Siro Cuartel, El Lumpen y “Cuco” Mendieta: ¿acaso no estamos leyendo como deberíamos?

El estallido del personaje de Alexis “Cuco” Mendieta hace dos semanas, no solo provocó confusión, adhesiones y desmentidos. Provocó algo más incómodo: una relectura tardía. A partir de los textos publicados por Yunior García Aguilera y por Cubanos por el Mundo, que coincidieron en definir el fenómeno como una especie de pieza de “joke-art“, quedó planteada – al menos para mí que conozco el Lumpen hace ya más de diez años – una pregunta inevitable: si lo de Cuco es “joke-art“, ¿qué era entonces todo el trabajo anterior de Siro Cuartel? ¿Una antesala menor o el mismo fenómeno operando durante años en otra escala?

La pregunta no surge del entusiasmo retrospectivo ni de la necesidad de legitimar un éxito viral. Surge por coherencia. Tanto García Aguilera como Cubanos por el Mundo describen Cuco no como una broma ingeniosa, sino como una construcción que funciona porque imita con precisión los códigos de la verdad contemporánea: el formato de noticia, el tono institucional, la biografía mínima, la imagen-sello, el lenguaje de “exclusiva” y la promesa implícita de acceso privilegiado. Esa descripción no remite a una ocurrencia improvisada en enero de 2026, sino a un procedimiento reconocible, con antecedentes claros.

Esos antecedentes no están en la viralidad, sino en el archivo. Y permítaseme ilustrarlos.

En 2014, Siro Cuartel abre un blog personal que, desde su propia presentación, se construye como parodia institucional. En la sección “About”, el autor no se define como humorista ni como satírico, sino como una especie de periodista de trayectoria desmesurada, con múltiples doctorados, conferencias internacionales y un prestigio inflado hasta el absurdo, rematado por la imagen del profesional consagrado que vive en un tráiler y solicita donaciones. Este detalle no es un chiste decorativo, sino una caricatura deliberada del currículum como dispositivo de autoridad, de la solemnidad burocrática como garantía de verdad. Antes de leer una sola entrada, el lector ya ha sido introducido en una ficción que como plantea Aguilera, reproduce el lenguaje del poder simbólico para vaciarlo desde dentro. El “joke-art” no aparece después: está inscrito desde el inicio en la forma de presentarse como “institución.”

Ese gesto se despliega en el contenido. Desde 2014, el blog se articula alrededor de una herramienta central: la entrevista. Estas, durante varios años —especialmente entre 2014 y 2016— aparecen con una regularidad notable, casi semanal. El tono es siempre el mismo: un narrador que se mueve como periodista con acceso por todo el país y el extranjero, agenda y legitimidad institucional. Hay citas concertadas, despachos, viajes gestionados, escenas previas al encuentro, preguntas y respuestas transcritas con naturalidad documental con la jetset nacional y alguna que otra figura extranjera en la isla. El texto no anuncia su condición satírica. Se presenta como registro.

En ese primer tramo, el “joke-art” no depende del remate ni de la exageración visible, sino de la fidelidad formal. La sátira no está en lo que se dice, sino en cómo se dice. En un contexto como el cubano, donde la verdad pública ha sido históricamente vehiculada por partes, comunicados, entrevistas “concedidas” y crónicas de acceso, copiar ese formato con exactitud equivale a reproducir la lógica misma de la autoridad. El “joke-art” no sustituye una verdad por otra: imita el mecanismo para exponer su fragilidad, sentencia Yunior García, dramaturgo de sobrada trayectoria. Y libros.

Con el tiempo, ese ritmo sostenido se quiebra. El blog entra en una fase de intermitencia. Las entrevistas no desaparecen, pero dejan de ser regulares. Hay silencios prolongados, saltos de meses y de años, seguidos de regresos puntuales. El método permanece, pero deja de ejercitarse de forma constante. Ese cambio no es solo editorial; es perceptivo. Cuando un autor deja de publicar con regularidad y reaparece después de un periodo largo, su trabajo empieza a sentirse nuevo, incluso cuando no lo es. La interrupción produce olvido; el regreso genera una ilusión de novedad.

Ese fenómeno explica por qué determinadas piezas, al reaparecer, provocan un “boom” y obligan a una relectura completa del archivo, porque había quedado fuera de foco. La irregularidad desentrena al público. Se pierde el hábito, se enfría el contexto, se diluyen las claves internas que permitían reconocer el procedimiento.

