El sello de La Habana en la paz de Colombia

Por: Lorenzo Madrigal/ El Espectador Aún así, la paz no dejará de ser un bien amable, las ciudades proseguirán su curso, la juventud crecerá primaveral, los mercados permanecerán abastecidos y muy pocos, tal vez los mayores, recordarán con vergüenza lo que hubo que entregar a cambio.

Colombia venía azotada, desde los años 60, por la pretendida revolución que exportaba, desde Cuba, Fidel Castro. Nuestro canciller de entonces, Julio César Turbay, vivió el desvío de su avión y su secuestro en la isla, en insólita tropelía internacional, para una época de finuras diplomáticas.

La guerra interna fue mutando, de bandolerismo y disputa campesina entre los dos viejos partidos, a guerrillerismo de nuevo cuño y estilo, al modo de Fidel, al modo del Ché Guevara. Cundió en América el irrespeto por la libre determinación de los pueblos y el intervencionismo revolucionario hizo carrera, de modo franco en nuestro medio, abonado por la antedicha violencia partidista, que hoy quieren sumar los rebeldes como parte de su lucha, que no lo fue inicialmente suya.

Se defendieron las instituciones democráticas por años. Se alimentó en esa defensa toda una doctrina militar, llegándose, no puede negarse, a excesos y a abusivas teorías de la seguridad, impartidas por toda América. Entre nosotros, la confrontación interna se convirtió en guerra de mantenimiento, cruel, interminable. Muchos que no la vivieron en las ciudades, repentinamente, despertaron de un sueño y no supieron cuándo un ejecutivo, que en ningún momento llegó por la izquierda política, se zafó del seguro y se entregó a los dictados de La Habana, cuna de la insurgencia de tipo comunista, para no omitir el macartizado término.

Colombia hoy, así disfrute por un tiempo de una paz idílica, que no lo será, quedará marcada en su historia con el nombre propio de La Habana. Habrá en sus libros de Constitución y leyes una obligada referencia a esta ciudad: los acuerdos de La Habana, traducidos a lenguaje jurídico. El espíritu de la isla, cuyos gobiernos fueron francamente enemigos de los nuestros y fomentaron la rebelión interna y sus peores prácticas, será luz de interpretación de la nueva legislación del país.

Ya no será el país de Núñez ni el de la Constitución de Rionegro, ni de la reforma de López o del plebiscito del 57, después de Rojas. Ni siquiera de la Constitución de Gaviria, sino el legado jurídico de La Habana.

Los grandes negociadores, posiblemente premios Nobel de paz, habrán incorporado el país al bloque asediante de los países socialistas del subcontinente. Tal vez, como ocurre con el petróleo, llegaremos tarde a una moda que ya las fuerzas contrarias comienzan a desmontar, en el péndulo de los acontecimientos políticos.

Leave a Reply

Discover more from Últimas noticias de Cuba y de los Cubanos por el Mundo

Subscribe now to keep reading and get access to the full archive.

Continue reading

Share to...