Irina Pino
HAVANA TIMES — Años atrás, en la que fue mi casa, en El Vedado, ocurrió un allanamiento de morada. Les contaré la historia brevemente.
Era de madrugada, y toda la familia dormía. Recuerdo que transcurría un verano muy caluroso, por lo que dormíamos siempre con las ventanas abiertas –error que luego lamentaríamos–.
Un silencio inundaba todo el espacio. De pronto, desperté, pues sentí un ruido de algo que caía, un forcejeo, y finalmente, un grito. Me levanté, casi me tiré de la cama y fui a la habitación contigua, de donde provenían los desórdenes. Todos se habían reunido en el cuarto de mi hermana, que lo compartía con su esposo e hija, una pequeñita de tres años que aún dormía en su cuna. Mi cuñado tenía un poco de sangre en la frente, y rápidamente se le formó un feo hematoma.
Él nos contó que mientras dormía, sintió pasos y pequeños ruidos, como de una presencia que registraba el cuarto. Abrió despacio los ojos y vio a un hombre; este le hizo una señal de silencio con los labios. Al incorporarse, lo golpeó en la cabeza con un objeto duro. El tipo se había introducido por la ventana que daba a la azotea. Despareció luego de golpearlo, salió por la puerta principal, bajando la escalera hasta la calle.
Todo ocurrió rápido, y solo pudo ver que la persona era delgada y de pequeña estatura. Señas que coincidían con el marido de turno de la vecina de al lado, que tenía fama de delincuente.
Por la mañana, mi cuñado fue a la estación de Policía a hacer la denuncia, vinieron un par de oficiales y nos hicieron varias preguntas, pero como el ladrón no pudo sustraer nada, expresaron que no había caso, por lo que no trajeron los perros, mucho menos tomaron huellas, a pesar de quedar algunas en la puerta de la calle.
A él lo golpearon con el mango de un cuchillo de nuestra cocina, que el ladrón se llevó consigo en la huida. Hubo un allanamiento de morada y agresión, sin embargo ellos consideraron que no tenía peso suficiente para ser un caso policial.
La otra anécdota fue el robo del Play Station de mi hijo. Unos muchachitos del barrio vinieron para que se los prestara por unas horas, venían acompañados de un joven que decía ser amigo de uno de ellos. Juntos fueron a jugar a la casa de otro chico y mi hijo regresó a las siete de la noche, con la promesa que a las nueve se lo devolverían. Los otros se quedaron jugando, hasta que el extraño personaje se ofreció para devolver el equipo. Por supuesto que nunca lo hizo. Más tarde se supo que los había engañado, diciéndoles que vivía en el barrio.
Hicimos la denuncia, después de esperar dos largas horas en la Estación. Una oficial le tomó la declaración a mi esposo y, para colmo, escribió mal el nombre del equipo, poniendo PleyTencho.
Explicó que el delito se denominaba apropiación indebida. Claro que, no pienso lo mismo, es solo un vulgar robo. La oficial-secretaria me miró con cara de odio y me dijo de mala forma que esperara afuera, como si yo fuera el verdadero ladrón.
Nos entregó la copia del documento, y el oficial de guardia nos dijo que se nos asignarían un investigador para llevar el caso, el que se encargaría de recoger los testimonios de cada uno de los chicos involucrados.
Ha pasado más de una semana, y estas son las santas horas que el investigador no ha aparecido por aquí, ni siquiera se ha tomado el trabajo de llamar por teléfono.
Seguirá el delincuente engañando y robando equipos de videojuegos a otros jóvenes. Mientras que, la Policía gana fama de ineptitud.