En ese marco se entiende el desplazamiento hacia El Lumpen. El salto no supone una ruptura del método, sino una adaptación al entorno.

El Lumpen ofrece una superficie más ágil: textos más breves, circulación más rápida, impacto inmediato. La sátira se vuelve comprimida, acelerada, compatible con el ritmo de las redes. En ese tránsito, la entrevista deja de ser un ejercicio regular. El formato corto funciona mientras la sátira permanece reconocible como tal.

Pero el método no desaparece. Queda en reserva. Y ahí aparece un patrón que solo se hace visible cuando se observa el conjunto: cada vez que una publicación de El Lumpen se vuelve demasiado viral, cada vez que la ficción deja de comportarse como texto y empieza a circular como realidad social —cuando la gente no solo se ríe, sino que cree, comenta, completa el relato— el formato breve ya no alcanza. Entonces ocurre el movimiento inverso. No como nostalgia ni como rectificación, sino como necesidad interna del procedimiento. La entrevista reaparece porque es el lugar donde la ficción puede volver a comportarse como documento y ser más amplia en su análisis explicativo.

Ese ir y venir no responde a una estrategia declarada, sino a la lógica propia del trabajo. El blog no desaparece cuando aparece El Lumpen; queda en pausa como archivo activo. Y El Lumpen no invalida el blog; lo necesita cuando la velocidad de la viralidad exige un espacio más lento, más denso, donde el fenómeno pueda fijarse sin explicarse.

Ese patrón se hace visible en el tramo final de 2025. Tras un periodo de baja actividad, reaparecen entrevistas en el blog.

Una de ellas nace directamente de una historia que se había vuelto viral en redes sociales: la de un locutor cubano, para colmo local, que presuntamente estaría emparentado con la recién nombrada Miss Universe. Diciembre pasa sin continuidad, y en enero de 2026 aparece Alexis “Cuco” Mendieta.

La diferencia, una vez más, no está en el procedimiento, sino en la escala. Cuco no solo se viraliza: se convierte en personaje social. La ficción se emancipa del texto original y empieza a circular como si existiera. Y, como en ocasiones anteriores, la respuesta es la misma: una entrevista que devuelve el personaje al archivo y lo fija como documento dentro del universo que lo produjo.

Leído desde esta perspectiva, Cuco no inaugura el “joke-art“, justo cuando miles de cubanos lo han olvidado y otros millones lo desconocen; y lo vuelve imposible de ignorar.

Durante años, ese trabajo operó en una zona intermedia del espacio cultural cubano: con un público lector, entrenado, reducido; más cercano a una élite simbólica que al consumo masivo. Un público dispuesto a leer textos largos, a reconocer formatos, a aceptar una sátira sin remate visible; mientras el grueso del consumo humorístico se desplazaba hacia registros más inmediatos: humor visual, actores, sketches, influencers, personajes reconocibles.

Eso explica por qué la conversación, hoy, llega tarde a tantos millones de oídos. No porque el fenómeno no existiera, sino porque no había obligado todavía a una lectura colectiva.

La explosión de Cuco fuerza esa lectura. Obliga a volver al blog, a releer las entrevistas, a reconocer que el método llevaba años operando a la vista de todos, aunque no se le hubiera puesto nombre.

Cuco no existe. Ya lo dijimos. Pero el procedimiento que lo hizo posible sí. Y estaba ahí desde 2014, inscrito en la forma misma del proyecto, esperando el momento en que la interrupción, el olvido y el regreso produjeran el efecto más contundente: la falsa sensación de novedad que obliga, finalmente, a mirar hacia atrás.

¿Entonces Siro Cuartel venía haciendo “joke-art” desde su blog hace años y no lo sabíamos? ¿Dónde estábamos?

Hay una tentación cómoda, casi automática, de tratar lo de Alexis “Cuco” Mendieta como si hubiera sido una aparición: un golpe perfecto, una ocurrencia feliz en el momento justo, una de esas piezas que nacen con la viralidad incorporada. Pero si uno se obliga a mirar hacia atrás, lo que aparece no es un milagro, sino una trayectoria. Y ahí empieza la pregunta incómoda: si hoy coincidimos en llamar “joke-art” a lo que hizo El Lumpen con Cuco, ¿qué era entonces todo lo anterior? ¿Una serie de chistes sueltos? ¿O el mismo mecanismo, afinado durante años, sin que le pusiéramos nombre?

