El prófugo Raúl Castro reapareció en público en La Habana

El anciano dictador y prófugo de la justicia, Raúl Castro, reapareció en La Habana, escoltado por el miedo y un despliegue de seguridad que evidencia el pánico de un régimen en su etapa terminal.

En el Teatro Karl Marx, convertido en un búnker de sobrevivencia política, el nonagenario se dejó ver envuelto en su gastado uniforme militar, como si las medallas pudieran ocultar el peso de una historia manchada de sangre.

Esta es su primera puesta en escena tras la histórica acusación formal presentada por la justicia de Estados Unidos en mayo, donde se le señalan cargos por asesinato y conspiración relacionados con la ejecución criminal de cuatro tripulantes de Hermanos al Rescate en 1996.

Una puesta en escena forzada

El evento, que combinó la celebración de su cumpleaños 95 con el aniversario 65 del Ministerio del Interior, funcionó como una obscena puesta en escena de lealtad forzada. Mientras el pueblo cubano sobrevive a la hambruna y la miseria, Raúl Castro se rodeó de su cúpula de esbirros: Miguel Díaz-Canel, altos mandos del Partido Comunista y oficiales de un Ministerio del Interior señalado internacionalmente como brazo ejecutor de la represión.

La atmósfera, cargada de un hermetismo militar asfixiante, confirmaba que el dictador ya no camina por Cuba, sino que se esconde tras una fortaleza de fusiles y uniformes.

El régimen evitó que el anciano pronunciara palabras ante los presentes, quizás para ocultar la fragilidad cognitiva de quien otrora decidiera el destino de millones. Fue Lázaro Alberto Álvarez Casas, actual titular del Ministerio del Interior y general de Cuerpo de Ejército, quien leyó un mensaje en su nombre.

El texto, vacío de autocrítica, definió a la institución como “baluarte de la soberanía y la tranquilidad nacional”, exigiendo a sus subordinados mantener un férreo “orden, control y responsabilidad”.

Asimismo, el dictador exhortó a los presentes a defender la “obra de la Revolución” y el “futuro del país”, apelando a una supuesta “lealtad inquebrantable” que hoy no es más que un mecanismo de supervivencia ante el inminente desplome del sistema.

Raúl Castro reapareció en público
Raúl Castro durante el infame acto del régimen

El aislamiento y la sombra de la justicia

Por su parte, Díaz-Canel, quien recibió sanciones de Washington apenas 48 horas antes del acto, aprovechó el podio para intentar una defensa desesperada. El puesto a dedo ensalzó a Raúl Castro como figura fundacional de la seguridad del Estado, recordando cuando, a sus 27 años, creó el Cuerpo de Servicio Secreto en el Segundo Frente Oriental.

Fue en ese momento de fervor artificial donde se coreó la vacía consigna: “Raúl es Cuba, y a Cuba no se toca”.

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La jornada también sirvió para intentar maquillar la ruina económica del país. Díaz-Canel atribuyó la salida masiva de empresas extranjeras a la presión del gobierno estadounidense, justificando así, como de costumbre, la escasez crítica de combustibles, alimentos y medicinas. Ellos mismos, por supuesto, no se echaron la culpa de absolutamente nada.

Peor aún, en un despliegue de cinismo, mencionaron a 32 mercenarios cubanos abatidos en Venezuela el 3 de enero, calificándolos de “caídos en combate”. La narrativa oficial intenta convertir el fracaso de su aventura intervencionista en un ejemplo de “defensa nacional”, mientras la realidad de la calle grita lo contrario.

La sombra de la justicia internacional acecha a Raúl Castro. Tras las sanciones impuestas por Estados Unidos contra los principales miembros de su clan, además de los bloqueos financieros a las Fuerzas Armadas y al conglomerado GAESA, el dictador se encuentra arrinconado.

Su reaparición no fue un acto de poder, sino una desesperada confirmación de que el régimen agoniza. Raúl Castro intenta aferrarse a sus fantasmas de uniforme y galones, ignorando que el juicio de la historia y el hambre de su pueblo ya dictaron sentencia.

La dictadura, representada en este anciano, sabe que el tiempo de la impunidad termina, dejando a un Raúl Castro que, a sus 95 años, solo puede aspirar a la sombra de los esbirros que lo protegen de la libertad del pueblo al que tanto teme.

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