Alexis “Cuco” Mendieta no existe. Al menos no como muchos – y muchas sobre todo – quisieran creer. Y aun así, durante 48 horas se comportó como si existiera: tuvo biografía, tuvo barrio, tuvo pasado, tuvo exnovias, tuvo enemigos, tuvo admiradoras, tuvo hasta una especie de destino. Eso, en sí mismo, dice más sobre cómo circula hoy la información que sobre el personaje. Pero también dice algo sobre el lugar desde donde se escribió: El Lumpen.
El Lumpen no apareció ayer. La página tiene 11 años. El personaje, 12. Y quien lo creó lleva años en este oficio, observando cómo se construyen relatos, cómo se empujan titulares, cómo se fabrica autoridad con dos frases bien colocadas.
Cuco no es un accidente. Es un artefacto narrativo. Y como todo artefacto, funciona porque conoce el material con el que trabaja: la costumbre, la propaganda, el deseo de creer y el hambre de épica. Y sí, ayer alguien recordaba que “lo hizo con lo del pasaporte” y también con “lo del Versailles”. Solo que en aquel momento no fue tan viral, aunque lo fue.
Lo primero que explica el fenómeno de “Cuco” es el contexto. A mucha gente le parece perfectamente plausible que haya cubanos involucrados en Venezuela. No solo plausible: lógico. Se ha dicho durante años, se ha discutido con testimonios, con filtraciones, con historias de inteligencia y escoltas. Por eso, cuando aparece la idea de que un cubanoamericano participó en la captura de Nicolás Maduro, el cerebro no se detiene a verificar. Lo siente como coherente. Y en redes, lo coherente se comparte con rapidez. Más aún cuando no se trata de “uno más”, sino del supuesto líder del equipo Delta Force.
Lo segundo es el giro emocional. Cuco no es cualquier cubanoamericano. Es alguien que nació en un borde de La Habana, en un barrio periférico —La Habana pero casi no lo es— y que fue criado en Hialeah. Ese detalle no es decorativo. Es un puente. Es una ruta afectiva que muchos cubanos reconocen como propia o cercana: el barrio, la salida, la crianza en el exilio, la dureza aprendida, el regreso simbólico convertido en justicia.
Lo tercero es el nombre. Suena bien. Cae redondo. Tiene oído. “Alexis Cuco Mendieta” se recuerda sin esfuerzo, como un verso. No hace falta contar sílabas para sentirlo: es un nombre hecho para circular. Tiene gracia sin ser chiste. Tiene música sin ser canción. Y en la cultura cubana, el “Cuco” pesa. Vaya uno a saber por qué.
Lo cuarto fue la imagen. La foto funcionó como sello. Miles de mujeres dijeron lo mismo, con palabras distintas: el tipo es atractivo y, además, transmite dureza. La imagen hizo lo que el texto solo no podía hacer. En términos narrativos, cerró el circuito del deseo. No solo validó al personaje como “creíble”, sino que lo volvió deseable, y eso cambia todo.
En la épica política contemporánea, el héroe ya no se construye solo desde la moral o la fuerza, sino desde el cuerpo. La foto usada —un hombre atractivo, duro, contenido, sin gesticulación heroica— encaja perfectamente con el arquetipo actual del “operador silencioso”. Además, el deseo femenino, casi siempre ignorado en los análisis de propaganda política, operó con fuerza. Muchos comentarios no hablaban de geopolítica, hablaban del tipo. Esa fue la señal de que el personaje dejó de ser solo político y entró en la cultura popular como figura erótica. Y cuando un personaje entra ahí, desmontarlo con datos se vuelve casi imposible.
Y luego está lo más incómodo. Mucha gente no se detuvo en un detalle básico: la identidad de quienes participan en este tipo de operaciones militares siempre está protegida. Aun así, el personaje se viralizó. El problema es que el lector atento es minoría cuando la viralidad se dispara. En redes, el volumen actúa como certificado de verdad: cuando algo está tan compartido, el ojo asume que alguien ya lo comprobó. Y si además aparece replicado por páginas populares o agregadores de contenido, la percepción de legitimidad se refuerza, aunque el origen del texto se haya diluido por completo.
Cuco no prendió solo porque imitara códigos de noticia, sino porque activó códigos de comunidad y pertenencia. Es la épica mínima del exilio, sin grandilocuencia: un tipo de un barrio habanero periférico, criado en Hialeah, que de pronto aparece como el que hace justicia donde los demás fallaron. Eso es puro resorte narrativo.
Por eso Cuco fue viral. Y por eso no es la primera vez que un personaje de El Lumpen lo consigue. No se compartió solo por credulidad. Se compartió porque activó resortes antiguos: la nostalgia, el deseo de justicia, el orgullo herido, la necesidad de un héroe propio. Algo que, en pocas palabras intentó explicar el internauta Lázaro E. Libre.
En una época en la que todo se comparte antes de entenderse, Cuco funcionó como espejo. No del exilio, ni de Cuba, ni de Venezuela solamente, sino del modo en que hoy se construye la verdad: con formato, emoción y velocidad.
Pero, ¿la culpa es de El Lumpen? No.
El Lumpen trabaja con “breadcrumbs” narrativos: señales internas que no rompen la verosimilitud, pero orientan al lector atento hacia la sátira. Siempre hay una señal de descubrimiento —una frase imposible, un detalle burocrático llevado al extremo, un giro de acta demasiado perfecto— cuyo objetivo no es reemplazar la realidad, sino activar lectura crítica. Eso lo separa de la fake news tradicional. El Lumpen quiere ser desenmascarado, pero exige inteligencia por parte del lector.