Cuando Yunior habla de “joke-art” en sentido tradicional, no se alude a “chistes” sueltos, sino a obras que adoptan la forma de algo serio —arte, prensa, manifiesto, documento— para operar desde la ironía, la parodia o la falsificación consciente. Hay una genealogía bastante clara.

En el campo del arte moderno, el ejemplo fundacional pudiéramos tenerlo entonces en figuras como Marcel Duchamp, cuyo urinario firmado y presentado como obra de museo no era una broma puntual, sino una operación conceptual contra la noción misma de arte y autoridad cultural. Algo similar ocurre más tarde con Fluxus, que convierte el absurdo, la acción mínima y el gesto inútil en piezas “exhibibles”, o con los situacionistas, que secuestran el lenguaje político y publicitario para vaciarlo desde dentro.

En la literatura y la crítica cultural, el joke-art aparece en forma de falsos textos serios. Autores como Jorge Luis Borges, cuando inventa libros inexistentes, bibliografías falsas o autores apócrifos – (“Herbert Quain”, “Pierre Menard”, “Almotásim”) -, no buscan la carcajada sino el cortocircuito intelectual: el lector entra creyendo que está ante un ensayo o una reseña y sale dudando de los cimientos mismos del saber.

En el ámbito periodístico, el “joke-art” clásico adopta la forma de medio informativo. The Onion construye noticias falsas con sintaxis perfecta de agencia de prensa – algo que también hace El Mundo Today en España, por ejemplo; Charlie Hebdo usa el formato de revista política para empujar la sátira hasta el escándalo; MAD parodia la cultura popular imitando sus propios códigos gráficos; y Private Eye mezcla investigación real con sátira seca, de modo que a veces cuesta distinguir una de otra.

Y aquí cuento una anécdota personal. Cuando conocí a Siro Cuartel en el año 2014, me di cuenta que estaba ante una persona que estaba haciendo algo sin saber que lo hacía. Cuartel no conocía The Onion, desconocía al Chigüire Bipolar, desconocía el Mercicoco y el Deforma, todos, medios de Latinoamérica excepto el primero. De todos los medios satíricos que le mencioné, dijo que solo había oído hablar, alguna vez, de El Mundo Today y eso fue porque había vivido en España en el año 2011 y el nombre le sonaba; pero nada más.

El joke-art más allá de Cuco

En el espacio digital contemporáneo, el joke-art continúa en blogs, cuentas falsas “institucionales” y proyectos que simulan comunicados oficiales, notas culturales o análisis académicos. La clave no está en el remate gracioso, sino en la fidelidad formal: cuanto más serio parece el envase, más eficaz es la operación.

Sin embargo, la palabra “joke-art” llega tarde casi siempre. Primero ocurre la cosa, después aparece la etiqueta, luego viene la discusión y al final, cuando ya nadie se juega nada, aparece el consenso.

Con Siro Cuartel ha pasado algo parecido: ahora, porque un personaje inventado logró confundirse con la realidad durante unas horas de velocidad y deseo, estamos descubriendo que la operación no era simplemente humor. Que había método. Que había una forma de mirar el poder, el lenguaje y la credulidad como materias primas. Y que esa forma ya estaba ahí, antes de que “Cuco” tuviera exnovias imaginarias y canciones improvisadas.

Durante años, mucha gente consumió ese tipo de sátira – toda la sátira – como quien se toma un café: para reírse un rato, para aliviar el día, para comentar con un amigo. No se le pidió más. No se le exigió más. Y quizá por eso tampoco se le leyó del todo. Como el meme.

Había piezas que funcionaban como parodia política, sí, pero también como un ensayo práctico sobre cómo se fabrica una verdad pública. Había comunicados que imitaban el tono institucional con una fidelidad que no buscaba el chiste, sino la incomodidad. Había exageraciones que parecían chiste y luego, con el tiempo, se parecían demasiado a la vida real. Había, sobre todo, una obsesión por el formato: por ese modo cubano de certificar la realidad con una plantilla, una voz, una gravedad administrativa que te obliga a creer aunque no haya pruebas.

