La guerra que Alejandro Cuervo no quiere ver: por qué a los privilegiados del régimen no les conviene una Cuba libre (+Video)

Alejandro Cuervo, actor de telenovelas convertido en empresario de charcutería y casado con la dueña de una nueva juguetería en Miramar, ha lanzado desde su pedestal de privilegiado del régimen una pregunta que pretende ser moralmente demoledora: “¿Cómo van a desear en aire acondicionado desde Miami una guerra en Cuba? Esos que apoyan la guerra están poniendo el odio por encima de su propia familia que vive en la isla”.

La frase es eficaz. Tiene cadencia, tiene víctimas convenientes, tiene villanos cómodos. Lo único que no tiene es honestidad. Porque la guerra en Cuba no es una hipótesis aterradora que vendría desde Miami: es una realidad cotidiana que mata cubanos todos los días, y Cuervo —junto con muchos otros “artistas-empresarios”, dueños de MIPYMES y operadores de agencias de envío— vive cómodamente sobre ese cementerio.

La guerra que ya existe (y mata más que muchas guerras)

María Karla Fuentes y Lisnavy Valdés Rodríguez (12 años) y Rocío García Nápoles (11 años), víctimas mortales del derrumbe en La Habana Vieja, Cuba
De izquierda a derecha: María Karla Fuentes, Lisnavy Valdés Rodríguez (12 años) y Rocío García Nápoles (11 años), las tres niñas que murieron en el derrumbe de un edificio en La Habana Vieja. La infraestructura colapsada del régimen no es un accidente: es una sentencia.

Repasemos las cifras que Cuervo nunca cita cuando habla con tono de pacifista en sus directos.

El mar. El proyecto periodístico Migrar: una decisión de vida y muerte de elTOQUE documentó al menos 52 migrantes cubanos fallecidos solo en 2024 en rutas irregulares, la mayoría por naufragios. La cuenta de la última década, según la Organización Internacional para las Migraciones y otras fuentes citadas por la prensa independiente, supera los 313 muertos confirmados y 787 desaparecidos. Cada balsa que zarpa de Bahía Honda, Caibarién o Playa Menéndez es un acto de guerra silenciosa contra el régimen que obliga a sus ciudadanos a elegir entre el hambre y el tiburón.

Los feminicidios. El Observatorio de Género de Alas Tensas (OGAT) y el Observatorio de Feminicidios de Yo Sí Te Creo en Cuba contabilizaron 54 feminicidios en 2024 y 48 verificados en 2025, en un país que sigue sin reconocer oficialmente la figura del feminicidio ni ofrecer estadísticas confiables. Más del 83% de los crímenes los cometen las parejas de las víctimas; la mayoría ocurre dentro del hogar. Es un genocidio doméstico que el Estado decidió no contar.

Las carreteras. El propio régimen reconoció 634 muertes por accidentes de tránsito en 2024, cifra que escaló a 750 en 2025 (un alza del 18,3%). Las causas, según las propias autoridades, incluyen el “mal estado de calles y carreteras por falta general de mantenimiento” y un parque automotor de entre 40 y 70 años de antigüedad. Traducción: la dictadura mata por desidia infraestructural.

Las cárceles. Prisoners Defenders documentó 1.214 presos políticos a febrero de 2026. Solo entre enero y junio de 2025 se reportaron 24 muertes en cárceles cubanas y 160 denuncias de torturas, incluyendo 104 casos de negación deliberada de atención médica —que el derecho internacional clasifica como tortura. Los nombres son reales: Yoleisy Oviedo Rodríguez, Manuel de Jesús Guillén Esplugas, Geraldo Díaz Alonso, Lázaro García Ríos. Cubanos asesinados por el Estado por protestar contra los apagones o por difundir videos del 11J.

El sistema de salud. El propio Ministerio de Salud Pública admite que 64% de los medicamentos básicos están en falta. Entre 2019 y 2024 se perdieron 7.144 camas hospitalarias. El Observatorio Cubano de Análisis de Coyuntura (OCAC) estima al menos 8.700 muertes vinculadas al brote epidémico de 2025 —una cifra 185 veces superior a los 33 fallecidos que reconoció el régimen. El programa de médicos de familia se desplomó de 27.535 profesionales en 2023 a 12.912 en 2024.

Sume usted, lector. Solo entre balsas, feminicidios, carreteras, cárceles y negligencia médica documentada, el régimen cubano mata cada año a miles de cubanos. Más que muchas guerras convencionales contemporáneas. Pero claro: como mueren de a uno, dispersos, sin titulares de CNN, Cuervo puede mirar hacia otro lado mientras corta jamón en su charcutería habanera.

