banquero» es un tipo de interés real positivo, que es igual a la diferencia entre el tipo de interés y la inflación. Así, cuando el tipo de interés es cero y tenemos una deflación de un 10 % (es decir, tenemos inflación –10 %), el tipo de interés real es igual a cero menos el –10 %. ¡Es decir, a 0 – (–10 %) = +10 %!

¿Entiendes por qué, en tiempos de crisis, a causa de la deflación, los verdaderos tipos de interés nunca pueden ser cero? Ésta es una de las razones por las cuales la crisis se retroalimenta por la expectativa de la deflación: el coste de los préstamos sube en medio de una crisis, a pesar de las nulos tipos de interés, y por lo tanto los empresarios evitan pedir préstamos para hacer inversiones, haciendo la crisis más poderosa y duradera.

GRANDES EXPECTATIVAS

Al contrario que la naturaleza, a la que no le importa nada nuestra visión ni nuestras expectativas sobre ella (por ejemplo, el tiempo y el resto de fenómenos naturales suceden independientemente de lo que opinemos nosotros de ellos), en la economía nuestras expectativas tienen un papel determinante. El campo de prisioneros de Radford, como acabamos de ver, es un muy buen ejemplo que viene a añadirse a los mercados edípicos del capítulo anterior.

Las noticias desde el frente tenían un impacto especial en la economía de trueque del campo. Cuando los prisioneros oían —normalmente utilizaban radios que fabricaban ellos mismos, a espaldas de los guardias alemanes— que el ejército alemán marchaba hacia Rusia, calculaban que permanecerían prisioneros mucho tiempo más y, por eso, los precios de los bienes tendían a estabilizarse. Sin embargo, cuando empezaron a ver que se acercaba el final de la guerra, que traería su liberación y la abolición de su economía de trueque, los tipos de interés se dispararon por las nubes, puesto que nadie quería invertir en un futuro incierto, es decir, nadie quería ahorrar cigarrillos para prestarlos a otros.

En algún momento, cuando el frente llegó cerca de las fronteras de Alemania, dejaron de llegar los paquetes de la Cruz Roja. Así que los prisioneros se fumaron los cigarrillos que habían ido acumulando, y las deudas que algunos tenían con los «banqueros» se esfumaron (es decir, como diríamos en la actualidad, se produjo una condonación total de la deuda) y la economía de trueque del campo se derrumbó. Es obvio que una economía monetaria no puede funcionar ni siquiera de una manera elemental bajo unas condiciones de miseria y de inseguridad profundas. Sólo la previsión de un derrumbe es capaz de generar el derrumbe.

DE LOS CIGARRILLOS AL DINERO POLÍTICO: LA DIFERENCIA ENTRE ECONOMÍA DEL CAMPO Y ECONOMÍAS MONETARIAS

Del mismo modo que en los campos y en las prisiones, también en la sociedad algunos bienes funcionan como unidades monetarias, y eso desde la Antigüedad. Estos bienes debían ser relativamente resistentes, y fáciles de almacenar y de transportar. Debían disponer de características «químicas» que fascinaran a la gente (como el oro, que, al contrario que otros metales, no se oxida, o como los cigarrillos, que contienen nicotina adictiva). Debían ser, además, relativamente escasos y tener un valor de uso importante con independencia de su valor de cambio (es decir, como los cigarrillos en las prisiones o el oro que brilla y atrae las miradas).

Los bienes que tenían estas cualidades eran en su mayoría metales. Los metales más escasos (como el oro o el hierro, que, en la época en que se descubrió, no abundaba) rápidamente se partieron en pedazos del mismo tamaño, normalmente circulares (para que no fuesen peligrosos al tacto), y se convirtieron en el primer material del que estaban hechas las monedas. Otros metales (o aleaciones de metales) se utilizaron como unidades monetarias de menor valor.

Ya desde la Antigüedad, los Estados o los gobernantes sintieron la necesidad de proteger a sus ciudadanos de las monedas falsas. En la Antigua Grecia había probadores oficiales que sometían a control las monedas en los puertos y en los mercados. En caso de que se descubriese a alguien introduciendo monedas falsas, las sentencias eran muy estrictas (desde la flagelación hasta la ejecución). Sin embargo, como prevenir es mejor que castigar, muy pronto fueron las propias ciudades las que se encargaron de acuñar las monedas. Para que fuera difícil fabricar dinero (y falsificarlo utilizando aleaciones que contuviesen metales más baratos), las autoridades monetarias se ocupaban de grabar diseños complicados en sus monedas, que pasaron a convertirse en los símbolos de poder de la ciudad, del tirano o del Estado.