Si hoy la palabra “joke-art” entre cubanos que leímos estos textos y analizamos con otra mirada a “Cuco” nos suena pertinente, no es porque Siro haya cambiado el juego, sino porque la red, con su capacidad para borrar contexto, terminó convirtiendo el juego en un experimento masivo. El que llega por primera vez a El Lumpen, vuelvo a decirlo, no sabe quién es quién, no conoce la tradición, no detecta el tono. Solo ve una historia con apariencia de noticia, una foto que funciona como sello, un nombre que se pega como un estribillo. Y entonces se produce el fenómeno: ya no es solo sátira, es prueba de resistencia para el ecosistema informativo.

La parte más reveladora de todo esto es que “Cuco” no se volvió creíble por un dato extraordinario, sino por su coherencia emocional pues apeló al reconocimiento. El barrio, el exilio… vaya, para que se entienda: al cubaneo. Es decir: entró por los mismos canales por los que ha entrado siempre la épica oficial, solo que esta vez el guion venía desde una sátira que Siro Cuartel viene haciendo desde su blog hace años.

Lo plausible es que lo estuviera haciendo antes de que nosotros aprendiéramos a nombrarlo, o antes que muchos leyeran lo que escribió el martes Yunior García.

Eso no convierte a los lectores en víctimas ni al autor en un mago. Solo revela algo más simple y más duro: que muchas veces no vemos el alcance de una obra mientras nos sirve como entretenimiento.

La vemos de golpe cuando la realidad, por fin, nos obliga a tomarla en serio. Ahí es donde la pregunta “¿dónde estábamos?” deja de ser un reproche teatral y se vuelve autocrítica. Estábamos en el lugar donde se coloca a la sátira para que no moleste: el lugar del entretenimiento. Estábamos en ese acuerdo tácito de que el humor es un descanso, no una herramienta. Estábamos, también, en la costumbre de subestimar todo lo que se hace con internet, como si la red solo pudiera producir ruido y no formas nuevas de arte político. Y estábamos, por supuesto, en la trampa mayor: creer que la propaganda es algo que solo produce el Estado, cuando en realidad también la producen nuestras ganas de épica, nuestro hambre de un héroe propio, nuestra ansiedad por una justicia que llegue de alguna parte.

Quizá la pregunta final no sea dónde estaba Siro, porque Siro estaba ahí, trabajando con el mismo material de siempre: el lenguaje, la autoridad, la credulidad, el deseo. La pregunta es dónde estábamos nosotros, los demás, mientras el mecanismo se afinaba.

La respuesta no tiene mucha poesía. Estábamos compartiendo sin leer dos veces. Estábamos esperando héroes. Estábamos creyendo que el formato era la verdad. Estábamos, como casi siempre, llegando tarde al nombre de las cosas.

Esos antecedentes no están en El Lumpen como plataforma viral, sino en un espacio anterior y más lento al que ya hacía referencia: el blog personal que Siro Cuartel abre en 2014. No como bitácora ocasional ni como repositorio de ocurrencias, sino como un proyecto con identidad propia: entrevistas apócrifas.

El hecho de mostrarse como un periodista con una trayectoria que no la supera ni Dios, pero que vive en un tráiler del SW de Miami y solicita donaciones para pagar la renta no es, señores, un chiste suelto ni un guiño marginal.

Ese primer tramo, que va de 2014 a 2016, incluso rozando 2017, es fundamental para entender lo que vino después. Porque ahí se construye el lenguaje. Ahí se prueba el tono. Ahí se repite la plantilla hasta que deja de parecer plantilla y se vuelve natural. Entrevistas a figuras reales, entrevistas a personajes improbables, entrevistas que empiezan con la dificultad de concertar la cita, con la llamada que se pierde, con el viaje que se gestiona por una institución a último minuto así Siro tenga que viajar a Groenlandia; con el narrador moviéndose por espacios reconocibles del aparato cultural cubano y extranjero. Todo eso aparece una y otra vez. No como gag, sino como estructura.

En ese periodo inicial, la entrevista no funciona como género humorístico, sino como artefacto de verosimilitud.

Durante esos años, quien siguiera el blog con cierta atención podía notar que había algo más que chiste. La repetición es clave aquí. Cuando un formato se repite durante meses, deja de ser improvisación. Se convierte en método. Y el método, en este caso, era copiar con precisión los códigos del periodismo cultural, deportivo y político cubano, sin necesidad de subrayar la parodia. El lector atento encontraba migajas: una solemnidad excesiva, una frase llevada al límite, un detalle administrativo demasiado perfecto. Pero esas señales nunca rompían el pacto de lectura. El texto podía pasar como real si uno no miraba dos veces.

