El vacío conceptual de la definición de revolución, según Fidel Castro, deja las manos libres para cualquier decisión futura que tomen quienes releven a la actual generación histórica
Bajo la sombra del duelo nacional decretado tras la muerte de Fidel Castro, los cubanos han sido convocados a firmar, en calidad de juramento, unas palabras pronunciadas por el expresidente en mayo del año 2000 y en las que dejó para la posteridad su concepto de Revolución.
“Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio; es modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo; es luchar con audacia, inteligencia y realismo; es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas. Revolución es unidad, es independencia, es luchar por nuestros sueños de justicia para Cuba y para el mundo, que es la base de nuestro patriotismo, nuestro socialismo y nuestro internacionalismo.”
Más que una definición, el texto debe entenderse como un balance personal del proceso político que Castro protagonizó. Ante la ausencia de un pensamiento teórico sólido, los exegetas del Comandante en Jefe han echado mano de la poética de su retórica para extraer, algo así, como un testamento político.
La frase elegida tiene los giros de la oratoria dicha para cautivar a los congregados en una plaza, donde casi toda licencia queda permitida, mientras que suene bien y conquiste los oídos. Pero leída en la distancia y analizada como una tesis, carece de solidez programática.
En la frase, el término Revolución resulta ambivalente y lo mismo se presenta como un resultado obtenido que por alcanzar. En otros momentos del enunciado parece un método para conseguir ciertas metas, el fruto final de un proceso o un atado de valores morales cercano al decálogo del buen comportamiento.
Las contradicciones del concepto pronunciado por Castro hace más de tres lustros han disuadido a los académicos del entorno oficial y a los intelectuales orgánicos de analizarla. En lugar de ello, han optado por sacralizar el versículo para no verse comprometidos a desmenuzarlo con rigor.
Cuando Castro menciona que Revolución es sentido del momento histórico, solo confirma que hace falta olfato político para percibir el cúmulo de oportunidades que detonan tales procesos, algo que descansa exclusivamente en la capacidad de ciertos individuos para aprovechar la situación.
Por otro lado, la diferencia sustancial entre Revolución y reforma reside en la manera en que se realizan las transformaciones, pero estas palabras evaden puntualizar el carácter violento y radical del proceso que promueven. La ausencia de esta precisión constituye el déficit conceptual más importante del texto.
En el horizonte de casi todas las revoluciones sociales se coloca la igualdad, pero no se necesita un proceso de tal naturaleza para intentar alcanzarla. La libertad ha sido históricamente la más afectada por las revoluciones. En especial, las libertades de expresión y asociación, y, en el caso de las revoluciones socialistas, las económicas.
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