
(Noticias Caracol).- Como todo karateca que se respete, este niño sabe que debe mantener la calma, la sangre fría, la concentración y, finalmente, dar el gran golpe. Rompe con su puño el madero que tiene al frente y así supera el reto frente a maestros y compañeros.
Pero esta no es la película Karate Kid. Aquí, el dolor sí existe.
El joven deportista se despidió con una venia y los aplausos del respetable; la sonrisa digna, sin embargo, le duró poco.
Después de caminar unos cuantos metros, su rostro se destempló y su mano de hierro se convirtió en una de carne y hueso. ¡Qué sufrimiento!
Y cómo diría el señor Miyagi, el secreto de un buen puñetazo es hacer que el poder de todo el cuerpo se concentre en un centímetro.