Las tardes del sol naciente

jorge-luis-borgesMartinoticias.- Las tardes a las tardes son iguales , escribió Jorge Luis Borges. No es cierto. Hay tardes como amaneceres, con el sol saliendo por el poniente y un bullicio de pájaros y ardillas preguntándose qué habrá sido del gallo, por qué no habrá una gota de rocío donde calmar la sed, a qué vendrá esa actitud de los automóviles, que lejos de abandonar los hogares permanecen ante ellos como si nada a su alrededor mereciera que los limpiaparabrisas agitaran los brazos, saludando a todos, y que los motores ronronearan como gatos acariciados por sus dueños.

Esas tardes dan ganas de echarse agua fría al rostro, desayunar, cepillarse los dientes, tantearse los bolsillos para estar seguros de que no olvidamos nada y volver al trabajo; dan ganas de iniciar un día, aunque su duración no exceda la de una hora; un día todo mediodía, aunque sea una tarde, y cuya madrugada abarque las veintitrés horas anteriores a él.

Una luz ambarina infiltra el aire al punto de dar ganas de morderlo o gastarlo a lengüetazos, como si se tratara de una fruta intangible pero dulce, repartida por Dios a manos llenas; una fruta del tamaño del cielo y de todo lo que de él se desprende y sofoca los árboles, y se cuela por las persianas hasta convertir en juegos de lingotes de oro la madera de los pisos.

Tardes meridianas, como ídolos jóvenes capaces de degollarse al primer asomo de decadencia; rubias naturales que lejos de recurrir a una sobredosis de fármacos para huir de la oscuridad latente se inmolan sonrojándose.

Yo he desandado esas tardes como si mi vida durara lo que una de ellas y sé que no hay una exacta a las otras; tardes cuando lo feo de la ciudad desaparece porque sólo hay ojos para mirar hacia arriba o lejos, allá donde el sol no amenaza con desfallecer sino con resucitar; tardes cuando el tiempo se detiene a contemplarse como un pavo real cuya cola le rodeara y cada pluma le ofreciera un espejo, y cada espejo despertara en él un ansia de eternidad.

No hay tardes idénticas porque ninguna está a salvo de quien las contempla, y quien las contempla es un caleidoscopio al que la vida se asoma y da vueltas, impidiéndole optar por una sola imagen de sí mismo y, por consecuencia, de su entorno, por espléndido que éste sea.

He intentado fijar el recuerdo de una tarde hasta convertirla en mi única tarde, y con ella, en todas, ávido de darle la razón a Borges. He fracasado. No hay pluma que no revele una iridiscencia exclusiva. Ni tarde igual a otra tarde.

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