Periodista de NBC en La Habana “olvida mencionar” quién es y de qué familia proviene Óscar Pérez-Oliva Fraga

El programa TODAY de NBC emitió desde La Habana un adelanto de una entrevista con el funcionario cubano Óscar Pérez-Oliva Fraga en la que el invitado aparece presentado ante la audiencia estadounidense como una suerte de arquitecto de la nueva etapa económica de la isla, un hombre encargado de atraer inversión extranjera y de explicar la idea —que en Washington y en los estudios de televisión suena bastante razonable— de permitir que cubanos que viven fuera del país inviertan en negocios dentro de Cuba. La conversación se mueve por ese carril reconocible del lenguaje económico contemporáneo: capital, reformas, oportunidades, modernización, palabras que en televisión suelen pronunciarse con un tono ligeramente optimista. De acuerdo con el tono de la pieza, tal parece que el sistema estuviera a punto de abrir una puerta que durante décadas permaneció cerrada.

Hasta ahí nada particularmente extraño.

El chirrido empieza desde el mismo arranque, cuando uno escucha la forma en que el periodista introduce al entrevistado. Pérez-Oliva Fraga aparece descrito como una figura central del aparato económico cubano, alguien que muchos consideran el responsable de empujar los cambios necesarios para atraer capital extranjero y reorganizar el modelo económico del país. Es presentado, en esencia, como un tecnócrata que intenta vender al mundo la idea de que Cuba está preparada para recibir inversiones. Y es que, hay una pieza básica de contexto que desaparece completamente de la conversación y que este corresponsal de NBC en La Habana omite.

Hay un dato sobre Pérez-Oliva Fraga que cualquier internauta promedio puede encontrar en cuestión de minutos al buscar su nombre: pertenece a la familia Castro. Más exactamente, es sobrino-nieto de Fidel y de Raúl Castro, es decir, miembro de la tercera generación del mismo linaje político que ha dominado el poder en Cuba desde 1959. Sin embargo, ese dato no aparece en ningún momento de la entrevista.

No se menciona cuando el periodista presenta al invitado, no se menciona cuando se habla de su papel dentro del aparato económico del gobierno y tampoco se menciona cuando se discute la posibilidad de abrir espacios a la inversión extranjera. Simplemente desaparece del cuadro, como si fuera un detalle irrelevante para comprender quién es el hombre que está sentado frente a la cámara hablando de reformas económicas.

Una simple omisión que comienza a parecer algo más serio. Porque cuando un periodista entrevista a un alto funcionario de un sistema político tan particular como el cubano, el contexto no es un adorno narrativo: es la base mínima para que la audiencia entienda qué está viendo. Presentar a Pérez-Oliva Fraga únicamente como un gestor económico, sin explicar que pertenece a la familia que ha controlado el poder político en la isla durante más de seis décadas, no es simplificar la historia. Es quitarle una de sus piezas fundamentales.

La cuestión no es personal. Nadie discute que Pérez-Oliva Fraga tenga responsabilidades reales dentro del aparato económico del gobierno cubano ni que esté implicado en la estrategia oficial para atraer inversión extranjera. Lo que está en discusión es la manera en que se presenta esa figura ante el público. Porque si se habla de Cuba, el árbol genealógico importa.

En un país donde el poder ha estado históricamente concentrado en un círculo muy reducido de familias y de estructuras políticas, saber de dónde viene un funcionario no es un chisme biográfico. Es información política básica. Es parte del contexto que permite entender cómo funcionan las jerarquías del sistema y por qué determinadas personas ascienden con tanta rapidez dentro de él.

En el caso de Pérez-Oliva Fraga, ese ascenso ha sido notablemente rápido. En pocos años pasó de ocupar posiciones técnicas dentro del aparato estatal a convertirse en una de las caras visibles del discurso económico del gobierno, con responsabilidades directas en la estrategia de atraer capital extranjero y reorganizar sectores clave de la economía. Ese recorrido meteórico ya ha sido señalado por analistas y observadores que siguen la política cubana precisamente porque coincide con su pertenencia al entorno familiar del poder. Omitir ese dato cuando se presenta al personaje no es poca cosa. No hacerlo, denota falta de rigor.

En cualquier otro contexto político, un periodista difícilmente entrevistaría a un alto funcionario vinculado por lazos familiares al núcleo del poder sin mencionar ese vínculo. Sería lo primero que aparecería en la introducción, porque es la información que permite situar al personaje dentro del sistema político que representa. En el caso de Cuba, sin embargo, esa pieza desapareció del relato. Y cuando el contexto desaparece, lo que queda ya no es periodismo completo. Es una historia contada a medias.

Hablar de inversión extranjera, de reformas económicas o de apertura al capital sin explicar quién controla realmente las estructuras del poder que prometen abrir esas puertas no ayuda a entender la realidad cubana. Más bien la simplifica hasta volverla irreconocible.

Si se va a entrevistar a un funcionario del aparato estatal cubano, la audiencia tiene derecho a saber quién es, de dónde viene y a qué estructura de poder pertenece. Todo lo demás —las promesas de inversión, los discursos sobre modernización económica, las palabras cuidadosamente elegidas para sonar tranquilizadoras— solo adquiere sentido cuando se coloca dentro de ese contexto. Y en este caso, ese contexto era imposible de ignorar. Salvo que alguien decidiera ignorarlo.

Habrá que esperar a la noche a ver si George Solís presenta a Pérez-Oliva Fraga como quién realmente es; sino, por favor, NBC, mándanos un periodista que sirva para La Habana porque a este… no lo queremos. No lo necesitamos.

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