Jau jau: El perrito de Abdiel Bermúdez vio a Arleen en apuros y salió a ladrar. ¡Uyyy qué guapo!

Hay defensas que no se escriben para convencer a nadie, sino para dejar constancia de pertenencia y el post en Facebook de Abdiel Bermúdez en defensa de Arleen Rodríguez Derivet tras la marramachada que esta dijo y la que, supongo, ahora mismo todo cubano sepa cuál es, funciona así: no es un argumento, es un reflejo condicionado. Del siervo a su amo.

Empieza Abdiel, quien nunca le ha tirado un escupitajo ni a una cucaracha, con una escena de valentía de utilería facebookciana, “que me da igual que ahora la cojan conmigo”, “no me importa que vengan a morderme”, “ya he probado esa medicina”. Y uno entiende el tono: el hombre está detrás de una pantalla. En la vida real, si tenemos en cuenta que en la escuela le quitaban hasta la merienda, uno sabe qué puede suceder si alguien se le cuadra delante y le dice: eres un perro por defender a la socotroca esa.

¡Ni Antoñico el Camborio lo agarra! Pero como todo es 2.0…. a él le vale. ¡Vergaaaaaaaaaa!, añadiría El Necio.

Abdiel no ha venido a discutir lo que pasó, va a discutir quién tiene derecho a decir que pasó. La frase de Arleen, su metedura de pata con Martí y la corriente eléctrica -entre muchas-, queda reducida a un accidente de dicción, a una torpeza de contexto, a una mala suerte en tiempos de redes.

El problema, según él, no es el mensaje, sino la velocidad con que se castiga. Esa es la coartada preferida del aparato cuando tropieza: no fue lo dicho, fue “el odio” y los odiadores; las plataformas de intoxicación mediática. La guerra cognitiva contra Cuba. Pero no, muchachito. El problema es otro: que quien habló lo hizo desde el privilegio y con desprecio pedagógico.

Amelia, Abdiel, te recomiendo que la escuches, lo explicó con claridad brutal: no es solo desconocimiento de Martí —que ya sería grave en una Premio “José Martí”, pero en un mortal como nosotros es excusable—, es soberbia, es intolerancia y es falsa austeridad.

Es pedirle a un país que se conforme a vivir en el Siglo XXI, como si viviéramos en el XIX. Es “enseñarlo” de manera romántica, literaria e histórica, a vivir con menos desde un lugar donde no se sufre ese menos. Es usar a Martí para justificar la resignación, cuando Martí escribió precisamente contra ella. No es un error técnico ni una frase mal dicha: es una mentalidad. Y cuando esa mentalidad se emite desde una tribuna oficial, no comunica cultura ni empatía: comunica y ensalza un poder desconectado.

Pero bueno… va y Abdiel no sabe de lo que hablo. O sí, pero no puede interiorizarlo. Mucho menos decirlo. Por eso su defensa no se queda ahí; sino que hace algo más revelador: cambia el campo de batalla.

En vez de discutir apagones, vida cotidiana, y el gesto obsceno de decirle a un país en ruinas que no se ponga exquisito porque Martí vivió sin lámpara, porque sabe que hacerlo le haría perder el combate, él levanta una muralla de credenciales a favor de su ambia. Premio Nacional, “mostra”, “sensibilidad”, “verdades que duelen”, “contar a Cuba”. De pronto, la frase ya no importa, porque lo que vale es el expediente; por demás, un expediente cogido con las pinzas de la Revolución, porque Arleenm escribiendo, no es nadie del otro mundo. Un poco mejor que Paquita Armas Fonseca y ya etá. Es como si la ética, para Abdiel, fuera un álbum de méritos acumulados: hoy puedes decir una barbaridad porque ayer escribiste una crónica “buena”. Esa contabilidad moral es cómoda, porque no exige rectificación. Exige lealtad. Y él sabe muy bien que esa lealtar perruna que hoy muestra, mañana recibirá su huesito.

Asere… permíteme decírtelo: ¡eres un perro baboso!

Que “es mi amiga” y “por los amigos voy directo a dar batalla”, es el núcleo de tu argumento espúreo.

Ahí no hay periodismo, no hay cubano, no hay ser humano, hay tribu. No hay responsabilidad pública, hay cerco. La defensa no se articula desde lo que Arleen dijo, sino desde lo que Arleen representa para un grupo que vive de representaciones de la que tú no vives, ¡comemierda!

Perdón por el exabrupto…

El post de este imberbe pide explícitamente que no le vengan con apagones ni con “supuestos privilegios”, buscando así prohibir el tema real. Si no hablamos de apagones, si no hablamos de privilegios, si no hablamos de la distancia entre quienes padecen y quienes pontifican, vaya, si no hablamos de lo descarada que es esta mujer que él defiende, entonces la polémica queda en un plano higiénico: redes malas, gente rabiosa, reputación asesinada, y Abdiel como hombre sensible defendiendo la amistad.

La amistad, por cierto, Abdiel la usa como escudo martiano. Un Martí reducido a frase bonita para justificar la militancia afectiva. Lo mismo que se hizo en el origen del problema: usar a Martí como prestidigitación para quitarle densidad a una tragedia material. Arleen lo usa para decir “se puede vivir sin corriente”, Abdiel lo usa para decir “aquí hay que ser amigos”. Dos usos distintos, el mismo mecanismo: Martí como utilería retórica para no mirar el país.

Lo más curioso del texto es que Bermúdez reconoce que ella se equivocó, pero lo hace del modo más útil para ella: la disculpa con amortiguador. Vaya, con vaselina, para que se me entienda.

Se equivocó “quizás” por el modo en que lo dijo, no por lo que implica. Se equivocó porque el mundo en red no perdona, no porque haya dicho algo indecente. La culpa se la transfiere al público al que él, iluminatti, retrata como jauría. Es un clásico: el ciudadano como monstruo, el funcionario como víctima.

Por eso su post en defensa de Arleen se lee como un ladrido. Tanto por el tono, como por la función. Un ladrido no busca explicar, busca marcar territorio.

“A mí nadie me dice lo que puedo o no publicar”, dice, como si la crítica fuera una orden y no una reacción. Como si el problema fuera la censura de su libertad, no la censura cotidiana que sostiene el sistema que él protege, y que – perdón por decirlo es que a veces me hierve la sangre y me pongo vulgar con esta gentuza – se la tiene metida hasta el fondo, doblada y de marcha atrás. Es el mundo al revés, que es el mundo donde ellos viven: el vocero se siente perseguido, el perseguido es un “odiador”.

Al final, lo de Arleen no es un error de cultura general. Es un gesto político: pedir conformidad desde arriba, con la seguridad de quien no paga el apagón.

Lo que molesta de la defensa de Abdiel es que pretende que la gente discuta con guantes blancos mientras les arde la casa. Y que, encima, llamen a eso sensibilidad.

No es sensibilidad lo suyo. Es disciplina. Obediencia canina. Y la disciplina que tienen los perros, cuando se escribe de ella en Facebook, suena exactamente así: jau jau.

Él sabe de lo que hablo.

Leave a Reply

Discover more from Últimas noticias de Cuba y de los Cubanos por el Mundo

Subscribe now to keep reading and get access to the full archive.

Continue reading