Durante mucho tiempo, el blog fue leído como humor. Y eso no es un error menor, pero tampoco puede definirse como tal. Es una forma de neutralización. Al colocar algo en la categoría de “chiste”, se le quita peso, se le quita riesgo, se le quita capacidad de análisis. Se consume y se olvida. Se comparte y se sigue. Nadie se pregunta qué está haciendo realmente el texto. Nadie se pregunta por el método.

Ese es el punto que hoy muchos pasan por alto cuando hablan de “Cuco” como si hubiera sido un salto cualitativo. No lo fue. Fue un salto cuantitativo.

Visto desde esta perspectiva, “Cuco” no inaugura el joke-art entre los cubanos, pero Siro lo hace visible en esta modernidad de las redes sociales en dos formatos distintos: su blog personal y su página de Facebook de El Lumpen. Nos obligan, ambos, a una revisión retrospectiva porque alcanza una escala que vuelve imposible seguir leyendo el fenómeno como simple “humor inteligente”.

La pregunta final no es solo qué hizo Siro Cuartel, sino cómo fue leído —o no leído— ese trabajo durante años, en un blog que muchos visitaron sin terminar de nombrar lo que estaban viendo. La explosión de este 2026 con “Cuco” Mendieta no creó el fenómeno. Solo obligó a mirarlo de frente y ahora, lo que apareció fue la necesidad de hablar de él. Y esa necesidad dice tanto sobre el autor como sobre un ecosistema cultural que, durante mucho tiempo, relegó, como ya explicábamos, este tipo de sátira a una zona intermedia, sin terminar de asumir su alcance.

Es en ese punto donde muchos empiezan a preguntarse si lo ocurrido ayer con ‘Cuco’, cuando ‘visitó la Casa Blanca’ y volvió a hacerse viral, no tiene que ver con la ‘desinformación’ que supuestamente transmite El Lumpen, sino con lo desinformada que está buena parte del público que toma como referencia lo que ve resumido —muchas veces sin contexto— en las redes sociales.

Y aquí arrojamos otra piedra: ¿en serio cree alguien que El Lumpen no va a saber que “Cuco” no podía entrar a la Casa Blanca con un rifle en la mano? ¿Que no puede circular por ahí con su rostro sin cubrir? He visto, perdón, cada comentarios simplones – Siro ha reproducido algunos en su perfil de Facebook – que le dan ganas a uno de agarrar ese rifle y suicidarse al ver lo mal que está el nivel de comprensión en la lectura de cientos de miles de cubanos. El Lumpen es y puedo asegurarlo con total certeza a riesgo de que me excomulguen, la constatación más perfecta del desastre actual educacional en la isla. Cosas como las que escribe El Lumpen ahora se escribían en Cuba, en los 70 y los 80´y hasta el más “sencillo” de los proletarios cubanos notaba que en el texto había una trampa. Y esa intuición venía de la tradición. Y esa tradición la rompió el castrismo.

Un detalle no menor es la variedad de noticias en las que El Lumpen se mueve, pero si uno vuelve su mirada al blog, encuentra lo mismo. Allí hay entrevistas que parten de un acceso privilegiado del personaje, con la naturalidad de un periodista que “concierta la cita” y se mueve dentro de la maquinaria, rápido, entre países, con autorizos, donde el lector atento nota que la maquinaria está siendo caricaturizada desde dentro, y donde se entrevista desde un científico hasta una luminaria del ballet, por decir algo.

Habla con Víctor Mesa como mismo habla con “Max Zuckenbeer el creador de Faceball”; dialoga con los máximos funcionarios de diversas instituciones castristas como el INDER, ICRT y conoce todas sus interioridades. Recibe instrucciones “precisas”, regañadientes…, lo montan en un avión para que vaya a entrevistar a Obama en los Estados Unidos, pero lo montan en clase económica. ¿Habráse visto burla mayor que esa?

Si uno mira el blog por etiquetas y no por nostalgia, la continuidad se vuelve todavía más clara. Hay una insistencia en el “yo” del personaje, en su movilidad, en su acceso, en su pasaporte, en su derecho a circular, y eso no está puesto como autobiografía, sino como herramienta satírica. En la página del tag “Siro Cuartel” aparece esa frase que parece confesión y al mismo tiempo es una crítica directa a un país donde el documento decide la vida: “Claro que mi pasaporte español ayuda. No es lo mismo un pasaporte español que uno cubano”, con una exageración posterior sobre “desenterrar muertos” para obtener ciudadanía que funciona como migaja y como diagnóstico.

