
Hasta que un día llegó Amparo, la vecina. Una amiga le había traído dos trusas enterizas, españolas, carísimas, pero Roly había vendido un puerco y me la pudo comprar. Yo estaba embarazada, ni siquiera me la pude probar, no me entraba, pero la miraba y la miraba, no podía creerlo. Por fin tenía una trusa de verdad.
Al mes siguiente nació Sheyla. Yo había hecho una barriga enorme y todos los días me miraba en el espejo. ¿Hasta cuándo esta gordura? Lo único que quería era irme a la playa con mi trusa nueva.
En cuanto estuve menos gorda y logré meterme en ella, desfilé en medio de la sala, frente a Roly, frente a mis suegros.
-Pero Leticia, ¿tú estás loca? que todavía estamos en febrero, el mar está “picao”. ¡Guarda esa trusa muchacha!
Tres meses después, en mayo, no había quien consiguiera una lata de leche evaporada para Sheyla. La sobrina de la bodeguera, que sabía que Amparo me había vendido una de las dos trusas, me dijo:
-Te cambio la trusa por una caja de latas de leche.
¡Ni siquiera me la había estrenado, ni siquiera la había mojado en el mar, estaba en su “naylito” y todo!
Por eso ahora, cada vez que puedo, me compró una. Deberías hacer lo mismo. Yo tengo muchísimas. Y cuando voy a un crucero, las llevo casi todas, de todos los colores, dos o tres para cada día.
Tomado de: El Nuevo Herald.