Por Enrique Villareal/ Excelsior. Un un hecho inimaginable hasta hace muy poco, entre el 20 y 22 de marzo, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, visitó Cuba. Después de 88 años, un mandatario estadunidense estuvo en la isla. A diferencia del presidenteCoolidge, cuya estancia se dio cuando imperaba la política del “gran garrote” hacia América Latina, la de Barack Obama responde a una reconciliación, a un impulso liberalizador y a reposicionar a su país en la región (por eso, también el viaje a Argentina), por ejemplo, ante el avance chino.
Después de más de cinco décadas de ruptura y embargo, Obama reconoció la inutilidad de prolongar la Guerra Fría y junto con su homólogo cubano, Raúl Castro, anunció en diciembre de 2014 el inicio del deshielo. Desde entonces, ello ha implicado sacar a Cuba de la lista de patrocinadores del terrorismo, levantar restricciones de viaje, permitir a cubanos abrir cuentas bancarias en Estados Unidos y usarlas para enviar remesas a la isla, restaurar el servicio postal y vuelos comerciales; liberar presos, la reapertura de embajadas y el exhorto de Obama al Congreso para que se levante el embargo, lo que más ha reclamado Raúl Castro, junto a la devolución de la base de Guantánamo, para que se dé la plena normalización entre ambas naciones.
Las acciones de deshielo no han sido correspondidas por cambios al interior de Cuba y, por ello, los opositores a aquellas aducen que no serán efectivas (como sucedió con la visita del Papa en 1998) y que sólo servirá para legitimar a la dictadura.
Así, en la víspera de la llegada de Obama, fueron disueltas protestas de las Damas de Blanco y detenidos 200 disidentes, entre ellos Elizardo Sánchez, presidente de la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional, quien denunció que sólo en enero se registraron mil 414 detenciones por motivos políticos, lo que no acepta Raúl Castro, quien desafió a una periodista, en presencia de Obama, a que “le mostrara una lista de los presos políticos y que los soltaría inmediatamente”, además enfatizó en las “profundas diferencias” que tiene con Obama en diversos temas.
Obama reconoció el liderazgo sanitario de Cuba, aunque requiere un modelo económico que “dé más oportunidades a los cubanos y esté conectada con la economía global”, así como la necesidad de reconstruir los lazos con el exilio, sin olvidar el tema explosivo: que “no ignora las violaciones a los derechos humanos”; que ha hablado “con franqueza” con sus interlocutores cubanos y espera que con el tiempo se garanticen la libertad de expresión, de reunión y la religiosa en Cuba, que “son valores universales”.
En su histórico discurso ante la plana mayor del gobierno, el cual los cubanos pudieron ver por televisión en vivo, Obama afirmó que “he venido aquí para enterrar los últimos vestigios de la Guerra Fría en las Américas”; si bien, “el futuro de los cubanos será decidido por ellos mismos”, Castro no debe temer a Estados Unidos, “a las críticas en su propio país ni la capacidad de los ciudadanos para elegir a sus líderes en comicios libres y justos”. Después de reunirse con opositores, que han sido perseguidos y reprimidos, Obama elogió “la valentía de los disidentes”.
Aunque el embargo estadunidense es la última excusa para justificar la permanencia del régimen castrista (al que políticamente le conviene que tarden en levantarlo), la bancarrota del estatismo y el creciente clamor libertario de los cubanos vislumbran el final del socialismo en la isla. En este sentido, la visita deObama será recordada como un “diplomático empujoncito”.