Mientras miles de jóvenes cubanos sobreviven entre apagones, salarios miserables, cárcel, escasez de alimentos, falta de oportunidades y una represión que mantiene a centenares de presos políticos tras las rejas, Ivette González Salanueva, hija del exespía cubano René González, prepara las maletas para estudiar una maestría en Japón gracias a una beca de cooperación internacional.
Para buena parte de la juventud cubana, salir de la isla significa vender propiedades, endeudarse, atravesar fronteras peligrosas, lanzarse al mar o despedirse de la familia sin saber cuándo podrá regresar. Para una joven vinculada familiarmente a una de las figuras más mimadas por la propaganda castrista, el destino será muy diferente: una estancia académica de largo plazo en una universidad japonesa.

La Agencia de Cooperación Internacional del Japón (JICA) informó que Ivette González Salanueva viajará a ese país para cursar una maestría en la Universidad de Ritsumeikan, después de ser seleccionada dentro del programa de Líderes Globales para el logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
González Salanueva tampoco es una profesional desvinculada de la estructura institucional cubana. Trabaja como especialista en Organismos Internacionales y Colaboración Internacional de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, según la propia información divulgada por JICA Cuba.
“Despedimos una nueva becaria a largo plazo”, celebró la institución al anunciar su partida, deseándole una experiencia llena de aprendizajes, desafíos y oportunidades para su desarrollo profesional y personal.
Hasta aquí, podría parecer simplemente la historia de una joven profesional que consigue una importante oportunidad académica. Pero el apellido obliga a colocar la noticia dentro de un contexto mucho más amplio.
Ivette es hija de René González Sehwerert, integrante de la llamada Red Avispa, la estructura de inteligencia cubana infiltrada en Estados Unidos durante la década de 1990. González fue detenido en 1998, condenado por la justicia estadounidense y posteriormente convertido por La Habana en uno de los llamados “Cinco Héroes”, protagonistas durante años de una gigantesca campaña propagandística financiada por el Estado cubano.
René González regresó definitivamente a Cuba en 2013 y desde entonces ha permanecido asociado públicamente a la defensa del sistema comunista que gobierna la isla.
Y ahí aparece la contradicción política. El mismo modelo que durante décadas ha exigido sacrificios a los cubanos, restringido libertades y presentado al capitalismo internacional como responsable de prácticamente todas las desgracias nacionales no parece encontrar inconveniente alguno cuando las oportunidades procedentes de países democráticos benefician a personas relacionadas con su propia estructura institucional o con familias emblemáticas de la Revolución.
⚠️⚠️Ivette González Salanueva, hija del exespía cubano René González, se va a Japón para cursar una maestría.
— Mag Jorge Castro🇨🇺 (@MagJorgeCastro) August 24, 2026
Ni los hijos de los dirigentes cubanos se quieren quedar a construir el comunismo en Cuba. pic.twitter.com/5Ge3s24d3E
¿Sería que René González consiguió la beca para su hija y que Ivette González Salanueva carece de méritos profesionales para recibirla y es tan solo una enchufada del castrimo? Probablemente sí.
Sería ingenuo ignorar la oportunidad de los “hijos de papá”, frente al horizonte que enfrenta la mayoría de la juventud cubana.
Mientras ella podrá estudiar en Japón, otros jóvenes han recibido condenas de años de prisión por participar en protestas contra la tiranía que papá defiende.
Otros hacen colas para conseguir comida, dependen de remesas familiares o intentan abandonar un país donde un salario estatal resulta insuficiente para cubrir necesidades básicas.
La crisis migratoria de los últimos años constituye probablemente la expresión más dramática de esa desesperanza. Cientos de miles de cubanos han emigrado mientras el gobierno continúa responsabilizando fundamentalmente a las sanciones estadounidenses de la debacle económica y evita asumir el peso de las deficiencias estructurales de su propio modelo.
La beca “concedida” a González Salanueva procede, paradójicamente, de JICA, una institución gubernamental japonesa dedicada a la cooperación internacional y la asistencia al desarrollo. Es decir, será precisamente un país democrático, desarrollado y de economía de mercado el que contribuirá a ampliar la formación profesional de la hija de uno de los hombres elevados por el castrismo a la categoría de “héroe”.
El problema de fondo tampoco debería reducirse a cuestionar el derecho de Ivette González Salanueva a estudiar en Japón. Toda joven cubana debería tener la posibilidad de estudiar, viajar, prosperar y conocer el mundo.
La pregunta es otra: ¿por qué esas oportunidades continúan pareciendo extraordinarias para el ciudadano común mientras determinadas familias vinculadas durante décadas al poder revolucionario logran desenvolverse dentro de circuitos institucionales e internacionales inaccesibles para buena parte de la población?

Ivette viajará a Japón y tendrá ante sí una oportunidad extraordinaria. Ojalá algún día estudiar, viajar y construir un futuro sin abandonar definitivamente el país deje de parecer un privilegio en Cuba.
Para lograrlo, el problema no es que algunos puedan salir.
El problema es el sistema que lleva décadas impidiendo que millones puedan elegir libremente su propio destino.