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El “pacifismo” conveniente del beneficiario

Aquí es donde el discurso de Cuervo se vuelve transparente. No es pacifismo: es contabilidad.

Cuervo abrió Charcutería Cuervos en La Habana. Su esposa, Arletis Rodríguez, inauguró Bastón Juguetería en el barrio de Miramar —uno de los pocos enclaves de poder adquisitivo en una isla donde la mayoría no puede pagar un cartón de huevos. El propio actor ha declarado que en Cuba “se puede salir adelante” gracias a las MIPYMES, mientras millones de sus compatriotas literalmente se lanzan al mar para escapar.

¿Por qué Cuervo puede operar negocios cuando un opositor no consigue ni un permiso para vender pan? La respuesta la han documentado Cubanet, Cubasiglo21 y DIARIO DE CUBA: las MIPYMES en Cuba no son empresas privadas en ningún sentido reconocible del término. Son extensiones del aparato militar-empresarial del régimen.

Alejandro cuervo y su esposa inauguran su nuevo negocio en La Habana
Alejandro cuervo y su esposa inauguran su nuevo negocio en La Habana (Captura de pantalla @ Alejandro Cuervo – Instagram)

Cubapack, una de las principales agencias de envíos que opera entre Miami y La Habana, fue identificada por Cubanet como una MIPYME directamente vinculada a GAESA, el conglomerado empresarial de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Las MIPYMES autorizadas a importar combustible —el negocio más jugoso de la isla— tienen, según contratos filtrados, vínculos directos con GAESA y con la familia Castro. La supuesta apertura económica es un teatro: el régimen disfraza de “sector privado” lo que en realidad es lavado de dinero institucional y captura de remesas.

Cuervo no es un emprendedor: es un rostro mediático útil para vender la ficción de que “en Cuba se puede progresar sin meterse en política”. Su charcutería existe porque el régimen permite que exista. En una Cuba libre, con mercado real, con competencia real, con derechos de propiedad reales, su negocio tendría que competir contra cadenas regionales, contra emprendedores cubanoamericanos con capital y experiencia, contra MIPYMES de verdad. Y entonces el privilegio se acabaría.

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El abismo: Mercedes-Benz para Cuervo, ni bicicleta para el pueblo

Si las cifras del párrafo anterior no son suficientes, miremos la postal cotidiana del privilegio.

En octubre de 2025, Cuervo regaló a su esposa Arletis Rodríguez un auto eléctrico FAW Bestune NAT E5 valorado en 20.280 USD, distribuido en Cuba por MCV Comercial S.A., y aprovechó para promocionar la llegada de Mercedes-Benz a la isla. Sus redes están plenas de viajes a hoteles cinco estrellas en Varadero, los cayos vírgenes de Cuba y resorts todo incluido a los que ningún cubano de salario estatal accederá jamás.

Ahora compárese con la realidad de cualquier cubano de a pie:

  • Salario mínimo estatal en 2025: 2.100 CUP al mes —unos 17,50 USD.
  • Salario medio: 6.506 CUP —unos 54 USD al mes.
  • Canasta básica alimentaria mínima por persona: 20.867 CUP al mes (Food Monitor Program / elTOQUE).
  • Es decir: un cubano necesita casi 10 salarios mínimos —o más de 3 salarios medios— solo para alimentarse “mal que bien”, sin contar transporte, vivienda, medicinas o ropa.

Traducido a la vida real: el carro que Cuervo regaló a su esposa equivale a más de 1.150 salarios mínimos cubanos. Un médico cubano —de los pocos que aún quedan en la isla— tendría que trabajar casi un siglo entero sin gastar un centavo para comprarlo. La habitación de hotel donde Cuervo posa con cócteles cuesta lo que un jubilado cubano cobra en seis meses.

Mientras Cuervo conduce un eléctrico nuevo y promociona Mercedes-Benz, el cubano común no puede ni reparar su bicicleta china de los años noventa. Mientras él se broncea en Cayo Coco, una madre en Centro Habana busca pan de centro de salud en centro de salud porque las panaderías están vacías. Mientras él brinda con vino en una charcutería de Miramar, hay ancianos comiendo de la basura en Bayamo y Holguín —el mismo Bayamo cuyo Hospital Carlos Manuel de Céspedes muestra pacientes tirados en el suelo por falta de camas.

Esa obscena distancia entre Cuervo y el resto de los cubanos no es un accidente del azar ni el resultado de su talento. Es la geografía exacta del privilegio que solo se obtiene por fidelidad al régimen. Por eso defiende el sistema. Por eso pide que el exilio se calle. Lo que Cuervo llama “mi vida en Cuba” es lo que el 99% de los cubanos llamarían “otro país”.