Los billetes, que acabaron sustituyendo a las monedas metálicas (por lo menos para cantidades grandes), empezaron siendo facturas de papel que cada propietario tenía a su disposición y que guardaba en alguna caja fuerte (la del joyero del barrio, por ejemplo) junto con las monedas de oro o plata. Para pagar al vendedor de un caballo o de una herramienta que su propietario quisiera comprar, en lugar de sacar estas monedas de la caja fuerte, lo cual era peligroso, simplemente le daba una prueba de papel, que convertía al vendedor en propietario de las monedas metálicas —que seguían guardadas en la caja fuerte—. En este caso también surgió el problema de la autenticidad de estas facturas de papel (las predecesoras de los billetes), dada la habilidad con que los falsificadores las copiaban.

Desde muy pronto, pues, los gobiernos asumieron la responsabilidad de crear entre la gente un clima de confianza hacia el dinero. Las autoridades se encargaron de la estabilización del valor de la moneda (mientras que, como vimos, en el campo de prisioneros se aseguraba de manera automática, porque el número de cigarrillos, y por lo tanto su valor, permanecía relativamente estable debido a la escasez en la que vivían). Por supuesto, las autoridades lo hicieron pensando en su beneficio, ya que aprovecharon la oportunidad que les ofrecía el poder sobre el dinero para imponer impuestos a sus ciudadanos. De este modo el dinero se politizó y se asoció inseparablemente a la deuda y los impuestos, casi desde el día en que nació.

Aquí reside la gran diferencia entre los cigarrillos del campo de Radford y el dinero que desarrollaron las primeras sociedades. Como te he dicho en el capítulo 1, el dinero metálico no nació para facilitar las transacciones (como sí pasó con los cigarrillos en el campo de Radford), sino para que se registrasen las deudas que los débiles tenían con los poderosos. Como los más poderosos entre los poderosos obtenían cada vez más poder de la posibilidad de substraer el superávit que producían los demás, es natural que, gestionando y «garantizando» el dinero de la sociedad, consiguieran ampliar su poder y disfrutar de la mayor parte del superávit que había producido la colectividad.

En el campo de Radford el dinero era apolítico. En el resto de las sociedades es profundamente político. ¿Por qué? Porque en el campo de Radford no había producción. No había trabajo. Sólo había transacciones de bienes ya producidos, que caían al campo llovidos del cielo, por la gracia de la Cruz Roja. Pero cuando el dinero coexiste con la producción se convierte de manera automática en una herramienta política. Sólo en economías de puro trueque, en el marco de las cuales no se produce nada, el dinero tiene un papel apolítico, «técnico», de medida de los valores de cambio relativos de otros bienes.

Aparte del campo de Radford, ¿se te ocurre otro caso de economía de trueque? Te voy a dar un ejemplo de tu generación: las «comunidades» de jugadores de videojuegos donde algunos bienes (escudos, sombreros, espadas, etcétera) adquieren el papel que tenían los cigarrillos en el campo de Radford, ayudando a los jugadores de estos videojuegos a crear amplias economías de trueque.

BITCOIN: UN INTENTO MODERNO DE CREAR DINERO APOLÍTICO

Ahora daremos un salto hacia delante en el tiempo, hasta el año 2008, cuando una gran crisis económica hizo que en las sociedades occidentales cundiera un cinismo sin precedentes en contra de los magnates del dinero, tanto de los banqueros particulares como de los políticos que gestionaban el dinero político, es decir, público. Esta crisis, que comenzó en los bancos en 2008 y que continuó después de adoptar formas diversas a lo largo y ancho del mundo, dio a muchos el motivo de soñar con una moneda que se asemejara a los… cigarrillos del campo de Radford: una moneda no estatal, apolítica y lejos del control de los poderosos de la Tierra. Una moneda creada por los ciudadanos para los ciudadanos. Una moneda que no estuviera sometida a los deseos de ningún banquero ni pudiera actuar en contra de la sociedad de usuarios. Una moneda sin un Estado que la pudiese manipular y sin los linces del sistema financiero que la pudiesen sabotear.

«Pero ¿quién imprimirá este dinero si es de papel?»

«¿Quién lo acuñará si es metálico?» «Y ¿quién controlará la calidad y la cantidad del dinero si no lo hace el Estado?» La revolución digital y, sobre todo, internet han dado respuesta a estas preguntas. El nuevo dinero sería digital. No tendría ninguna presencia física, sino que viviría solamente en nuestros ordenadores y en nuestros móviles. Dinero con valor de cambio, pero sin ningún valor experiencial o de uso, al contrario que el dinero en metálico o los cigarrillos, o incluso los billetes para coleccionistas en potencia.

