# OPINION: Good bye, Lenin!

Existe una elocuente, incluso sarcástica relación entre la dictadura y la longevidad. Lo sabemos en España y lo supieron los camboyanos. Lo saben los cubanos a cuenta del síndrome de Estocolmo que ha cultivado Fidel Castro desde la purga y el victimismo, así es que debió resultarle monstruosa la imagen de su hermano plegándose como un monaguillo ante un presidente americano y negro.

Insisto en lo de negro porque la dictadura cubana fue siempre discriminatoria en el reparto y en la pedagogía del poder, incluso racialmente paternalista cuando sobrevenían las misiones africanas, aunque sospecho que Fidel Castro no estuvo nunca al corriente del acto de conciliación con la administración yanqui.

Lo imagino engañado por su entorno. Sospecho que lo habían convertido en la cobaya caribeña de Good bye, Lenin!, aquella película germano oriental cuyo protagonista había construido a su madre una realidad paralela que renegaba de la caída del Muro de Berlín y que la prevenía del peligro de un recaída tras haber sufrido una crisis cardiaca y un problema de amnesia.
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