VIDEO ¡Alejandro Cuervo Desenmascarado! La Visa, la Charcutería y la Doble Moral

El club de los que no quieren cambio

Cuervo no está solo. Hay un patrón clarísimo de quiénes hoy salen a redes a pedir “diálogo”, “reconciliación” y “no a la guerra”:

Los dueños de agencias de envío que cobran 20% de comisión sobre cada paquete que un exiliado manda a su madre enferma. En una Cuba normalizada, con Amazon, FedEx y UPS operando libremente, ese margen desaparecería.

Los mipymeros conectados a GAESA, que importan pollo, aceite y combustible con tipos de cambio preferenciales que ningún emprendedor genuino consigue. En una economía abierta, su ventaja regulatoria evaporaría.

Los influencers y “artistas” oficialistas suaves —los que nunca dicen “dictadura” pero tampoco dicen “libertad”— que viven de un mercado cautivo de espectadores sin alternativas. En una Cuba con prensa libre, contenido global y creadores compitiendo de verdad, su mediocridad quedaría expuesta en una semana.

Los funcionarios y militares retirados lavados como “empresarios” a través de testaferros familiares.

Todos comparten un cálculo: en la Cuba actual, la falta de competencia los protege. La represión les garantiza monopolio. La opacidad les regala impunidad. La emigración masiva les vacía la cancha de rivales. El cambio democrático no les conviene porque saben que su éxito no es mérito: es privilegio.

VIDEO: Alejandro Cuervo presenta al Guerrero Cubano y los reguetoneros del régimen tocan en Mío y Tuyo

El vocero que se activa cuando lo necesitan

Hay un detalle que delata aún más a Cuervo: su discurso es contradictorio según convenga al régimen. Hace apenas unos meses, ante las críticas del exilio por su silencio cómplice en La Habana, respondió con tono soberbio: “Me piden a mí lo que ellos no tuvieron el valor de hacer en Cuba”. Es decir, reprochaba a los cubanos del exilio que no hubieran hecho nada estando en la isla.

Pues bien: ahora que los cubanos de Miami sí están haciendo algo —presionando políticamente, denunciando ante organismos internacionales, movilizando a la opinión pública estadounidense, exigiendo sanciones a los responsables de la represión— Cuervo cambia de guion y los acusa de “poner el odio por encima de la familia”. Antes los criticaba por inactivos; ahora los criticaba por activos.

¿Cuál es la posición de Cuervo, entonces? La que el régimen necesite que tenga en cada momento. Cuando el exilio calla, los acusa de cobardes. Cuando el exilio actúa, los acusa de promotores de guerra. El patrón es nítido: Cuervo no es un “artista al margen de la política”, como pretende. Es un vocero civil del castrismo que se activa cuando el régimen lo necesita, precisamente en los momentos en que la presión externa está incomodando al poder en La Habana.

Esa es la función de los “artistas-empresarios” como Cuervo dentro del ecosistema represivo cubano: aportar la cara amable, la voz aparentemente neutral, el discurso emotivo sobre “la familia” que sirve para desactivar la solidaridad internacional con quienes sí se juegan la libertad —y la vida— enfrentando al régimen.

La verdadera pregunta para Cuervo

Cuervo pregunta cómo se puede “desear una guerra desde el aire acondicionado de Miami”. La pregunta correcta es otra: ¿cómo se puede pedir a los cubanos del exilio que aplaudan en silencio mientras el régimen mata a sus compatriotas a razón de miles por año en el mar, en las cárceles, en los hospitales sin medicinas y en las carreteras destruidas?

Nadie cuerdo desea una guerra. Pero confundir el rechazo a la guerra con la aceptación pasiva de la dictadura es el truco retórico más viejo del oficialismo cubano. Lo usaron Fidel Castro, lo usó Raúl, lo usa hoy Díaz-Canel y lo repiten sus altavoces civiles, ya sean reguetoneros, actores o empresarios de charcutería.

A Cuervo y a los suyos no les preocupa la sangre cubana. Les preocupa el inventario de su tienda, el contrato de Cubapack, la concesión de combustible, el monopolio del talento sin competencia. Les preocupa que en una Cuba libre tengan que volver a empezar de cero, esta vez sin la muleta del régimen.

Por eso defienden el status quo con el lenguaje del amor a la familia. Pero la familia cubana lleva 66 años sangrando. La guerra ya está aquí. Solo que sus víctimas no aparecen en los reels de Instagram de Alejandro Cuervo.

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