El sueño de nuevas monedas digitales, internacionales y no sometidas al control estatal, es tan antiguo como internet. Sin embargo, el problema con las monedas digitales es el siguiente: dado que todos los «objetos» digitales (una fotografía, una canción, etcétera) son un conjunto de dígitos (o de información), siempre que dispongamos por lo menos de una unidad de moneda digital, ¿quién nos va impedir copiar y pegar esta unidad, igual que si acuñáramos cada uno nuestro propio dinero eternamente? Algo así ocurriría si cada prisionero del campo de Radford tuviera una cantidad ilimitada de cigarrillos. Entonces la inflación de los cigarrillos tendería al infinito, de modo que éstos poseerían nulo valor de cambio.

Unas semanas después del inicio de la gran crisis, un correo electrónico del 1 de noviembre del 2008 daba una respuesta a este enigma. El correo estaba firmado por Satoshi Nakamoto, apodo de una persona cuya verdadera identidad nadie conoce. En su correo «Nakamoto» describía un algoritmo brillante (es decir, un programa de ordenador, algo parecido a una app) que serviría de base para una nueva moneda digital, llamada bitcoin: una nueva moneda de valor experiencial cero, que tendría valor de cambio porque nadie podría   copiarla, falsificarla o usurparla a costa del resto de los usuarios.

Antes de que apareciera el correo de Nakamoto todas las propuestas incluían la participación de instituciones de fuera de la red, que debían vigilar las transacciones digitales impidiendo la   hiperinflación que la posibilidad de copiar y pegar «garantizaría». ¿Qué instituciones? Un banco que da tarjetas de crédito (como la Visa o la Mastercard), autoridades públicas, etcétera. Un dinero digital «controlado centralmente» seguiría siendo extremadamente político y no se parecería en absoluto a los cigarrillos del campo de Radford.

La belleza del algoritmo de Nakamoto residía en que no necesitaba de ninguna «autoridad» para vigilarlo, ni pública ni privada: sería la propia comunidad de los usuarios de bitcoin la que vigilaría las transacciones, como pasaba con los cigarrillos en el campo, donde todos los prisioneros participaban igualmente en la gestión de su moneda (los cigarrillos). Pero ¿cómo sería posible esto en la red?

Haciendo que las «huellas» de cada transferencia de bitcoins realizada por una persona o una cuenta en la red a otra persona o cuenta fueran visibles para todos los usuarios de bitcoins en sus transacciones. De este modo, a través de su ordenador quien quisiera dispondría del poder para ayudar a   la «comunidad» a que tuviera una imagen completa de lo ocurrido con cada bitcoin, para asegurar que nadie copia y pega los bitcoin de los que dispone, y haciendo posible la vigilancia del nuevo sistema monetario apolítico.

Sin embargo, como suele pasar a menudo, el bitcoin fue víctima de su éxito. A pesar de que nadie ha conseguido manipular o alterar el algoritmo de Nakamoto, los «listos» saben muy bien cómo arreglárselas cuando se trata de hacerse con la riqueza de los demás: a medida que el valor de cambio del bitcoin aumentaba, muchos poseedores de grandes cantidades de bitcoins empezaron a tener miedo de que algún hacker entrara en su ordenador y les robara, digitalmente, su dinero. Entonces algunos «empresarios» de la red comenzaron a ofrecer servicios electrónicos de protección para los bitcoin (en uno de sus servidores seguros) a cambio de un importe pequeño, hasta que algunos de ellos desaparecieron con millones de bitcoins.

Esta historia es importante. Nos recuerda las razones por las cuales el dinero tiene que estar controlado por el Estado, puesto que sólo el Estado puede asegurarte que, si alguien se lleva tu dinero, (a) el dinero robado se te devolverá, y (b) el ladrón será perseguido y castigado. Tal vez lo detestemos, pero el Estado es, al fin y al cabo, nuestra única esperanza para vivir de forma civilizada y con seguridad. Falta encontrar la manera de poder controlarlo colectivamente y no dejar que se convierta en un agente al servicio de intereses particulares.

