El Comunismo Cubano: Donde pisa no queda ni la hierba

Los comunistas en Cuba lo único que han hecho es convertir al país más próspero del Caribe en una versión de Haití.

He leído hoy, con tono de diagnóstico definitivo, la idea de que a Cuba le quedarían tres rutas frente a Washington y frente a su propia fatiga: intervención, negociación o colapso.

El planteamiento se atribuye a la periodista y exdiputada española Pilar Rahola, y ha sido replicado en medios del exilio y del debate hispano, al calor del remezón venezolano y de la escalada de presión desde Estados Unidos, con Marco Rubio defendiendo en el Senado una línea dura hacia La Habana mientras insiste, al mismo tiempo, en que no se plantea “acción militar” en Venezuela.

Con ese menú sobre la mesa —intervención, negociación o colapso— uno entiende la tentación de hablar en grande, como si la historia fuera una autopista con tres salidas bien señalizadas. Pero Cuba, que lleva décadas entrenándose para sobrevivir a sus propias contradicciones, suele tener un talento especial para inventar una cuarta vía que nadie pidió: la del “seguimos igual, pero peor”.

Así que, ya que el debate está en modo catálogo, propongo una alternativa que al menos reconoce una realidad básica: en Cuba no se discute solo un modelo económico; se discute, desde hace tiempo, la convivencia forzada de dos grupos que comparten el mismo mapa y no el mismo contrato.

Ahora paso a explicarles porque con Cuba, con el régimen, no se negocia.

Si a los comunistas, a los simpatizantes del régimen y a los nostálgicos del PCC —los de la consigna, los de la épica y los de la “resistencia creativa” cuando la creatividad es ajena— si se les diera un territorio propio, el más próspero de Cuba no, del mundo, donde pudieran exportar sin limitaciones, sin “bloqueo” como muletilla, sin excusas internacionales, sin el comodín eterno de la plaza sitiada, sin contaminarse del consumismo burgués y capitalista… Un “país completo”, con recursos, para ellos solos, donde puedan demostrar, sin interferencias, cómo funciona el modelo cuando el único obstáculo no es “el enemigo”, sino la gestión real, la contabilidad real y el día a día, veríamos como serían capaces de desping… en cuestión de meses.

No invento nada. Existe un laboratorio muy parecido, con una crudeza casi obscena; la isla que comparten Haití y República Dominicana.

Comparten clima, geografía, una frontera terrestre, exposición a huracanes, rutas comerciales cercanas, y aun así el resultado es divergente. Si uno quiere ponerlo en números simples para no perderse en adjetivos, el Banco Mundial muestra para 2024 una brecha brutal en PIB per cápita: República Dominicana alrededor de 10.875 dólares, Haití alrededor de 2.143.

En desarrollo humano, el PNUD coloca a Dominicana con un IDH de 0,776 y a Haití con 0,554 (datos que el propio PNUD usa en su informe 2025, con series 2023). Y si miras el termómetro más tosco pero útil para hablar de Estado y botín, Transparencia Internacional le da a Haití 16/100 en percepción de corrupción (puesto 168/180) y a República Dominicana 36/100 (puesto 104/180).

Ninguno de esos indicadores “explica” por sí solo, pero juntos te dibujan una idea: en un lado el Estado se convirtió en un cascarón disputado por redes y violencia; en el otro, con todos sus vicios, hay continuidad institucional suficiente para que la economía funcione, llegue inversión, haya turismo, crédito, exportaciones, y el sistema, aun imperfecto, pueda prometer algún tipo de previsibilidad.

El FMI, por ejemplo, describe a Dominicana como una economía que, pese a desaceleraciones coyunturales, sostiene actividad con turismo, exportaciones y políticas macro relativamente ordenadas. Haití, en cambio, aparece descrito en clave de excepcionalidad: crisis política, seguridad colapsada, control territorial de pandillas, desplazamiento masivo, y un “día a día” donde el mercado no se disciplina porque ni siquiera hay árbitro.

En un entorno así, aunque tengas recursos o incluso un “país completo” para experimentar, la probabilidad de despingarlo rápido no se reduce: aumenta, porque todo el proyecto se vuelve una competencia por controlar la llave, no por producir agua. Por eso es que Cuba está como está; porque la ocuparon un montón de ineptos y corruptos y la convirtieron en la Haití 2.0

Cuba se parece cada día más a Haití en el sentido de “Estado ausente”: en el mecanismo de impunidad administrativa y en la cultura de la excusa como arquitectura de gobierno. Haití puede colapsar por fragmentación y violencia; Cuba puede colapsar por centralización y mala asignación crónica.

El sistema cubano lleva décadas presentándose como un modelo que solo falla por agresión externa, y sin embargo el propio ciclo reciente describe deterioro sostenido: Reuters reportó que la economía cubana volvió a contraerse en 2024 (–1,1%) y acumula años de caída, con apagones de hasta 16 horas diarios y desplome de sectores productivos. AP, por su parte, ha descrito la caída del turismo en torno a un 70% desde 2018, afectado por sanciones, pandemia, apagones y la erosión general de servicios e infraestructura.

Incluso los indicadores te obligan a matizar, porque Cuba no aparece como el país más corrupto del hemisferio según CPI: Transparencia Internacional le asigna 41/100 (puesto 82/180), mejor que Dominicana en esa medición, lo cual sugiere que el problema cubano no se agota en “corrupción” entendida como mordida tradicional, sino en ineficiencia estructural, monopolio, ausencia de competencia real, falta de controles externos y un diseño que no premia productividad sino lealtad y disciplina. Todo “gracias” al comunismo que implantaron desde el 1959.

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