Tomado de Progreso Semanal
Escribo sobre la sequía y digo que, por lo menos para Guantánamo, ha sido una oportunidad para saldar viejas deudas. Y enumero.
Inicio con que, aunque cada año se destinan unos 12 millones para la reducción de pérdidas en la conducción y el enfrentamiento a la sequía, a raíz de la escasez de precipitaciones de este año, se destinaron unos 3 millones para medidas emergentes que garantizaran el agua a las poblaciones.
Con esos dineros, por ejemplo, se amplió el papel de la presa Jaibo, la segunda más grande de la provincia y con un uso casi mínimo hasta el momento, en el abasto a la población de la ciudad de Guantánamo.
Una antigua estación de bombeo que toma agua del río Bano fue recuperada con electrobombas e hipocloradores, un par de los cuales se dedicarían exclusivamente a mantener la vitalidad de los servicios en el Hospital Dr. Agostinho Neto, el centro asistencial más grande la provincia.
Se realizaron bypass o interconexiones en varias partes de la ciudad que permiten que la presa La Yaya, que abastece al Acueducto Guanta y casi siempre almacena agua suficiente, pueda entregar el recurso a parte del centro de la urbe, y viceversa, cuando sea necesario.
Y en el sitio donde se intersectan las conductoras del Acueducto Guaso –que abastece al 70 por ciento de la ciudad con el agua de la presa Faustino Pérez, a la vez la más pequeña de las tres que tributan a la sexta urbe más poblada de Cuba- y el Canal Camarones, que se sirve de Jaibo y sus 120 millones de metros cúbicos, se creó una estación de bombeo que, si la primera fallara, pudiera aliviar el abasto.
Camiones cisterna abastecen de agua potable a las localidades más afectadas Foto: Lilibeth Alfonso.
Pero la editora me detiene. ¿Cómo es posible que se espere que la sequía azote para realizar inversiones, para interconectar acueductos para un mejor manejo del agua? ¿Cómo aparece el dinero ahora y no antes, cuando hubiera sido posible construir, planear con detenimiento? ¿Y las personas que pasan trabajo porque no se pensó antes en eventos como éste? ¿Y toda la ineficiencia, las incoherencias en el uso y cuidado del agua?
Tiene razón. Como en casi todo, nos acordamos del santo cuando llueve o, en nuestro caso, cuando no llueve.
El agua que se bota, que se va por las conductoras aguijonadas, por las roturas de las redes internas, o gotea en nuestras casas, desangra sin piedad nuestras reservas acuíferas.
Y Guantánamo no embalsa poco. Tiene, entre derivadores, presas y micropresas, capacidad para almacenar más de 347 millones de metros cúbicos de agua, pero ni con el doble sería suficiente.
Según cálculos, en la provincia al menos un 40 por ciento de toda el agua que se bombea o se entrega por gravedad se pierde en la conducción, tanto en las grandes conductoras –formando espectáculos que serían realmente hermosos, con arcoíris y todo, si no fueran la imagen misma del derroche- como en redes internas.
Significa que excepto en la ciudad de Guantánamo, donde se redujeron notablemente las pérdidas con el cambio del tramo más deteriorado, y la ciudad de Baracoa, donde se intervino integralmente con apoyo del ALBA, buena parte del agua que se entrega por los acueductos se pierde en el camino. Significa también, por lo menos según mi lectura, que lo que tarda una fuente en declararse en volumen muerto podría duplicarse si se corrigieran los salideros.
Claro que son cálculos viejos. Y que además no soy la única ni la primera en sacarlos. Pero –me defiendo ante el lápiz rojo que, en realidad ahora que la ola de la informatización es más bien un cursor en colores- , en cuestiones de inversiones se priorizaron las urgencias.
Y las urgencias hidráulicas, por lo menos en Guantánamo, son muchas, complicadas y costosas.
Estación de bombeo del río Bano y Obra para llevar agua a Montgomery Foto: Lilibeth Alfonso.
Una zona de más de 60 mil personas al sur de la ciudad para las que la llegada del agua era la excepción y no la norma. Redes del tiempo de Batista o poblaciones sin ellas. Válvulas rotas. Brigadas de redes sin equipos ni insumos, y pago escaso. Acueductos sin potabilizadoras, ciudades sin plantas para tratar sus residuales, que van a parar a los ríos y mares, pozos en mal estado, falta de electrobombas. Y pudiera seguir, o poner unos suspensivos bien largos.
Pero el agua es un recurso vital, y que ya sabemos que no es ilimitado, contrataca aquella.
Lo es, en efecto. Y lo ideal sería que, por ejemplo, el ahorro de agua fuera una prioridad absoluta, y mañana mismo se comenzara por sustituir los kilómetros de conductoras que todavía andan por ahí y, si hablaran, pudieran contar las historias de María Castaña.
Sería ideal también que se pensara en sistemas para reutilizar el agua de los drenajes y el alcantarillado para la agricultura, una actividad para la cual se destina alrededor del 70 por ciento de toda el agua disponible.
Y que se garantizaran en las tiendas de Comercio, a precios asequibles, todas las partes necesarias para eliminar las instalaciones precarias que, por lo general, tenemos puertas adentros de nuestras casas familiares, y se generalizara el uso de microorganismos eficientes para sanear nuestros ríos, lagunas y bahías.
Pero lo ideal no es lo que hay. Lo que hay es que Guantánamo, que tiene una de las mayores poblaciones del país, es una de las provincias que menos inversiones ha recibido en los últimos años, a pesar de lo cual, buena parte de ese dinero va a los programas hidráulicos.
Obras de estación de bombeo en la intersección del Canal Camarones y la conductora Guaso, hoy en funcionamiento / Lilibeth Alfonso.
Lo que hay también es una provincia que sufrió –y sufre todavía, a pesar de la lluvia que nos hace creer lo contrario- una sequía como no vieron otra igual sus vivos y que sacó a relucir ineficiencias y absurdos, y nos obligó a destinar recursos que antes solo se destinaban a las urgencias más urgentes, que ya dijimos que eran muchas.
Recursos, soluciones…, que no obstante tuvimos el tino de pensar no solo como paliativos, para que la gente que recibía el agua cada siete días, como sucedió en julio y agosto en la ciudad, y hasta en 30, como supimos por pobladores de Héctor Infante, una comunidad del municipio de Manuel Tames, a escasos kilómetros de la cabecera provincial, pudiera recibirla en menos tiempo o recibirla y punto.
Han sido soluciones emergentes, algunas sacadas de debajo de la manga, las más pensadas y archivadas en alguna gaveta en espera de financiamiento…, pero de carácter permanente, como repite una y otra vez Alfredo Correa, delegado de Recursos Hidráulicos en la provincia.
Significa que gracias a la estrenada o recuperada estación de bombeo, a las interconexiones, a las nuevas conductoras, redes, fuentes…, tendremos poblaciones, ciudades mejor equipadas para el futuro, capaces de tener resiliencia, una palabra que usa una y otra vez el dirigente y que, me advierte, no significa lo mismo que resistencia, aunque suenen parecidas:
“Porque la idea de todo, lo que estamos haciendo con calma o lo que la sequía nos obligó a hacer con apuro, es tener poblaciones que sean capaces de mantener sus servicios básicos a pesar de las sequías, esos eventos que cada vez son más frecuentes y siempre dañinos”.
Todo lo digo a mi editora. Esperemos que vea la oportunidad en toda esta historia, como yo la veo: agazapada en la dura maleza de la crisis.