LA PELIGROSA FANTASÍA DEL DINERO APOLÍTICO

Desde que la Revolución industrial hiciese posible la creación de inmensas empresas y entramados industriales (Edison y Ford a principios del siglo XX; Google y Apple en la actualidad, por ejemplo), las sociedades de mercado unieron su suerte dando lugar a la posibilidad de que se produjese un aumento repentino e importante de la deuda. Ya te he explicado, a partir del capítulo 2, que la «explosión» de la riqueza que trajo la sociedad de mercado sería imposible sin la deuda que crearon los banqueros extendiendo su larga mano hacia el futuro, sacando el valor que aún no se había generado y trayéndolo al presente en forma de préstamos destinados a los empresarios. Pues, para construir estas empresas gigantes (Edison, Ford, Google, Apple, etcétera), hizo falta crear una deuda muy grande del presente con el futuro.

Algo así sería imposible en un sistema monetario como el de los cigarrillos del campo de Radford. Allí, como hemos dicho, los «banqueros» prestaban cigarrillos que les pertenecían, que tenían en sus manos. Sin embargo, para construir la industria pesada, las enormes redes de producción y de distribución de energía, los ferrocarriles, etcétera, no bastaba con los «cigarrillos» existentes en las sociedades de mercado (las monedas existentes), el valor de cambio de los billetes que circulaban. Por esta razón, los banqueros desarrollaron aquello de lo que hablábamos en los capítulos anteriores: la capacidad de prestar dinero, un dinero que no disponían ni ellos ni otros, un dinero que creaban de la nada, abonando dinero en la cuenta del prestatario-empresario de un plumazo. Es lo que, de manera alegórica, te he descrito como préstamo de valor desde el futuro…

Aun cuando los Estados (en los años veinte, por ejemplo) luchaban   para   mantener   una   cantidad de   dinero estable y proporcional a la cantidad de oro de que disponía el gobierno en sus reservas (en un intento de mantener el valor de cambio del dinero estable, de evitar la inflación), los bancos encontraron la manera de crear suficiente dinero virtual para alimentar a los gigantes industriales. Sin necesidad de pedir prestado a nadie para a su vez prestar al señor Ford o al señor Edison, los banqueros simplemente daban crédito a estos señores con dinero que no existía en aquel momento, ellos traspasaban estos préstamos a las cuentas de los proveedores y empleados, los proveedores y los empleados financiaban las cuentas de las tiendas en las que compraban bienes y servicios, la producción aumentaba, lo mismo que los ingresos, y así los prestatarios adquirían dinero que los banqueros habían creado de la nada. Además, con el interés que debían cobrar los banqueros.

Así, desde el presente se tomaban en préstamo los valores que aún no se habían generado poniéndolos a «trabajar» con la esperanza de liquidar la deuda del futuro, más los intereses, utilizando para ello la riqueza generada. El problema de esta práctica, tal y como hemos comentado en capítulos anteriores, es que acaba por ser víctima de su éxito, puesto que los banqueros tienden a pasarse, sacando más valor del futuro del que pueden producir en el presente. Entonces vienen las crisis, la infelicidad, el desempleo. Por eso los Estados intentan llamar al orden a los banqueros, cosa que no es fácil para los políticos que tienen una relación demasiado estrecha con ellos, pues son quienes normalmente les financian sus campañas electorales.

Volviendo a los años veinte, llegamos a la conclusión de que, si los Estados hubieran impedido a los bancos crear nuevo dinero de la nada, el milagro industrial que cambió el mundo no hubiera sido posible y las sociedades de mercado se habrían estancado. Por otro lado, al dejarlos actuar sin ningún control, se fabricó tanto dinero nuevo que, junto con las nuevas fábricas y los rascacielos, se crearon enormes burbujas, cuya explosión en 1929 arrastró a la humanidad al fango de la barbarie. Casi la misma secuencia de acontecimientos afectó de nuevo a la humanidad en 2008.

Ahora volvamos al bitcoin y al sueño de crear dinero apolítico: en la medida en que la construcción del bitcoin es una simulación digital de la idea basada en que la cantidad de dinero será estable pase lo que pase (como más o menos ocurría con la cantidad de cigarrillos en el campo de Radford), si nuestra sociedad adoptase hoy el bitcoin, se enfrentaría enseguida a los dilemas de los años veinte.

Una posibilidad sería que el sistema bancario encontrase maneras de crear más bitcoins de los que realmente existen (por ejemplo, a través del abono en cuentas, como se hacía en los años veinte, o a través de trucos complicados como los que utilizaban los banqueros en los años noventa y a principios del siglo XXI). Otra posibilidad sería no financiar demasiado a las empresas, aunque como hemos visto en el capítulo 5, titulado «Máquinas embrujadas», de esa manera la sociedad tendería a estancarse. Es decir, estamos entre la espada y la pared.

