
La realidad no existe, solo apreciaciones del mundo externo a través del yo, de la subjetividad, dice el solipsismo. De ese modo, y siguiendo esa filosofía moderna reciclada en la postmodernidad, el éxito de cualquier acción sobre la mente humana consiste en cambiar el cómo los individuos perciben las cosas, sea un objeto o una persona.
Pero tras la actual campaña presidencial en EEUU, hasta una teoría filosófica de casi tres siglos puede ponerse en duda. La «mala prensa» y los ataques personales, más que descalificar los «productos», le están dando impulso y vida. Debido al absurdo en la carrera por la presidencia norteamericana, solo los chistes y las parábolas pueden figurar lo que sucede. En este caso, el cuento infantil La Bella y la Bestia podría ser una alegoría de inestimable ayuda.
Hay varias versiones del relato para niños. La más difundida es la de Jeanne Marie Leprince de Beaumont (1711 -1780). Nos presenta a La Bella como una hermosa, tierna y humilde criatura capaz de lidiar con todos los pretendientes que sus hermanas rechazaban. Esa es la imagen que al público norteamericano trasmitía la primera Hillary, o Hillary I.
Mujer brillante y al mismo tiempo hermosa —doble condición que hace a las mujeres blanco de los malos hombres—, Hillary Rodman trabajó desde muy temprano para las bases del Partido Demócrata, incluso como parte del equipo de investigación de Watergate, el Waterloo político de los republicanos de la época.
Hillary I conoció el éxito y la entrega en sus años juveniles; cofundó en 1977 «Defensores para Niños y Familias de Arkansas», se unió al prestigioso Rose Law Firm y continúo brindando servicios legales sin remuneración a niños y familias.
Para hacer más atractivo el cuento de hadas, Hillary I rechazó varias veces la propuesta de un apuesto y brillante abogado, profesor de Leyes, que más tarde sería fiscal general y gobernador del estado de Arkansas por 12 años. Cuando la pareja —no fue solo Bill— hizo carrera para presidente en 1992, recordó al pueblo norteamericano otro matrimonio de revista, el del buen mozo John F. Kennedy y la también bella dama Jacqueline Bouvier.
Como las elecciones norteñas, desde los tiempos que José Martí tan brillantemente describe en Escenas norteamericanas, es una dura pelea de emociones y dineros, Bush padre no pudo contra imágenes tan lozanas, el quintacolumnista Ross Perot y la demoledora frase «Es la economía, idiota». Hillary I, seguía siendo hermosa y brillante, pero nunca a la sombra; Primera Dama para entonces, corría el chiste de que a su hija Chelsea le mandaban llamar a la madre para una reunión, y la niña decía que vendría su padre, el Presidente, porque su madre estaba muy ocupada con asuntos de Estado.
La bella Hillary I comenzó a hacer aguas poco antes de salir de la Casa Blanca —escándalo Lewinsky, rémoras del Travelgate, el conflicto Whitewater—. Como si de otra se tratara, ya no era tan atractiva, y estaba salpicada por los desechos naturales de la alta política. Volvió a la política, esta vez elegida senadora por el estado de Nueva York en el año 2000. Para aquellos días era ya Hillary II: apoyó la Ley Patriota, votó a favor de la invasión a Afganistán e Iraq, hizo amistad con los republicanos y antiguos adversarios.
Consiguió así un segundo mandato, a un alto costo económico y político. Con su agudeza para otear el horizonte eleccionario, desde el 2007 los Clinton conformaron un comité exploratorio dirigido a lidiar y derrotar la «bestia» republicana. A pesar del esfuerzo, en 2008 afroamericanos, latinos y jóvenes dieron su apoyo al desconocido Barack Obama como presidente número 44.
Sin que nadie se diera cuenta, La Bella fue transformándose en Hillary III, la secretaria de Estado en el gabinete de su antiguo rival demócrata. Ya no tan guapa, abuela en la tercera edad, algunos decían que gritaba y regañaba más de lo que hablaba y persuadía; que tenía rápidos enfados y poca tolerancia a los errores ajenos, no a los propios.
Como Hillary I y II, Hillary III no es mujer de quedarse en casa, así que volvió al ruedo político contra un anciano partidario que amenazó con quitarle otra vez el apoyo de los jóvenes. Las heridas y los años en la política han cobrado peaje a Hillary III: una veterana que borra mensajes, tilda a sus adversarios de deplorables, oculta una simple neumonía que a su edad es de cuidado.
Si le diéramos la razón al solipsismo, no hay una sola candidata Clinton, sino tres. Y ciertos individuos solo están mirando a la tercera. Aun así, cualquiera de ellas sigue siendo, sin apasionamientos, la más experimentada, la mejor preparada para manejar los asuntos de un país tan complejo. Pero la gente quiere las cuentas claras, aquí y ahora, no discursos ni credenciales políticas.
La ventaja del candidato republicano, descrito como La Bestia, es que ha sabido ser «uno contra todos», y asumir el reto. Puede que despreciable, feo, grosero, pero es auténticamente él mismo. Como Rasputín, mientras más veneno, más vida y fuerza parece tener. No sería descabellado que sucediera como en el relato infantil; Hillary, La Bella, queda como rehén del «monstruo»; el recelo y el odio de La Bella se convierten en amor, y La Bestia se transforma en príncipe.
Por Francisco Almagro / Publicado originalmente en Diario de Cuba