Los muertos más vivos del punk pasan por Cuba

Concierto de CJ Ramone en el Maxim Rock. Foto: Yander Zamora
Concierto de CJ Ramone en el Maxim Rock. Foto: Yander Zamora

CJ Ramone recibió una llamada de Metallica para ocupar la plaza que dejaba vacante Jason Newsted cuando abandonó en el 2001 las filas de la histórica alineación metalera. El ba­jista y cantante neoyorkino, que ha­bía integrado la banda Los Ra­mo­nes, maestros absolutos del punk, rechazó la tentadora oferta con una excu­sa irrebatible: debía cuidar a su pequeña hija que sufría autismo y el mé­dico le había sugerido que no po­día someterla a las agotadoras gi­ras de Metallica. Hoy CJ Ramone se sien­­te orgulloso de haber tomado la decisión y finalmente, para el puesto, fue seleccionado Robert Trujillo, un instrumentista que ya ha hecho época con los padres de Master of Puppets.

El pedazo de historia que lleva en­cima CJ Ramone no nace por haber rechazado la invitación a subirse a los primeros planos de  la historia  del metal. Su inobjetable pedigrí lo alcanzó des­de la ya lejana fecha de 1989 cuando relevó en el bajo al enigmático e icónico Dee Dee Ramone, uno de los emblemas de la banda que alimen­tó los motores de un movimiento que recorrió las autopistas del underground mundial con una música llena de letras sobre el aburrimiento de los jóvenes en la segunda mitad del siglo XX, sus fracasos, su rechazo a la sociedad más conservadora o la  frustración que puede provocar estar tirado todo el día en una esquina sin saber qué hacer.

No todos han tenido la oportunidad de integrar una banda que ha in­fluido a la gran mayoría de las que llegaron después, e implantó un  nue­vo modo de entender el rock. La re­volución sonora impulsada por es­tos cuatro tipos con caras de pocos amigos a los que posiblemente usted no quisiera para novio de su hi­ja, descansa en canciones de poco más de dos minutos y acordes rápidos y san­guíneos, que transforman sus con­­ciertos  en una oda al vértigo y al caos sonoro. Aunque es casi seguro que la ma­yoría de los rockers, punkies, skaters y otras bellezas que colmaron el Ma­xim este sábado, no co­nozcan la historia de Los Ra­mones (ya sabemos que estos géneros no han sido muy radiados en la Isla), CJ hizo un recorrido por los momentos más célebres de la banda hasta que alcanzaron su edad adulta, con un repertorio donde se escucharon la virulenta alegría ju­venil de los himnos ramoneros desde Hey ho Let’s Go, Judy Is a Punk, pasando por I Wan­na Be your Boyfriend hasta te­mas firmados por CJ como Last Chance to Dance.

El músico ha decidido no recorrer demasiado las autopistas del pasado en sus shows para dar relieve a temas de su propia cosecha. Para él, en cambio, era obvio que no podía pasar por Cuba sin encender los ánimos con temas de su banda nodriza. Él lo vio claro: era la primera banda de punk estadounidense en aterrizar en la Isla y, para más rango, se trataba de un ex Ramone. Así que  tiró de su historia en el Maxim, donde tuvo co­mo teloneros a los locales Ten­dencia y Zeus, para que el público se acercara al frenético y salvaje legado de este grupo que le puso sonido a los días malos y deprimentes con una música sucia y una estremecedora alegría juvenil. No se trató en este caso de esos músicos que aterrizan en la capital cubana para revivir viejas glorias y colocarse  en los focos de la publicidad,  porque, debemos decirlo, los miembros originales de Los Ra­mo­nes, ya fallecidos, nu­nca conocieron los placeres de la fa­ma, y en cambio comenzaron a co­brar verdadera in­fluencia tras la disolución de la banda en 1996. Se trató, en este caso, de un músico cuya principal gloria no solo es haber formado parte de los padres fundadores del punk, sino de estar con vida para contarlo. Su verdadera gloria, si tenemos que mencionar alguna, es la de mostrar los orígenes del punk, antes de que este género antisistema y co­rrosivo y su filosofía adyacente se con­­virtiera en materia prima para alimentar los bolsillos de los que dominan la industria musical.

Cuando subió al escenario junto a los guitarristas de la banda The Ado­lescents, Steve Soto y Dan Root, y el ba­terista panameño Juan Frochaux, CJ se empeñó en resucitar en La Ha­bana a varios de los muertos más vivos del punk, algo que se vio claro desde el inicio y cobró mayor fuerza cuando dedicó su tema Three An­gels  a tres de los miembros originales de los Ramones (Joey Ramone, Joh­nny Ra­mone y Dee Dee Ra­mo­ne), frente a una multitud de jóvenes y veteranos de las guerras del rock and roll que vivieron con intensidad el ritmo salvaje de una música que, sobre todo, fue el recordatorio de un tiempo en que el punk era todavía  una filosofía de libertad.

Pero la relación de Los Ra­mones con el público cubano pue­de no quedar aquí, pues otro exintegrante de la banda, Marky Ramone, ganador de un Gram­my por la trayectoria de la banda y miembro del Salón de la Fa­ma del Rock and Roll, está muy ilusionado por venir a tocar en Cuba se­gún di­jeron a Granma fuentes cercanas al músico. Todo indica entonces que las historias cubanas de Los Ramones pue­den tener una segunda parte.

Publicado en Granma.cu

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