Debido a la “negligencia y morosidad” de una de las instituciones del régimen cubano, una familia santiaguera se ha visto obligada a convivir con sus desechos orgánicos.
Dos años esperando respuesta. Más de ochocientos días con el temor de que un derrumbe perjudique a su familia, Elizabeth Valdés, una madre cubana residente de un deteriorado edificio en La Habana Vieja
Un mal hábito que parece no tener fin. El régimen cubano lo volvió hacer y entregó viviendas “recién edificadas” sin terminarlas completamente.
Las personas que fueron “beneficiadas” perdieron sus casas. No obstante, en la zona del Cotorro de La Habana, las viviendas presentan problemas nueve meses después de haber sido estrenadas.
Además, en el barrio Cruz Verde, en La Habana, cubanos en apartamentos recién entregados sufren ya los salideros de agua y las barandas de las escaleras están en peligro de desprenderse.
“Aquí todo lo que hicieron está mal, aquí no hay nada bueno, nos metieron aquí como perros, y por ir pa allá, y sin vaselina no los metieron”, afirmó una cubana.
Certificados sin entregar
Tras nueves meses de vivir en casas recién edificadas, el régimen aún no les da el certificado de habitables y sus residentes hoy retan al designado “puesto a dedo” Miguel Díaz-Canel.
Los vecinos de ese poblado del Cotorro denuncian además que no hay médicos en la zona.
Una madre cubana que responde al nombre de Ramona Pavón mostró la realidad de muchas familias en la Isla que viven en condiciones infrahumanas bajo la sombra comunista.
La mujer, ama de casa de 48 años relató que las condiciones de su vivienda no le permiten cumplir recomendaciones sanitarias que le hizo el médico para tratar la enfermedad de su hija.
La niña de dos años padece una enfermedad que le impide caminar. La ama de casa explicó que también se le hace difícil poder trasladarla al hospital.
“No me han prestado un carro de parte de Salud Pública”, indicó.
Tal situación se presenta porque a la madre cubana le aseguran que “no hay combustible.
Sin ayuda del régimen
La mujer explicó que sobreviven por la pensión que recibe su esposo de 74 años de edad.
Afirmó que las ayudas que ha prometido el régimen cubano se han quedado en promesas incumplidas.
“Hace un año me hicieron un contrato para el cemente. Ahora me dicen que no tengo derecho al cemento. Que no hay cemento para dar”, aseguró.
La situación que vive esta madre cubana es un reflejo de la realidad de muchos antillanos que padecen ante la crisis que sufre el país.
Esto aunado a las malas políticas del régimen comunista que solo provoca que la gente sobreviva bajo condiciones miserables.
El régimen cubano amenazó con desalojar a cinco madres cubanas y doce niños que se metieron a vivir en un local abandonado. Esto producto de la difícil situación de vivienda que enfrentan.
Las mujeres, de las cuales una se encuentra embarazada, irrumpieron desde el pasado jueves en un local ubicado en la calle Inquisidor número 405 entre Sol y Santa Clara en Habana Vieja. Según ellas, el local se encontraba abandonado desde hacía algún tiempo, apunta el reporte de Cubanet.
“Tenemos serios problemas de vivienda y esto estaba abandonado. Aprovechamos que el muchacho que anteriormente tenía un gimnasio aquí, abrió la puerta y pudimos colarnos, pero no rompimos nada”, explicó Ariadne Ceballo Domínguez.
Amenazadas
La mujer asegura que desde que se introdujeron en el inmueble lo único que han recibido por parte de las autoridades son amenazas de sacarla del lugar por la fuerza, algo que aseguran no tolerarán.
“Hemos sellado la puerta con candados, tubos, con un montón de cosas y si intentan sacarnos nos vamos a dar candela todos aquí adentro”, advirtió.
Asimismo, Lidian Renet Díaz asegura que las autoridades incluso amenazaron con darles golpes si no salían por su propia voluntad.
Destaca que las madres cubanas se mantienen bajo vigilancia con custodios de la Oficina del Historiador de la Ciudad.
“Freddy, el presidente del gobierno, dijo incluso que nos mataría si era preciso, pero que nos iban a sacar de aquí, y para ello buscaría a las Marianas (mujeres militares)”, refirió Lidian.
Situación de los albergues
Yaquelín Raudel Gómez explicó que el albergue donde reside se encuentra en muy malas condiciones y ante el temor de que se desplome decidió introducirse en el local.