Esa clase de “migaja” es exactamente lo que ahora discutimos con “Cuco” Mendieta: señales internas que no rompen la verosimilitud, pero que delatan el artificio a quien esté leyendo con el sensor encendido.

Por eso cuando hoy se usa la palabra joke-art para describir la operación de El Lumpen, lo que en realidad estamos haciendo es ponerle nombre a una práctica vieja ya trabajada hace más de diez años por Siro Cuartel.

El blog de 2014 no era un calentamiento; era ya un laboratorio y ni él lo sabía. Quizás. Solo que al hacerlo en formato de humor, se diluyó ante nuestros ojos como entretenimiento rápido, como desahogo, como comentario social, como choteo.

El humor siempre ha cargado con ese estigma. El blog de Siro y El Lumpen – recuerdo, son dos cosas distintas con dos formatos distintos – lo pusimos en ese estante donde se guarda lo que “no cuenta” en el mundo serio y más si somos periodistas serios y trabajamos en medios serios. O eso nos creemos muchos. Cuartel nos ha dado una bofetada. Redonda y dolorosa.

Y ahí viene la parte incómoda de la pregunta que nos hacíamos ahorita: “¿dónde estábamos?” Estábamos exactamente en el lugar donde el poder quiere que pongas la sátira: lejos del análisis, lejos de la categoría de arte, lejos de la discusión sobre verdad, para que el poder no se sienta amenazado. Y aunque no lo asumiéramos, aunque aún no lo asumamos, ahí estamos.

Quizás por eso la única aparición seria que sobre El Lumpen ha aparecido, no haya sido una para hablar de los casi 70 millones de visitas que ha tenido la página en 35 días, sino para desmentir mediante un comunicado, la existencia de un personaje real llamado Alexis “Cuco” Mendieta. Cualquier otro mortal en este mundo se hubiese – perdonen la expresión – cagado con un fact checking, pero no El Lumpen. El Lumpen agarró el comunicado, le puso FAKE en letras grandes justo en el medio y a modo de burla y sátira, de manera magistral, desmintió el desmentido. ¡Eso es joke-art también! El arte que se vale de trucos para subsistir, vencer y permanecer entre nosotros por los siglos de los siglos.

El truco verdadero de El Lumpen y el del blog de Cuartel no es que “mienta”. El truco es que te muestra cómo se construye la verdad cuando la verdad se apoya en formato. No en pruebas. En Cuba, un parte, un comunicado, un testimonio “de fuente”, una entrevista con tono correcto, una foto que funciona como sello, son mecanismos de autoridad. El blog copia esos mecanismos y, al copiarlos, los desnuda. Eso es joke-art en sentido clásico: no inventar un disparate para que te rías, sino fabricar un objeto verosímil para que te preguntes por qué estabas listo para creerlo.

Con Cuco, el experimento se hizo masivo y fuera de contexto. Se le fue a la mano al ecosistema, no necesariamente al autor. Pero el método no nació ese día. Está en las fechas. Está en 2014, con entradas que ya hablaban en el idioma del periodismo, ya fabricaban acceso, ya simulaban instituciones, ya construían autoridad con dos frases bien colocadas e incluso entrevistaban a un muerto, valiéndose de una medium que después muere, y muerta, aún es invocada para que vuelva a servirnos de medium con otro fallecido. Si Alicia Alonso hubiese estado viva, se hubiese cagado de la risa con lo que Siro hizo con ella, no desde el irrespeto, sino desde la reverencia humorística, si es que ese término existe.

Por eso la pregunta final no es si Siro venía haciendo “joke-art” desde su blog. La evidencia está ahí. La pregunta real es por qué nosotros solo lo vimos cuando la viralidad lo convirtió en “fenómeno” con “Cuco” Mendieta. Y la respuesta, si somos honestos, no tiene mucho lirismo: estábamos leyendo con una sola capa. Estábamos riéndonos donde había técnica. Estábamos tratando el formato como envoltorio, no como mensaje. Estábamos, como casi siempre, llegando tarde al nombre de las cosas. Es decir – y vuelvan a perdonarme la expresión – comiendo mierda.

Leave a Reply

Discover more from Últimas noticias de Cuba y de los Cubanos por el Mundo

Subscribe now to keep reading and get access to the full archive.

Continue reading