Niños en Venezuela inundan las calles buscando el sustento para sus familias

Los niños indígenas deambulan en las calles de Maracaibo, la segunda ciudad de Venezuela. Se les ve descalzos, mal vestidos, sucios e indefensos, pidiendo comida, vendiendo cualquier cosas de poco valor, para llevar sustento a sus familias. La necesidad los convirtió en exploradores de su propia tierra, estacionada en la desgracia, asediada por el hambre a la que la arrojó los casi 18 años de “revolución” chavista, parida por el castrismo.

“Pido y pido hasta que alguien me da algo para por lo menos hacer una sopa. En casa no tenemos nada de comer”, dice el pequeño Miguel, de origen Wayuu y con no aparentados 10 años, en reportaje publicado por El Nuevo Herald.

Los menores recorren el centro de la ciudad cada día, tratando de lograr algo para la comida del día, una a lo sumo. Se acercan a los vendedores de carne y pollo a pedir las sobras, los pellejos y los huesos, y sólo en ocasiones los comerciantes ceden a sus peticiones. Algunos se dedican a vender bolsas, actividad que les permite comprar algo de arroz, no más.

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Miguel vive en Carrasquero, del municipio Mara, un poblado rural con altos índices de pobreza extrema, que está a dos horas de viaje en bus desde el centro de Maracaibo. En sus desérticos paisajes muchas madres de la etnia wayuu alimentan a sus bebés con agua de arroz, e inclusive se las ingenian para hacer platos aprovechando la concha del plátano.

Promesa incumplida

Hace 10 años nació Miguel, justo cuando el desaparecido y expresidente venezolano, Hugo Chávez, proclamó en el 2008 que no había un solo niño pobre en las calles. Pocos olvidaron la promesa que hizo la noche que ganó su primera elección en 1998.

“No permitiré un solo niño callejero en Venezuela o me dejo de llamar Hugo Chávez”, dijo el fallecido revolucionario al coronarse con la presidencia y que pasados varios años, fue criticado por la oposición por incumplir su promesa.

Al inicio del mandato de Chávez, el mandatario manejaba una cifra de niños en la calle cercana a los 8.000, calculada por los infantes en situación de calle inscritos en instituciones del gobierno, lo que supondría la alta posibilidad de que fuesen muchos más.

El escenario actual en Venezuela, tanto para los adultos como para los niños es, a lo menos, perturbador. En el que niños como Miguel, deben salir cada día a luchar por su supervivencia, por comida. El padre del menor tiene cáncer de huesos, y poco puede hacer para calmar el hambre de sus hijos, de quien depende.

Los hermanos mayores trabajan en una construcción y los menores salen, como él, a vivir de la compasión de las personas, que en muchos casos los desprecian y rechazan alegando no tener para ayudarles.

Trabajo infantil

Karen Rosa, otra cara de la pobreza venezolana, tiene 11 años y se gana el pan vendiendo bolsas en el centro de la ciudad marabina. En ocasiones logra reunir dinero para comprar medio kilo de arroz y se lo lleva a su familia, a dos horas de viaje en autobús.

Oscar Misle, maestro y miembro de Cecodap, organización de defensa de los niños, calcula que al menos tres millones de niños venezolanos no van a la escuela todos los días y muchas veces terminan en las calles y muchos estarían dispuestos a robar de ser necesario como supervivencia.

“Estos niños ven la calle como una posibilidad de sobrevivir, de encontrar lo que no hay en sus casas”, aseguró desde Caracas el docente.

Son escuadrones completos de infantes desplegados en las calles del hambre, en uno de los países más ricos del mundo. Un magnicidio social contra millones de niños, que nacieron entre falsas promesas que sólo se usaron para el empoderamiento de una cúpula que ostenta toda clase de lujos grotescos y abusa del poder.

Redaccción Cubanos Por El Mundo

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