“Todos los días caía arenilla del techo, por lo que teníamos que dormir en el pasillo yo y mis tres hijos, a la intemperie. Por eso nos fuimos. Hay que matarme para sacarme de aquí”, aseguró Yaquelín.
Yeima de los Santos Vásquez, se encuentra en estado de gestación, causa por la cual asegura que no saldrá de allí, ya que donde reside le es imposible parir a su bebé por las malas condiciones constructivas.
“Yo tengo 10 semanas de embarazo y aunque nos han amenazado con sacarnos por la fuerza no voy a salir, porque yo no voy a vivir más donde peligra mi vida y la de mis hijos”, declaró la mujer.
Una familia cubana vive con el temor de que en cualquier momento su vivienda se desplome por el deterioro que sufre la infraestructura antigua. Así lo revela un reporte realizado por Cubanet.
El pasado 20 de mayo hizo un año del derrumbe parcial que transformó en angustia permanente la vida de Elizabeth y Jorge Luis, un matrimonio que vive con sus dos hijas menores de edad en un precario edificio de la calle Damas #905, en el barrio San Isidro, municipio Habana Vieja.
La escalera del inmueble cayó definitivamente el 12 de octubre de 2018, pero a causa del peligro que suponía desde el primer siniestro, el propio Jorge Luis clausuró la puerta de entrada al apartamento.
Entre mayo y noviembre toda la familia estuvo accediendo a su domicilio a través de la ventana del baño, que comunica con la azotea del edificio contiguo. La hija mayor, entonces de 14 años, se fracturó un brazo a causa de un resbalón, y la más pequeña (9 años) comenzó a experimentar insomnio por temor a que el techo se derrumbara mientras dormía.
Sin respuesta del régimen
Jorge Luis y Elizabeth han acudido a todas las instancias gubernamentales en busca de ayuda. No obstante, se encontraron con que sus únicas opciones eran esperar a que se desocupara un cupo en alguno de los abarrotados albergues de La Habana, o rezar cada noche para no amanecer sepultados bajo una loma de escombros.
No fue hasta después de que su caso fuera publicado en medios independientes, que apareció en el edificio una brigada de trabajadores para construir una escalera de madera.
La frágil estructura ha resultado más peligrosa que el tránsito a través de la ventana del baño; no solo por la pésima calidad del material empleado, sino por hallarse prácticamente a la intemperie, sufriendo los rigores del clima insular. La familia baja y sube por ella sigilosamente, aguantando la respiración cada vez que sienten crujir los peldaños cubiertos de moho.
Con dicha “solución” las autoridades dieron por terminado su deber, asegurando que nada más pueden hacer, ni tienen la obligación de estar pendientes de lo que le ocurra a la familia.
Ellos mismos deben costear las reparaciones
El matrimonio siguió realizando gestiones hasta entrevistarse con el Vicepresidente del Consejo de Administración Municipal, quien les comunicó que todos los vecinos del edificio deben ponerse de acuerdo para repararlo por esfuerzo propio.
Según el funcionario, para el arreglo del inmueble,declarado inhabitable desde 1974 y listo para demoler en 2018, se otorgaría un subsidio.
Mientras que el precio estimado de la mano de obra para una intervención capital sería de 50 mil pesos moneda nacional (2000 CUC) como mínimo; una suma que los inquilinos no poseen y que se halla muy distante de las tarifas reales que cobran los albañiles en Cuba, incluyendo las cooperativas.
La idea de que los habitantes de edificios múltiples asuman labores de reparación “por esfuerzo propio”, es una estrategia del régimen para librarse de responsabilidades adquiridas hace sesenta años.
El régimen cubano ha demostrado su incapacidad para resolver la escasez de viviendas que existe en la Isla.
Mientras tanto esta familia cubana, que solo es un ejemplo de miles en la misma situación vive atribulada. Sobre todo por el próximo inicio de la temporada de huracanes.
Ante eso han adquirido el hábito de dar infusiones a sus hijas para que duerman profundamente en la noche, sin pensar en el amenazante techo de viga y losa que puede desplomarse en cualquier momento.
Ellos, a duras penas, concilian el sueño, atentos al menor crujido para anticiparse al desastre y contar con el tiempo justo de sacar a las niñas, sanas y salvas, por el hueco de la ventana del baño.