El viaje de Alfonso Quiñones a la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones

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Pero algo sucede. Alguien se le ha adelantado. Y una cuchilla enorme, del tamaño del sol, corta el hilo con que juega. Y de pronto se encuentra en otro país, entre altas edificaciones, donde no se escucha pitazo de tren alguno, ni la voz de la abuela Atlántida llamándolo a la mesa

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