En un contexto como Cuba, donde el Estado ha entrenado a la población a consumir “verdad en formato”, imitar esos códigos para evidenciarlos tiene potencia política real. Si entiendes cómo el aparato fabrica héroes, amenazas y gestas, puedes parodiarlo con precisión; y eso es precisamente lo que hace El Lumpen.
Algo de esto escribía ayer el dramaturgo y escritor, devenido luego político, Yunior García Aguilera cuando hablaba del personaje de Alexis “Cuco” Mendieta como joke-art.
Hay que reconocerle aquí, sin embargo, un punto vulnerable a El Lumpen: si la sátira reproduce los códigos de lo real con demasiada fidelidad, la migaja puede no funcionar como señal universal. Una pista evidente para el lector habitual puede no serlo para el lector ocasional. Ahí se abre la zona gris. Cuando una pieza tan cubana se comparte fuera de contexto, deja de pertenecer a El Lumpen y pasa a competir en el mismo mercado de atención que la desinformación. No por intención, sino porque la red aplana formatos. Ha ocurrido también, lo he visto, que El Lumpen intente explicar una pieza y un lector le responda: “¿Tú no ves lo que dice?”.
Hay un video en TikTok de un cubano, que vio a “Cuco” y al leer lo que se decía de él, intuyó que ahí había jodedera: cubano-Cotorro-Hialeah-Cuco. Sin embargo, hay que reconocer que para un lector extranjero, no ya extranjero, venezolano, esas cuatro “migajas”, no funcionan. No como funcionarían en la mente de un cubano.
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El Lumpen trabaja con una premisa simple: no basta con exagerar, hay que copiar el mecanismo. La propaganda no se sostiene por lo que dice, sino por cómo lo dice.
García Aguilera, en su texto decía algo como esto: en Cuba, el poder ha fabricado héroes, enemigos y epopeyas con una disciplina narrativa que no necesita pruebas: necesita formato. Parte, comunicado, collage, testimonio, “fuentes”, foto borrosa, frase memorable, y la promesa implícita de que hay alguien “adentro” que sabe. Cuando El Lumpen parodia, no inventa desde cero: reproduce esa estructura y la empuja, a veces un poco y a veces hasta el borde.
Por eso Cuco funcionó. No entró como chiste, ni siquiera como una noticia trabajada. Entró como relato verosímil. ¡Hasta una canción le hicieron!
La gente no solo lo compartió porque fuera brillante, sino también porque se parecía demasiado a lo que ya circula. Y en esa imitación hay una intención clara: El Lumpen no pretende sustituir una verdad por otra, ni instalar una mentira duradera. Pretende que el lector tropiece. O si acaso que, “confundido”, vuelva atrás, lea de nuevo y detecte la grieta.
Esa grieta no es accidental. Dentro de la lógica de autor, no existe una noticia donde no caigan migajas, al menos una, en el medio o al final. Siempre. Un detalle que no encaja, una solemnidad demasiado perfecta, una frase doctrinal fuera de lugar, una precisión burocrática tan absurda que solo puede ser intencional.
El problema empieza cuando ese círculo se rompe. No por culpa del texto, sino por el ecosistema donde cae. Hay lectores que se quedan en el titular. Otros leen dos líneas. Otros creen que compartir es lo mismo que saber. Lo que Cuco demostró, con una crudeza que no esperaba, es que la viralidad se parece a una autopista sin señales: el contexto se pierde y el formato gana.
Aquí hay una línea ética que no voy a disfrazar. La sátira que imita noticias puede confundirse. Puede circular como información. Puede alimentar conversaciones falsas. Eso es incómodo, incluso si la intención es crítica. Pero también sería tramposo concluir que la solución es dejar de parodiar. En Cuba, la vida cotidiana ya es una fábrica de absurdos. Muchas cosas que El Lumpen distorsiona luego se vuelven realidad, no por adivinación, sino porque el poder repite patrones. El Lumpen conoce esos recursos y los refleja. El riesgo es que, cuando lo real ya parece parodia, la parodia pueda parecer real.
Entonces, ¿qué hago con eso? No esconderlo. Cuco fue un experimento narrativo que expuso algo que interesa más que el personaje: la facilidad con la que se construye épica política y la velocidad con la que el deseo sustituye al dato. El Lumpen no es un medio de “exclusivas”. Es un laboratorio de deformación, no de desinformación. Es distinto. Está diseñado para que el lector diga: “Aquí hay algo raro”. Si no lo ve, el texto fracasa. Y si se comparte como verdad, el fracaso no es solo del lector: también es de El Lumpen porque la migaja no alcanzó o no se entendió.
Cuco no existe. Pero la maquinaria que lo hizo posible sí. Y esa maquinaria no la inventó El Lumpen. El Lumpen la copia, la exagera a veces, la distorsiona otras, para que se vea. Para que duela un poco. Para que obligue a leer de nuevo. Y para que, al final, quede claro que no estoy mintiendo: estoy burlándome. La diferencia no está en la intención, sino en si el lector decide mirar dos veces.
Eso sí, la página lo advierte desde su marco introductorio: “Parodia/Sátira. Este es un sitio para hablar de cosas reales con un toque de humor. O de cosas que pudieran ser verdad”. El lector está advertido. Nada que reclamar.