Regreso a San Blas

En las montañas del Escambray cerca de San Blas. Foto: 5deseptiembre.cu
En las montañas del Escambray cerca de San Blas. Foto: 5deseptiembre.cu

Con mis dos dolores: el de ver partir a mis compañeros hacia el frente de combate sin poder acompañarlos, y el que sentía en mi antebrazo y muñeca izquierdos, que se incrementaba a cada paso del caballo que me llevaba, regresé a San Blas con la esperanza de que el médico me arreglara el brazo.

Sin embargo, cuando llegué al puesto médico choqué con la cruda realidad: el médico poco podía hacer sin tomar una radiografía para saber cómo estaba el hueso. Me puso dos tablillas amarradas con gasa y me dijo que había que esperar a que trajeran yeso de Cienfuegos para poder enyesarme, lo que ocurrió como a los tres o cuatro días.

Comenzó para mí la etapa más difícil de la guerra. La obligada inactividad y la falta de información de lo que estaba pasando en el frente de batalla me hacían los días interminables. Solo las visitas a la amiga que vivía al lado del camino hacia la loma donde estuvimos acampados, le daban cierta paz a mi espíritu.

En el puesto médico había otros dos ingresados, un joven que no recuerdo qué enfermedad tenía, y un hombre mayor de más de 50 años, que tenía problemas en las piernas y por eso no pudo continuar con la guerrilla.

De los tres, el que peor estaba era yo, pues aunque podía caminar sin problemas, el dolor en el brazo enyesado no se me quitaba. Los tres nos sentábamos a conversar para que pasaran las horas del día con más rapidez. Así estuvimos hasta el 24 de diciembre, cuando nos trajeron una comida especial por la noche buena.

Después de comida, ya de noche, salí a dar una vuelta y llegué hasta los alrededores de una casa, cerca de la planta eléctrica, donde escuché que en la radio estaban trasmitiendo el himno del 26 de Julio. Me acerqué y escuché a los jefes guerrilleros trasmitiendo órdenes. Así supe que varios pueblos de la provincia ya estaban liberados, por lo que tomé la decisión de comenzar a la mañana siguiente a bajar de las lomas, hasta donde fuera posible avanzar en mis condiciones.

El 25 de diciembre por la mañana, los tres compañeros que permanecíamos en el puesto médico de San Blas, emprendimos el regreso hacia el llano con la decisión de llegar hasta donde fuera posible. Caminamos casi todo el día rumbo a Cumanayagua, que era la población más cercana, a donde llegamos a media tarde y decidimos pernoctar allí.

Desde muchas casas nos invitaban a que pasáramos la noche en su vivienda. Yo tuve la suerte de encontrarme con una familia amiga a quienes no veía hacía como 10 años y enseguida me reconocieron y me llevaron para su casa, me brindaron comida y alojamiento para esa noche, pues al día siguiente seguiríamos viaje hacia los demás pueblos liberados.

El dueño de un jeep se ofreció a llevarnos a Lajas, Cruces y Ranchuelo, que era lo más lejos que podíamos llegar, pues todavía se combatía en Santo Domingo y en los alrededores de Santa Clara. El día 26 hicimos ese recorrido. Almorzamos en Lajas, donde vivía el mayor de los tres. Él se quedó en su casa y los otros dos seguimos hasta Ranchuelo, donde eran atendidos algunos heridos de los combates de Santo Domingo. Al llegar allí me llevaron con un ortopédico para que me examinara el brazo y, bajo anestesia, trató de reducir la fractura, pero fue imposible, pues los huesos habían soldado separados y para repararlos había que hacer una compleja operación con injerto de hueso y eso tendría que ser en un hospital.

Permanecí en Ranchuelo, recluido en una sala de hospitalización improvisada en el local del Sindicato Tabacalero, donde éramos atendidos los heridos no graves y los enfermos, por un grupo de muchachas jóvenes, entre las que conocí a una que posteriormente sería la madre de mis dos hijos. Allí me mantuve hasta el 31 de diciembre.

Por Elio Delgado Legón

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