Tomado de Western Congrí
Yo recuerdo (tristes palabras estas para comenzar un texto), a ciertos jóvenes cubanos que se construyeron una identidad en Internet e intentaron llenar de a poco la profundidad abisal entre la agenda mediática y la agenda pública. No había un vecino con su casa de tablas agrietadas que no tuviera espacio para contar su historia.
No había un derrumbe, una penuria, una injusticia en una escuela o un hospital, una violación de un derecho en una oficina estatal, un sobreprecio en una tienda o agromercado, un tufo a corrupción o indolencia que se escapara a su mirada. Eso me entusiasmaba, porque al fin se hablaba de los sin voz y sus más inmediatos problemas. Al fin alguien estaba llevando a algún sitio el debate de la malanga. La verdad, la participación y la construcción de un futuro mejor para todos los cubanos (los más desposeídos ante todo) eran su gasolina… y me caían bien.
También recuerdo a ciertos vetustos ideólogos que venían con la formación de la guerra fría, del bloqueo, de la epidemia de dengue hemorrágico, del atentado contra el avión cubano en Barbados, de Angola, del asesinato de Allende y de quién sabe cuántas historias de las que curten el espíritu para volverlo resistente, pero inflexible. Parece que fue ayer cuando también llegaron a Internet, a trompicones, sin saber mucho de esas cosas.
Querían, para usar sus propias palabras, llevar la verdad de Cuba al mundo. Alguno de ellos se convirtió en vocero de las causas de la izquierda latinoamericana, a fin de cuentas, el enemigo era el mismo y trabajaban por ese posible mundo mejor. Nunca fui amante de hablar de los horrores que vienen del exterior y omitir los errores del interior, sin embargo, yo los respetaba. Más de uno me caía bien, sobre todo, aquellos que escuchaban el debate de la malanga.
Lo mejor que tenían los unos y los otros era que no se trataban de voces autorizadas, que no respondían a ningún poder, a ningún interés, a ninguna presión, a ningún beneficio. Nada hay más admirable que un intelectual desinteresado, por errado que esté, a fin de cuentas, hace mucho tiempo aprendimos que una persona digna nunca está del todo equivocada.
Luego todo cambió. De ambos grupos comenzaron a surgir estrellas, se creó un mainstream. Aparecieron los primeros debates sobre la política en Cuba, los medios en Cuba, el socialismo en Cuba, las telecomunicaciones en Cuba, la tumba de Cristo o dónde el jején puso el huevo (que a todas luces, vienen a ser lo mismo).
Y parecía que todo iba por buen camino. Se perdía un poco el debate de la malanga, pero bueno, eran tiempos redentores y había que encargarse de los grandes temas.
Más tarde, comenzaron a aparecer los medios alternativos (con definidísimas agendas) que pagaban mejor a los jóvenes que lo que habrían pagado jamás los medios estatales y, además, se metían menos en lo que se escribía. Aparecieron también las conexiones ADSL en casa y los postgrados en el exterior. Los dólares y los bolívares fuertes.
Aparecieron los viajes a todos los polos (a Venezuela, a Brasil, a Estados Unidos, a Alemania, a España, a Inglaterra, a Ecuador, a Francia y a la Conchinchina). A esos lugares se iba, claro está, a hablar del horror externo o del error interno. Cada vez quedaban más en la memoria el vecino de la casa de tablas quebradizas y el debate de la malanga.
Hoy los veo lanzarse los unos a las gargantas de los otros. Pelándose acerca de quién tiene la razón y quién quiere lo mejor para el futuro del país.
Los unos dedican cientos y cientos de líneas llamar a los otros arcaicos, dogmáticos, mercenarios de la dictadura castrista, traidores de la Revolución. Los otros se han encargado de llamar a los unos desideologizados, putas intelectuales, mercenarios del dinero imperialista, traidores de la Revolución.
Los he visto crecer, desplegar sus alas a muchos de los dos grupos. Agudos polemistas, hábiles escritores, equilibrados conciliadores, pichones de filósofo. De todo hay, como en botica, sobre todo talento. Pero ser brillante hoy en Cuba no es suficiente.
No se puede ser líder de opinión en un país subdesarrollado del que todos los debates populares se nos antojan provincianos y falta de glamour. No se puede ser frío y luminoso como una lámpara LED, que solo sirve para ver. Se ha de ser brillante y cálido como una llama que arropa, y alumbra, y forja.
Alguien a quien respeto y admiro mucho a pesar de nuestras ligeras diferencias de enfoque y de nuestra evidente diferencia de altura intelectual, me convenció de la importancia que tiene Internet para llevar a la agenda mediática la agenda pública, para hacer que todos sepan los problemas de todos, pero eso lo veo cada vez menos.
Lo que si noto es una especie de agenda política, alternativa, pero política. Gente luchando por espacios de reconocimiento, por cuotas de influencia, por ganar la guerra de Facebook, Twitter y WordPress con el otro. Gente que se acuerda cada vez menos del vecino de casa con tablas enclenques y del debate de la malanga.