La razón por la cual el dinero no puede ser otra cosa que dinero político y por la cual alguna entidad estatal debe controlar su cantidad, es que sólo así tenemos una mínima esperanza (sin ninguna garantía) de evitar enfrentarnos, por un lado, a la Escila de las burbujas de la deuda y del desarrollo no viable y, por otro lado, a la Caribdis de la deflación y de la crisis. Y como las inevitables mediaciones políticas sobre la cantidad y la gestión del dinero público son por definición políticas (puesto que afectan a los diversos grupos y clases sociales de forma diferente), nuestra única esperanza es la siguiente: el control democrático de los que gestionan, para la sociedad, el dinero inevitablemente político.

¿Recuerdas que habíamos llegado a una conclusión similar en el capítulo anterior en cuanto a las posibilidades que tenía la humanidad para evitar la destrucción de nuestro planeta? No es en absoluto una casualidad: la democracia, por mucho que hoy funcione de manera inaceptable, sigue siendo la única esperanza de la humanidad respecto al medio ambiente, al trabajo humano y, como hemos visto en este capítulo, a la gestión del dinero.

DINERO INTANGIBLE, MÁQUINAS EMBRUJADAS Y MERCADOS EDÍPICOS

Las primeras monedas, igual que los cigarrillos en el campo de Radford o el oro, se desarrollaron como nuestras sociedades: la mayoría de ellas al principio tenían valor experiencial, pero poco a poco fueron predominando los valores de cambio. Los cigarrillos son adictivos y proporcionan una alegría extraña, insalubre, a quienes los fuman. Sin embargo, muy rápidamente se transformaron en unidades monetarias con valor de cambio independiente de las «alegrías» insalubres que ofrecían a quienes los consumían. Hoy el dinero que usamos no tiene casi ningún valor experiencial, puesto que ahora tiende a ser digital, intangible, sin ningún otro uso.

Si nuestras sociedades se parecieran al campo de prisioneros de Radford, la naturaleza y el funcionamiento del dinero serían equivalentes al sistema de los cigarrillos en el campo. No obstante, las sociedades de mercado se diferencian radicalmente de la economía de trueque del campo de Radford.

¿Qué faltaba en el campo de Radford si lo comparamos con las sociedades de mercado? Producción y, por lo tanto, mercado laboral. En otras palabras, faltaban tanto los mercados edípicos del capítulo 6 como las máquinas embrujadas del capítulo 5. Esta falta total de producción y de mercado laboral hace que los cigarrillos del campo se diferencien en gran medida de los euros de la Eurozona, de los dólares de EE. UU. o de los yenes japoneses. ¿Cuál es la esencia de esta diferencia? La respuesta es doble.

Primero, debido a la naturaleza extraña del trabajo laboral (recuerda el capítulo 5), el dinero nunca puede ser apolítico en las sociedades de mercado, como sí lo era en el campo de Radford. Segundo, la tendencia de las sociedades de mercado a producir crisis desde su interior (al contrario que en el campo de Radford, donde las crisis eran provocadas por acontecimientos exteriores, como los bombardeos o la noticia de que la guerra iba a terminar) significa que tenemos que gestionar el dinero colectivamente con el fin de, si no evitar   la crisis, al menos aliviar la sociedad después de ésta.

El uso de máquinas, la distribución del superávit social y la preservación del medio ambiente requieren más control democrático-colectivo y no admiten soluciones técnicas o apolíticas; y lo mismo ocurre con el dinero: mientras no lo gestionemos colectivamente, es decir políticamente, con arreglo al interés común, los poderosos lo dilapidarán y lo usarán de manera que aumente las crisis y éstas erosionen las sociedades.

COMENTARIO AL ÚLTIMO CAPÍTULO

Cuando terminé de escribir este capítulo, pregunté a tu abuelo, a mi padre, si en los campos de concentración en las islas de Makrónisos e Icaria, donde pasó años en el exilio antes y después del final de la guerra civil griega (1946-1949), los cigarrillos se convirtieron en unidades monetarias, como en el campo de Radford. Me contestó: «No. Nosotros compartíamos los paquetes que recibía cada uno. Una vez, a pesar del hecho de que yo no fumaba, pedí a mi tía que me enviase cigarrillos. Justo cuando los recibí, los repartí entre los que sí fumaban, sin esperar nada a cambio. Así hacíamos. Nos ayudábamos el uno al otro».

No tengo nada más elocuente que añadir. Salvo recordarte que los intercambios de mercado representan una de las formas de intercambio en la que se basa el tejido social, y que no siempre son las óptimas o las más atractivas. Una cosa es cierta: han predominado en las sociedades de mercado, creando mucha riqueza y, a  la vez, también mucha infelicidad, una enorme desigualdad y crisis catastróficas.

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